El Balseo, el Viviana y los chanchitos de Filomena Gallardo
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 26-08-2013


La primera profesora que llegó a ejercer a la escuelita del sector de El Balseo se llamaba Jacobina Pradel, y era la esposa de don Víctor Schwartz. Resulta conocida la pareja, en medio del sonido del follaje de esos humedales de selva y rocío y del nacimiento de un lugar por el que uno ahora pasa sin imaginarse lo que ahí estaba ocurriendo en esos olvidados albores de principios del siglo. Me cuentan, como siempre, mis abuelos del sector la forma callada de la gente de ahí, enclaustrados todos en sus casas de campo, llenos de agua de mate sus intestinos y mucha grasa de capón en sus arterias. También comparten sus muy personales visiones de los movimientos de las balsas, de los primeros transportes, de los accidentes en el río y del crecimiento de aquel puñado de casas en el valle largo del Balseo, incluidas la imagen del retén, la cancha de futbol y el famoso puente que se lo llevó el río.

La pareja vivía exactamente en el kilómetro 18 y fue en su casa de palos labrados que funcionó aquella primera escuela del conocido sector del Viviana, cerca del Balseo. Hasta ahí llegaron ateridos de frío los jinetitos de largo aliento, que se descolgaban galopiando desde los valles y altozanos lejanos, llenos de bríos y esperanzados en que las jornadas fueran lindas che amigo. Una de las dos hijas del matrimonio, la mayor, se llamaba Viviana Schwartz Pradel y fue justamente la inspiradora del nombre del sector. Hubo muchos por ahí, cuyos presencias resuenan fuerte todavía, campesinos, ocupantes espontáneos llegados del océano o de más allá de las fronteras, gente joven la mayoría, tomando en sus manos cansadas los albures del introito de la vida.

El campito de don Víctor era colindante con el de una veterana medio joven llamada Filomena Gallardo, cuya única gracia era la de ser dueña de un predio que administraba junto a su esposo, el balsero Lorenzo Montecinos. La mujer tenía muchos chanchos y especialmente una chanchita de su predilección, un enorme ejemplar, gordo y mantecoso, que habitualmente traía al mundo numerosas camadas. Era tan celosa doña Filomena, que no permitía que nadie se acercara a sus animales, prodigándoles exagerados cuidados, como si fuera un miembro más de su familia. Portaba por si acaso, un elemento de terror, su escopeta de doble cañón que cargaba cuando ocurría algo, amenazando de muerte a quien le hiciera daño no sólo a ella sino a sus chanchitos queridos, tan desvalidos los pobres, tan hermosos compañeros de su vida sin sentido.

Fue durante un verano de 1925 en aquel mismo sector de El Viviana que sucedió un capítulo que aún muchos lugareños sesentones escuchan contar a sus abuelos de ahí, comentando incluso que cuando escuchaban esas historias, reían sin poder contenerse ya que no podían olvidar el meollo expresivo de doña Filomena y sus arrebatos de ira y jocundia cada vez que algo le pasaba a sus malolientes cerdos. Lo que escuché hace 26 años atrás lo conservo en grabaciones de cromo, o sea, cosas viejas como mis mismos informantes, cosas llenas de vibrante energía y fervor, atiborradas de agudeza patagona y de nostálgicas atmósferas. Aquel verano del 25 los chanchitos, sin saber que aquello no era bueno, cruzaron las alambradas que separaban uno y otro predio y se metieron no más a retozar en corral ajeno hacia el campo de don Víctor, iniciando rápidamente un ataque hacia las coles, lechugas, arvejales y papales del lugar. Detrás de las crías malcriadas llegó la oronda madre, la chancha parida y muerta de hambre y aburrimiento. Lo que no esperaban los depredadores era encontrarse con la iracundia contenida de Schwartz, que en menos que canta un gallo salió corriendo de la casa y arremetió con fiereza contra ellos, descerrajando tiros y disparando a diestra y siniestra. La chancha fue acribillada. Y apareció su dueña, también con un arma en las manos. El lector entenderá lo que viene, ya que la veterana, sin preguntar nada y sin detenerse ante nada, increpó a garabato limpio a su vecino alemán, quien a su vez contestó con un nuevo rosario de virulentas palabras. En aquel instante de pasiones descontroladas y crueles demostraciones de odio y defensa de lo que les pertenecía, el round Gallardo Schwartz con su habitual ringlera de sarcasmos y descalificaciones parecía  llegar a su fin. Sin embargo, no fue así, ya que es sabido que ambos vivieron mucho tiempo odiándose casi toda la vida. Como buenos vecinos.

Este capítulo de la vida de las vecindades campesinas del Balseo, del Viviana e incluso de la Villa Torreones, merecen estar aquí, aunque todavía faltan tantas historias de gente que se las guardó, provocando vacíos imposibles de revertir, personas que se llevaron historias a la tumba y que a lo mejor las dejaron contadas a sus parientes, muchos de los cuales se niegan a compartirlas, a sabiendas de lo importante que son estos espacios, nuestras revistas, nuestros libros, para ir juntando cosas y armando dentro de los siglos que vienen un referente serio con fuentes sólidas y documentadas. Al menos este cronista ha sido siempre el que ha lanzado la primera piedra. Esperemos lo que viene.

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