Ese Coyhaique del Mundial del 62
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 04-09-2013


Era día lunes 22 de enero de 1962 y la ciudad despertaba una vez más al embrujo de sus días quietos. Tan quietos, que no pasaban más de dos o tres vehículos por una calle, tan extremadamente silencioso, que el kikirikí de gallos se hacía patente desde muchas cuadras de distancia a las seis de la mañana, tan pueblo chico que no llegaban turistas aunque pasaran cien veranos. Subían humos a lo alto y escuchábamos el trabajo incesante de los grandes integrantes de la Radio Patagonia, enarbolando mensajes, noticias y música sin parar, de sol a sol como los obreros de la construcción, aguantando las jornadas febriles con ese señor de todos los micrófonos Anselmo Verdugo Luengo o los periodistas Araya y López, la voz que enamoraba de Olinda Altamirano, el Toto Castro y Juan Calzado, Straussman y Valentín Alvarez, Víctor Hugo González y los famosos Reales tan vigentes aún hoy. Y detrás de ellos, sus controladores de siempre, Armando Mansilla,  Erasmo Haro, Luis Araya y Washington Paredes. De Fresia había llegado la Olinda. Era bachiller, secretaria, redactora de prensa, libretista, creadora de avisos, administradora de caudales, ayudante de contabilidad… ¿Usted se imagina hoy una persona cumpliendo todas esas funciones en una radio?

Cuatro días más tarde Ernesto Hein aterrizaba su avión en la cancha del Claro, con las luces de 90 automóviles que acudieron presurosos allá al llamado de la radio y a la alerta del gobernador Echevarría. El vuelo trasladaba los sobrevivientes de un accidente en Lago O’Higgins, donde ya habían perdido la vida Federico Fuhrer y Charles Gillman. Eran las 21 horas y merced a la ayuda solidaria de los automovilistas, con la pista iluminada Hein pudo aterrizar con su valioso cargamento humano. Pero la historia del avión ya está bastante bien contada y con lujo de detalles en crónica anterior.

Lo que importa ahora es de qué manera se daba la vida en la ciudad, cómo se forjaban los avances, en qué estado se podían adivinar las obras terminadas, como la edificación de la fabulosa casa local de don Rolf Traeger Fryderup que se mantiene tal cual en la esquina de Condell con Baquedano, de dos pisos de concreto, 240 metros cuadrados de local comercial y dos departamentos en el segundo nivel, una obra diseñada por el arquitecto Jerónimo Torres y a cargo de los carpinteros Manuel Vera e hijos. Paralelamente se levantaba el también muy actual edificio de don Luis Beltrán Fernández de Bilbao con Prat que alberga 476 metros cuadrados, de muy parecida factura ya que es un amplio espacio en primer piso y dos amplísimos departamentos en el segundo. Ambos construidos en la misma época y en el mismo orden y con el mismo equipo de constructores.

Pero lo que más se esperaba para aquellos días era el puntapié inicial del Séptimo Campeonato Mundial de Fútbol que se iba a celebrar en Santiago, pero cuyos sonidos de fiesta y algarabía de competencias, llegaban también hasta los coyhaiquinos, merced a la fama y alta tendencia a escuchar la radio en aquellos días de tremenda incomunicación. Era la radio una poderosa compañía, una necesaria herramienta para imponerse de las noticas o de las últimas canciones de moda. Fue aquella vez en que tanto la radio como algunas veces los periódicos, revistas y diarios que llegaban después de una semana a la ciudad, fueron capaces de satisfacer la anhelante sed de información provocada por el mayor suceso internacional de que se tenga memoria: una copa del mundo en la capital del reino. La experiencia se convirtió en un caudal de expectación, placer y alegría comunitaria, ya que todo el pueblo estaba unido e integrado por los cientos de receptores de radio diseminados por miles de hogares de la mediana población. Ya la radio había encantado en Balmaceda cuando Joe Louis apenas pudo con el chileno Arturo Godoy en 1940. Desde unos diez ventanucos y balcones, amén de patios y veredas de barro y coirón se oían las chirriantes transmisiones del box ya en ese año. Lo del mundial fue simplemente una especie de continuación de aquella dulce experiencia pueblera, con un impacto asombroso para la época.

Había en la ciudad un muy mal tiempo y amenaza nieve el día antes, cuando en las clases magistrales de nuestro profesor de Historia David Chabour ya nos enfrentamos a la estrategia de la delantera chilena que tenían que saber superar las amenazas del cerrojo suizo. Y don David, que aún lo tenemos entre nosotros, nos dejaba estupefactos y sabios con esas clases que eran un panegírico a la humanidad en medio de la fiebre del fútbol en blanco y negro. A Coyhaique llegaban las respuestas visuales semanas después, de lo que nos había entregado la transmisión radial y creo que en todas partes, las vecindades y los grupos la radio potente o chirriadora, la que dejaba oír el pitido largo que esfumaba la onda, las transmisiones de aquella fiesta mundialera acabaron por encantarnos y entusiasmarnos para toda la vida.

La nieve comenzó a caer al día siguiente de las clases de fútbol, justo cuando el presidente Alessandri provocaba el estruendo al inaugurar en el estadio nacional la Séptima Copa del Mundo Jules Rimet, con un recuerdo esplendoroso para su creador, el dirigente Carlos Dittborn y un espectáculo masivo donde la fascinación y la barahúnda jugaron su mejor partido.

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