Baquedano-Coyhaique en el tembloroso desdén
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 03-09-2013


Hay más paño que cortar en esto de los detalles que arman los capítulos de nuestra gente y de sus paralelos acontecimientos. Hay mucho fragmento respirando en todas partes, que sobrevuela aún los tiempos dejados atrás en armazones de silencio y olvido que vuelve. Ahí vamos, a ver qué nos depara el viaje de hoy.

Juan Altuna Urrutia propuso para Baquedano la forma callada del progreso atando hacia 1932 todos los hilos necesarios para levantar la luz en una usina de gas pobre que era la forma de empezar un alumbrado precario que alcanzaba para unas veinte casas. Sólo hasta unos cuatro años más tarde es capaz el aguerrido progresista de traer por el Santa Elena una turbina, que queda instalada en El Claro, al lado del río, donde aún se aprecian sus restos. Por supuesto, si este fuera otro país con mentalidad conservacionista y respetuoso de su pasado, el lugar donde están los restos de la usina ya sería un espacio turístico bien construido y amable con placas señalizadoras y rótulos explicativos donde se darían una vuelta los visitantes y esos circuitos aburridos que repiten ovejero-piedra del indio como en un acto automático, pasarían a ser un necesario olvido y algo ya superado. En fin, Altuna Urrutia se convirtió de ese modo en un paladín del progreso por su iniciativación espontánea. En 1948 se consolida su deseo con la llegada de una turbina potente que incluía rotor de gran peso y dimensiones, que según la prensa de la época provocó grandes dificultades su traída por camiones hasta el pueblo. La templanza de este español pone en tela de juicio la modorra de los funcionarios que le seguirían. Marcó una excepción y se quedó como ejemplo en el recuerdo. Imagínenselo tan preocupado para que todo resulte bien, saliendo de su casa antigua del sector de Baquedano, frente al Centenario, montando un caballo en horas de la madrugada para ir a comprobar fallas en sistema o preparar la jornada de funcionamiento para el día siguiente. Dicen las notas del periódico que este hombre sufría al ver a su Coyhaique sin luz, cuando en las primeras horas de la noche la luminaria de las casas apenas era un pálido hilo de filamento de una ampolleta, o sea, la nada misma. Tantas veces montó su alazán para verificar problemas en la usina de río Claro, que pronto su salud se resintió. En otras comunidades estos nombres, verdaderos próceres ciudadanos, merecerían algo más que una crónica.

Se buscaban luces en todo sentido. Se quería llegar a una meta posible. Los líderes estaban ahí, respiraban ansiosos, enarbolaban armas para la guerra, no existía para ellos ni el marasmo ni la abulia ni el desdén ni la desidia, no decían —como vendría a ocurrir después—, no importa, el que viene detrás de mí lo hará, total yo me desentiendo. Esta agrupación de formidables motores humanos no sé por qué razón se juntó en un momento mágico preciso, para un compromiso tan importante, vital y necesario. Fuimos, sin duda, tocados por una varita prodigiosa y contamos con el mejor equipo. ¡Qué me dicen de Joaquín Real Jélvez, el abogado que atendía su bufete para litigantes con recursos económicos limitados! Un ser humano ejemplar, preclaro, lúcido con el corazón y la mente, al cual también se lo recuerda por sus discursos, verdaderas obras de arte de la oratoria pueblerina, en aquellos oficiales marcos de las inauguraciones de las exposiciones de Ogana, de la cual fue también presidente. Qué me dicen ustedes del doctor Alejandro Gutiérrez, de Maximiliano Casas, de Alfonso Serrano y Juan y Manuel Foitzick. Cómo olvidarnos de David y Juan Alonso, de Carlos Rodríguez, Juan Carrasco Noches, Salvador Hernáez, Juan Hermosilla, Casim Bus, Eliseo Castro, Francisco Martínez, Julio Chible. Todo un equipo para las grandes ligas dentro de un pueblo por hacer, un pueblo lleno de barro y casas frías, sin alcantarillado ni caminos, ni luz.

Juan Mackay Falcón trajo en 1930 su primer aserradero y lo instaló allá arriba en su predio de al lado de los Zambrano, en la parte alta del cordón del Divisadero. Era el primero que funcionó en pleno Coyhaique. Mackay llegó en 1917 y se instaló primero en Puerto Cisnes donde comenzó a funcionar con un aserradero y movimientos de traslado de postes de ciprés, en tiempos cuando los caminos que no estaban hacían que un viaje que ahora se cumple en una hora, durara más de una semana. Eran las lejanas épocas en que nuestra ciudad se conocía como Baquedano, Séptima Subdelegación Valle Simpson y dependía oficialmente de la provincia de Llanquihue. Y aquí va una primicia, que no aparece en ningún libro: fue don Juan Mackay que hacia 1931 promovió la construcción y el funcionamiento de la primera medialuna para corridas de vacas, la que se erigió en el sector de calle Condell, entre Moraleda y 21 de Mayo, lugar histórico y que amerita una placa por la importancia de esta actividad en su momento de gloria. Dice el cronista: esta medialuna se levantó en donde está la actual Casa Brito, la discoteque y la frutería Riffo. Se comenta que don Juan Mackay era una especie de director de las huestes de huasos bien trajeados y se hacía presente montado a caballo, mandándolos y ordenándolos como si fuera un patrón de fundo. Incluso, alcanzo a leer por ahí en redes sociales que hay coyhaiquinos que están lejos y comentan que Mackay bajaba con todos sus inquilinos en días de pago al pueblo, todos montados a caballo provocando un gran estrépito que se hacía sentir por las desoladas calles de la ciudad.

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