La capital de Aysén en 1931
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 10-09-2013


Febrero de 1931. Cada vez que me encuentro con esa fecha, recuerdo la hazaña de llegar a considerar aquel año como uno de los más prolíficos en logros y en impulsos para que esta provincia se siente sobre el concepto del progreso. Pero no a costa de las ordenanzas, reglamentos o decretos. Porque toda la vida que se estaba pensando dependía a ultranza del proceder de los integrantes de cada comunidad. De esos vecinos excelsos de antes. Sólo así se iba a echar a andar esta maravillosa aventura de creación de los destinos de Aysén.

Por eso la fecha me suena a encadenamiento, atadura, compromiso y, desde luego, evocación y mensaje que llama a una bien pensada búsqueda de bienestar generalizado. Veamos por qué.

En primer lugar, aquellos que se la jugaron en aquellos años no buscaban como se busca ahora la vana ostentación. Sería ridículo pensar que en medio de una batalla a muerte contra las carencias quedara tiempo para semejante barbaridad. ¿Quién estuvo a la cabeza? El pomposo pero humildemente inteligente Ciro Arredondo Lillo. Nada de alarde ni egolatría, ninguna presunción y cero gallardía.

Eso es por una parte.

Un cronista de aquel tiempo tan oscuro y tan extremadamente fosco y montaraz, se dejaba caer a las anchas páginas amarillentas del periódico aisenino para declarar los primeros grandes avances relacionados con las obras públicas de algo que comenzaba a parecer una ciudad. Se solazaba por la entrega de cómodos escaños en la plaza 21 de Mayo del pueblito. Había una segunda plaza llamada Juan Vicuña, que estaba frente al muelle de la Sociedad Industrial y que permanecía dotada de amplios jardines y profusas plantaciones del más variopinto y profuso vegetal y sembradío, con jardines espléndidos a cuyo centro se pensó en su momento construir un sólido monolito al gran Almirante Enrique Simpson en honor al resultado feliz de sus exploraciones.

Venía llegando un informe de Vialidad y Caminos acerca de la creación y entrega de calles para el incipiente poblado. Y las noticias no eran del todo malas, ya que, a pesar de subsistir el problema de los grandes troncos de coigües sobre las recientes calles ya entregadas, se había impartido a los jefes de obras que comiencen las labores de destronque a la brevedad posible. Porque después de sacarlos se avocarían casi de inmediato a las tareas de emparejado, nivelado y ripiadura.

La verdad es que, aunque el lector se muestre reticente a aceptarlo, no sólo se pretendían solucionar problemas inmediatos y visibles a corta distancia, sino, además, ir al encuentro de analizar en qué pie se encontraba la actividad turística. Es que el activo alcalde no había obviado aquel detalle, sabiendo de qué tipo de paisaje estaba dotado el pueblo y sus alrededores, una fecundidad de formas, colores, agrupaciones de accidentes naturales, playas, cascadas, lagunas, bosques, colores y formas de un prodigio sin igual. Era preocupación de don Ciro ya que había recibido muchos reclamos de visitantes nacionales y extranjeros, debiendo comunicar estos detalles directamente al Ministerio de Fomento. Bueno, lo único que se le ocurrió pedir fue una lancha para paseo de los turistas, muy ávidos de conocer y disfrutar de las bellezas naturales más naturales del planeta. Les hacía ver a los comerciantes hoteleros un importante acercamiento hacia ellos —se hablaba por ejemplo de escribir telegramas tanto al Departamento de Turismo como al Instituto de Educación Hotelera—, en señal de que pretenderían hacer mucho más llevadera la aventura de conocer Aysén. Esto suena a algo así como que los propietarios se encuentran levantando una casa y en pleno fragor del sueño de la construcción aparecen 4 de sus mejores amigos y se instalan en medio de la construcción a jugar truco y a tomar cerveza. Lo demás cae por su propio peso.

Le tocaba el turno al cementerio local, el mismo de ahora, pero con menos ornato, menos difuntos, menos de todo. Comentaban lo bien que le caería al camposanto una arregladita, los caminitos limpios y desmalezados, la limpieza de los panteones y casitas chilotas y el arreglo de las flores mustias. A ello se agregaba la dotación de un matadero más moderno, en donde se pensaba implementar una planta faenadora de cerdos y aves, y junto a ello los arreglos de luminarias que tan pocas hay para alumbrar de noche, prefiriendo los vecinos las simples velas de palmatorias que desechan la idea de continuar con los ya pasados de moda chonchones y candiles. ¿No le suena a vida colonial de fines de 1700?

También se avanza en la construcción de pabellones para escuelas anexas donde está el edificio de la única escuela básica llamada entonces Escuela Fiscal de Niñas, conforme a los deseos del señor Arredondo. Dadas las marcadas deficiencias de las oficinas municipales, se aceptó una oferta de arrendamiendo por parte del señor Konstantino Kalstrom, quien posee una hermosa y gran propiedad en plena avenida Chile Argentina frente al local comercial de Durán Saavedra.

Una honorable Junta Vecinal cumplía incesantes labores de control de una y otra iniciativa, reuniéndose, echando bases y procediendo a ejecutar variados proyectos comunitarios. Ahí destacaron los primeros, Francisco Osses, Rudecindo Vera Márquez, Constantino Kalstrom y Diógenes Muñoz. La idea era otorgar la máxima prioridad al hermoseamiento y buen funcionamiento de la capital provincial, dejando como en segundo lugar los otros poblados y sectores de Aysén.

No cabe duda alguna. Nuestros primeros líderes serán siempre honrados y recordados por su sapiencia y poder de organización para enfrentar los primeros días. Algo que muy pocos reconocen.

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