Lo que cuesta armar un club de fútbol en 1947: el Unión Católica de Coyhaique
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 09-09-2013


Me admira sobremanera la gran profusión de recuerdos del Club Deportivo Unión Católica de Coyhaique, cuya fundación corresponde  a un 24 de Agosto de 1947, con la participación de verdaderos próceres de nuestras primeras organizaciones ciudadanas y gente de la vecindad cálida de nuestros tiempos iniciales. Me da mucha impotencia pensar que las nuevas generaciones, siempre apoyadas por proyectos estatales y siempre mirando su execrable inmediatez, no están ni ahí con nuestras esencias y la profundidad del estilo de nuestras originarias autoridades. Porque sencillamente ellos no llegaron tan adentro, son y siguen siendo (lo compruebo a diario) entidades humanas casi sin ningún destino, cero plan de vida, cero propósito de permanencia de sus acciones en el tiempo y absoluta intrascendencia en la historia. Tal vez haya alguien que se dé cuenta, pero la verdad es que resulta aberrante esta actual realidad de la instantaneidad torpe y porque sí. Ya anteayer se me volvía a acercar un amigo que viene con ganas de remecer esto y me comentaba lo bueno que somos aquí para pedir títulos y calificar en base formulismos, obviando el talento individual, la capacidad innata o el darse cuenta a flor de piel de que esa persona sabe lo que hace, y es experto sin necesidad de demostrarlo, como lo hacen allá en Europa.

Me quedo con el Unión Católica del Pueblo Nuevo. Así como podré quedarme además con su primera raíz, el Club Deportivo Pueblo Nuevo, del cual me encuentro armando algunas crónicas, pero para las cuales he entrevistado a doce protagonistas del club antes de presentarla. El Club Deportivo Unión Católica descolló pero no tanto en triunfos como en presencia. Es que tenía a ciudadanos de fuste, de la talla de Raúl Riffo, Justino González, Emilio Millar, Santiago Vera Cartes, Clemente Canumán, Ottmar Guerrero y tantos otros.

Muchos de los que me leen ahora, ni los conocen, jamás alternaron con ellos y a lo mejor ni les interesa saberlo. Fue en 1947 que un pequeño grupo de ciudadanos coyhaiquinos del llamado barrio alto se reunían para darle curso a la idea de la fundación. Estaban presentes Florencio Illescas, Clemente Canumán, Justino González, Custodio Velásquez, Rafael Oliva y Aníbal Ovando, verdaderos paladines del pueblo. Era esos tiempos donde en los discursos se oían frases como éstas, capaces de reventar arterias: “Todo se formó de la nada, palabras de hombre rebotando entre los montes y entre las peñas de éste, nuestro Coyhaique, palabras de hombre que no tendrían que perderse en el vacío sino atrincherarse en la fe y en la esperanza para conseguir un paso más”. ¿Era este un conjuro mágico, un grito de protesta o una arenga legendaria? Tal vez en nuestra era cibernética eso suene desenfadado y ridículo, pero no importa, es una época de formación y descubrimiento que hay que respetar.

Días más tarde se escribiría (en la primera acta) la nueva directiva y también se le pondría el primer nombre de Pueblo Nuevo, por considerar el barrio donde estaban reunidos y vivía la mayoría de los socios, un espacio naciente y necesario posterior al planteamiento planificador alrededor del casco fundacional. El uniforme de este primer club deportivo sería de color blanco y azul, tanto medias como pantalón y una camiseta blanca con su franja azul horizontal. O sea, los mismos fundamentos del equipo de la UC santiaguina.

Ingresaron prontamente a las filas del deporte local como asociados sólo tres años después, inscribiendo su segunda y tercera serie y hacia 1952 recién integraron el cuadro de 1ª División, siendo muy escasos sus triunfos en los difíciles primeros años. Me cuentan dos de los diez informantes que sólo hasta 1955 recién se ganó la primera Copa en la Tercera Serie, la que se veía muy vistosa en la Secretaría del Club, y al año siguiente se obtuvo el Campeonato en la Segunda Serie, obteniendo un segundo trofeo. Mientras ello ocurría, los socios se esmeraron en acondicionar lo que fuera para hacer funcionar una sede y fue así que se prefirió la casa del socio Santiago Andrade. Aparecen también Damasio Gómez Mera ¿se acuerdan de sus facciones de amigo bonachón y sonriente? ¡Yo sí, cómo no! Fue justamente bajo su mandato que el Club Pueblo Nuevo pasaría a llamarse Unión Católica. Era valiente  defensor de la autonomía y el buen paso del club, y fue reelecto unas cinco veces por lo menos.

Los años 1958 y 1959 significaron consagratorios triunfos y campeonatos para el Unión Católica. También hubo visitas internacionales de equipos argentinos, campeonatos interciudades con Puerto Aysén, Chile Chico, y hasta un refuerzo de campanillas, nada menos que el jugador de la Católica de Santiago, el rubicundo y fachoso Francisco Cisternas, a quien me cupo el honor de verlo jugar con una emoción indescriptible. El 58 salieron vicecampeones al ser derrotados en la final por el implacable Baquedano.

Eran los tiempos del pueblo Nuevo, iba creciendo de Sargento Aldea hacia arriba y aún era probable en esas áreas nuevas encontrarse con cañales y calafatales en medio de la incesante construcción y avance. Habían aparecido nuevos rostros en 1963, Luis Alvarez Santullano el eximio boxeador de los principios, Domiciano Carrasco, Rafael Oliva, Víctor Velásquez. Tampoco se pueden olvidar los nombres de los primeros jugadores, aquellos verdaderos primeros, que se enfrentaron a un equipo  deportivo de Mano Negra y que quedaron para la historia del club: Rafael Oliva, Justino González, Herminio y Segundo Estroz, Pedro Caileo, Illescas, Ruay, Guzmán, Alvarez, Juan Weisser, Aníbal Ovando, Tito Illescas y Manuel Mella. Y Salitas? Y Tacul? Y Cardenio Vásquez? Y Luis Monsalvez? Hay mucho paño todavía que cortar. Seguiremos esperando dos cosas, que el tiempo nos mantenga con energía mínima para seguir aguantando el chaparrón de testimonios y que las verdades que nos transfieren los antiguos sirvan para sí pensar en el más allá de la inmediata permanencia que tantos sueños y esperanzas es capaz de atorar y obstruir si no se lo domina a tiempo.

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