Ese pequeño trocito de actitud pueblerina
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 11-09-2013


Asomaban en 1947 algunos de esos acontecimientos que a lo mejor no pasan de ser más que sucesos del diario vivir. Coyhaique despertaba a sus jóvenes dieciocho años y toda el área que antes era cancha y pampa se había convertido en un ordenado y bien meticuloso terreno sobre el cual respiraba la armonía citadina de sus manzanas uniformes, sus calles anchas, barrosas, con champas de pasto, cañales y cunetas para encauzar aguas correntinas desde los montes cercanos. Llovía, y las aguas reventaban en aquellos zanjones cuneteados con sus puentes de madera mal hechos pero aguantadores. Por doquier se formaban ojos de agua y charcos de barro que iban invadiendo los lugares donde la poca gente se movilizaba.

Yo lo decía antes en estas crónicas retocadas, que con esto se trataba de escribir sobre ese tiempo, inventar resabios de un rescate perdido sobre los vértices sublimes del recuerdo. Sepa Dios qué quise decir hace 23 años atrás con esto.

¿Por qué la Escuela de Mano Negra no podía satisfacer los requerimientos escolares? Los vecinos en tropel se habían venido acercando montados a caballo hasta las oficinas de las autoridades educacionales sitas en Coyhaique, para gritar a todo pulmón sus problemas con la mentada escuelita, vociferando las dificultades mayores, las imposibilidades y el sufrimiento de tenerla tan lejos. Se apearon unos 30 pobladores y sus mujeres y sus hijos y encararon a las autoridades, cuando la Muni sólo era una institución que ser prestaba magníficamente para resolver estos problemas ciudadanos. ¡Nos queda todo tan lejos señor Alcalde! ¡Ni a caballo al galope llegan a tiempo nuestros hijos a la sala de clases! ¡Queremos la escuela más cerca de nuestros hogares! La escuela, dirigida entonces por el distinguido educacionista Antonio Alvarado estaba situado en un punto lejano al núcleo poblacional, un lugar conocido como El Aserradero y los chicos y chicas, aunque se movilizaban a caballo, debían sortear con grandes dificultades tormentosos caudales de ríos, peligrosas bardas a pique, cañales infranqueables y barro enmallinado por doquier. Todo eso exponía a los estudiantes a perder la vida y por eso los padres protestaban.

Estamos en pleno mes de diciembre de aquel año y dos decesos se producían, el de Ricardo Bahamonde, antiguo poblador de Valle Simpson y el de don Marcelino Sabres, tío de mi padre Oscar, quien lo había traído desde San Patricio y le había entregado su confianza y su caridad para enseñarle las labores comerciales. Don Marcelino podría haber sido mi abuelo honorífico y sus trabajos de comerciante le hicieron muy querido y famoso cuando Puerto Aysén asomaba sus primeros latidos laborales en plena década de los años 20.

Mientras Elena Quintana y Sonia Esquivel del Quinto año se lucían en sus danzas y recitaciones durante algunas veladas artísticas organizadas para despedir a las egresadas del Sexto, la fiesta hizo que muchas chicas de la época quedaran asombradas tanto por el espíritu de organización como por la belleza y perfección de los números artísticos, algo que ya estaba muy en boga y que constituía un ejemplo en escuelas y liceos de la vecina Puerto Aysén.

Bueno, las noticias deportivas siempre le quedaban bien a las ciudades donde se trabaja mucho y se necesita relajo. No sólo había cancha de carreras o de taba, ni espacios para el truco. También las había de fútbol, llenas de atributos típicos de los pueblos en formación, con arboledas frondosas y muy anchas bajo las cuales ocurrían desaguisados normales como borracheras y alegrías siempre buscadas por la gente del pueblo. Justamente, uno de esos domingos de Diciembre de 1947 empataban a un gol los cuadros infantiles de O’Higgins y Baquedano y las terceras del Baquedano y del Bueras, mientras que el 21 y O’Higgins se encontraban con aguerridas actitudes frente a sus barras, no dándose ninguna tregua. Al final, una goleada de proporciones del Baquedano. Y a recibir la dorada y alta copa donada para esta ocasión por el conocido vecino Luis Arteaga, de quien me acuerdo muy bien, siempre de corbata, siempre alto, distinguido, misterioso y de lentes.

Otros tiempos, viejos aires de formación.

La Banda de los músicos del Regimiento  Bueras corría peligro de ser disuelta. Para qué decir el agolpamiento de recuerdos que ahora me llevan a imaginarme cosas sobre nuestra banda, propiedad absoluta de los niños que corríamos junto a ella por todas las calles, desde el Regimiento rumbo a la plaza, donde un verdadero orfeón nos deleitaba los domingos por una hora completa. Aquel año se develaba una gran crisis económica al interior del grupo de músicos ya que los sueldos no alcanzaban a pagarse y los instrumentos se morían de viejos. A ello se unía el inminente licenciamiento de sus integrantes. Les traigo el suelto que comparto: “Aquí entre nos, se corre el albur que si estos muchachos se van a su casa, tanto el grupo como el pueblo entero de Coyhaique quedarán sin banda. Al adelantarnos a señalar estos inconvenientes, no nos mueve otro propósito que el hacerlo con el objeto de que tanto el señor Comandante del grupo como la directiva del Comité Pro-Banda aúnen todos los esfuerzos para ver el modo para evitar el desmoronamiento de nuestra única institución musical, un verdadero patrimonio espiritual del pueblo de Coyhaique”.

¿Qué pasa si el tiempo de antes regresa y revive entre este nuevo que nos atonta y nos invita a parpadear como si nos fabricara un denigrante juego de luces para el engaño? Yo creo que no importaría seguir mirando hacia lo que éramos, con tal de que logremos rescatar con plena libertad un trocito de actitud, una pizca de valentía, un millón de esperanzas para lo que viene.

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