Los nombres que se pasearon por los que llegaron primero
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 27-08-2013


Cuando empezaba yo a diseñar mis programas de radio por julio de 1985 y los sacaba al aire en fechas cercanas, todo el mundo de los campos, las poblaciones y las vecindades, recibió esa energía de vertiginosa reminiscencia, a tal punto que el programa quedó anclado por largos 27 años en el corazón y los sentidos de miles de auditores. En ese tiempo estaba de moda la emoción. Hoy es el ritmo en busca del desenfreno que apetece y hace gozar los sentidos.

Recuerdo la Santa María de madera, oscura y encorvada, igual que la casa vieja donde estaba funcionando, la casa de los sueños de doña Victoria Travotic, en el mismo lugar de ahora, pero con algo que decir. Yo no pertenecía al grupo de los empleados de la radio sino que era un simple mortal que iba los jueves a grabar en un estudio para salir los domingos antes de la misa de las once de la mañana. Creo conservar aún en mis sentidos las pupilas azules de don Germán Bauerle y la sonrisa de hombre bueno de Justo Beroíza, metidos dentro de la tramoya mediática de Los que llegaron Primero, un emblemático título que remeció las conciencias de los patagones. Me grababan Espinoza y Campos. A veces Juan Soto, a veces otros. Los jueves había que estar ahí contra viento y marea.

No podré dejar hoy de recorrer los contenidos primeros, el viejo Cándido Franch y la Julia Bon, los primerísimos, la profesora Quintana, e Isaías Gómez, el barretero del Farellón. ¡Qué lujo tremendo teníamos todos dentro de aquella pequeña sala de los interiores de la radio donde escuchábamos y montábamos con la máxima atención aquellos testimonios inolvidables! Conservo ese tesoro, un preciado memorial de cómo se hacen los programas que permanecen ahora como documentos. Veo venir a raudales las voces correntinas de los testimonios, la vida extraña de los colonizadores haciéndonos entender la diferencia entre los tiempos.

Pasaban a caballo, en tropillas o en tropas verdaderas, rumbo a la Argentina, o desde allí hasta nosotros. Por la radio emergían los domingos los nombres extraños de mis correrías por Valle, Blanco, Balmaceda, Seis Lagunas, el Atravesáu. Por entre mis dedos tiembla uno de esos papeles como papiros, amarillentos y quebradizos, donde me enfrento por ejemplo con Cosme Mencía, José Angel Carrillo, Tulio Navarrete y Remigio Martínez. ¿Por qué olvidar tan pronto lo inolvidable? La imagen  ya borrosa de don Tulio, de pequeña estatura, muy matero, muy jinete, muy lleno de gracia a la hora de la conversa, que cuando niño se entreveraba con los Laibe en el puerto y también aquí en la Casa Sandra de Horn 51 y se juntaban don Yuseff con él, el Caco y el Lucho Laibe y mi padre, a pasarlo bien. A hacer planes, conversar largo y libar como Dios manda. Montábamos luego en camiones desvencijados y nos echábamos en dirección a El Blanco donde Navarrete abría las puertas generosas y nos preparaba las cazuelas y el buen vinito y tanto licor dorado de melaza. Este hombre don Tulio venía de Curacautín, había llegado hasta el Blanco en 1924 y se había muerto cuando no había cumplido los 57 en circunstancias trágicas que rayaban el asombro. Sentimos mucha pena cuando se fue, porque aún no era su tiempo, creímos que se fue mucho antes. No olvidaremos cuando trabajó de chofer para la flota de camiones de Temer Pualuán, transportando lanas y víveres hacia Puerto Ibáñez, junto a su yunta, otro de los grandes transportistas don Pedro Schulteiss, Ramón Osses y Solís, Bórquez, Quezada. Tulio Navarrete impulsó obras en El Blanco, fue émbolo incansable, fiero ariete y pistón de gran efectividad. Estuvo siempre casado con Marta Vera, una mujer que nos acaba de dejar recién hace un par de meses, buena luz para sus hijos Odette, Waldo, Seila, José, Angélica y Patricio.

Estos nombres cayeron como lunas en el ambiente cálido de una cocina a leña, entreverados con el amasijo de las tortas fritas y el sonsonete de una ranchera llegando desde lejos. En el programa sonaron siempre, domingo a domingo, se encaramaron los nombres siempre victoriosos de Remigio Martínez Ruiz, un vallino de 1912, también de Curacautín, esposo de Marta Edina Oria y ocupantes de una tierra fiscal junto al padre de Remigio llamado don José Abel Martínez, cercano y colindante con los campos feraces de Juan de Dios Oria. Tuvieron hijos y muchos. Nacieron ahí Héctor, Remigio, Rodolfo, Rindolfo, Arnoldo, Cremilda, Rosa, Estercilia y Edelmira Salomé.

En esas ruedas del fogón crepitando con el olor a asados y fritangas y ensaladas, se ensartaron al recuerdo como una presa crepitante el gran José Angel Carrillo, pionero indiscutido llegado de Argentina en 1910, ganadero casado con Rosa Jiménez y con tierras propias cerca del Oscuro, teniendo ellos la siguiente descendencia: Gilberto, Aída, Blas, Cristina, Carlos y Gregorio.

El Divisadero TV
Teaser Documental Poético "Hacia el Cielo"
Ver todos
Noticias Recientes
Puerto Aguirre: adulto mayor habría fallecido por hipotermia
Entregan trabajos de seguridad vial en El Blanco
Convierten sitio eriazo en cancha de pasto sintético en Chile Chico
Bienes Nacionales devolverá más de $17 millones a familias de Aysén
Portada
Cultura
Lanzan "Chile en la Era del Hielo": La prehistoria como nunca antes la viste
Panoramas
Semana de la Arquitectura en la región de Aysén