Las bajas nieblas de Puerto Graciela
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 23-08-2013


Son varios los que pueden atestiguar, pero no son los primeros y lo saben. Aún flota en sus palabras el sabor gestual de las primeras escenas de niñez en tiempos tan antiguos como difíciles de entender, ya que normalmente en el territorio de Aysén, ningún régimen estatal apoyó a nuestros primeros pueblos y menos a sus esforzados habitantes.

Desde el año 1944 formaban una verdadera pareja pionera en Puerto Cisnes, con un orgullo indefinible pintado en sus rostros y elevando el tono de la voz cada vez que les correspondía hablar sobre aquellos tiempos tan suyos. En verdad, ellos llegaban una vez al mes desde la Isla Magdalena, donde vivían, tanto Secundino Díaz Torres, como su mujer María Elsa Barría Santana, a quienes encontramos en su casa humilde de la costanera de Cisnes, una tarde más de aquellas lluviosas. Cuando quisimos saber sobre Cisnes, se rieron de buena gana, al comprobar que son verdaderos pioneros, de aquellos que estaban completamente solos al principio y que cuando se les pregunta sobre la existencia de pueblos, saben perfectamente que el pueblo apareció mucho después de su llegada y que ellos, en medio de aquel silencio y apacible incomunicación esperaron pacientemente por años a que se formara el primer pueblo.

Tenían que ir a Puyuhuapi, donde se surtían de víveres. Agarraban un bote y remaban por muchas horas hasta encontrarse con las costas de Puyuhuapi, donde iban a depositar el dinero que les serviría para comprar los víveres, los que llegarían en el próximo viaje a la Isla. Cuando llegaron a Cisnes, ya vivía en los campos, cerca del continente don Francisco Anamil, y en el río vivía Miguel Méndez.

Puerto Cisnes comenzaba sus jornadas en forma muy sobrellevada, con prácticamente nadie en sus alrededores en 1946, y la presencia de esta pareja que escuchaba decir a las primeras autoridades que el pueblo lo iban a levantar allá al otro lado, en la playa blanca de más abajo. Y había un caballero llamado Manuel Berríos que cumplía el cargo de Alcalde de Mar, que también era el viviente de aquel lugar y que los buscó para que se hicieran cargo de la recepción de las cargas de las embarcaciones que llegaban a Puerto Cisnes. Se puede decir entonces que ellos entraron a cumplir las primeras labores administrativas de un puerto que ni pensaba existir aún, en una playa de mareas bajas donde era muy fácil que un vapor quedara varado. Por ese motivo la única solución era ir en bote al encuentro del barco y volverse a la playa con el bote al tope de mercaderías, vicios, encargues y todo tipo de mercaderías necesarias para la subsistencia en Cisnes.

Había monte muy abajo en la mitad de la playa y el matrimonio Díaz Barría debía encarar muchos de los problemas que surgían espontáneamente, como levantar su primer rancho en medio del monte, y esperar la llegada o la pasada del Taitao y el Trinidad, del Mercedes y el Tenglo. Eran los tiempos cuando los primeros también estaban a su lado, Miguel Méndez, Duamante, Pedro Gómez y ellos, junto a sus mayores, cuando la vida era tan difícil y tan absurda que al decir de la misma mujer, parece que estaban ahí sólo porque Dios quería que vivir. Si se enfermaba alguien, sólo se pensaba en lo que Dios disponía. Mientras seguían ocurriendo cosas y el espacio que mediaba entre su llegada y esos nuevos tiempos, les entregaba las visiones de la historia, recordaron con cariño las gestiones de la señora Eugenia Pirzio y el padre Calvi, verdaderos símbolos de los poblamientos.

Era muy probable que las periodicidades de los barcos fueran tan escasas en aquellos tiempos, que la mayoría de los vivientes construyeran sus propias embarcaciones a vela, hecho que hacía muy característica la vida del litoral en esta parte del mundo. Normalmente, como no existían motores, por no existir abastecimiento de combustibles, el viento permitía efectuar viajes a Puerto Aguirre o hacia Puyuhuapi para la búsqueda de víveres. En 1937 se estaban poblando Arturo Ayanao y Méndez, luego Pedro Gómez que vivía en la punta del faro, don Manuel Berríos, Sofanor Dinamarca, familias Cifuentes, Valdés y nuestros Díaz de la entrevista que llegaron en chalupones desde la isla de Chiloé.

Pero en 1933 llegó Remigio Valdés en la lancha La Tinto de Vialidad hasta Puerto Cisnes, aunque ya había llegado a Puerto Aysén como cocinero para la estancia Cisnes el año 1919 en momentos en que se encontraban haciendo una apertura de senda, en tiempos que no había trabajo, y en realidad no había nada que hacer, según el decir de don Ladislao, uno de sus hijos entrevistados en Cisnes. Esta familia continuaría buscando trabajos en el lado argentino por muchos años y luego destacaría su presencia en Lago Verde como encargado del campo de don Eduardo Simon en 1949.

Este aislamiento de los cisnenses continuaría hasta 1978, cuando comenzó el movimiento de caminos por la carretera austral y algún reconocimiento a la labor silenciosa de los pioneros.

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