El Aysén septentrional, ese norte que se apura en su espesura
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 14-09-2013

Futaleufú, Palena, Lago Verde son nuestro norte en 1912. Regiones inaccesibles y escabrosas que jugaban con los hombres al cazarse y al morir, que llevaban siempre lanza en ristre hasta ocurrir el sordo desplome por el que todo tal vez termina, en este caso la vida, en otros, la venganza silenciosa del aguacero heladísimo por ahí por donde pierden el sentido todas las soledades y se proclama a la vergüenza como el sentido más trágico del mundo. Fue extremadamente difícil colonizar y poblar este Aysén septentrional, no tanto por su distanciamiento como los valles del Simpson –los centros verdaderos-, sino porque dichas áreas se encontraban casi todas bajo la jurisdicción argentina, lo que provocó lógicamente una mayor lentitud de los que llegaron primero a ocupar las tierras orejanas que espontáneamente, por el sólo hecho de llegar y quedarse a vivir, les pertenecieron. Hay diversas versiones sobre la primera fecha de llegada de estos valientes originarios. Me atrevería a decir que a fines de 1910 hicieron la primera entrada algunos buscatierras en el área del río Palena. Me distrajo una de las primeras fotos que le robé a una vieja revista Trapananda, cuando empezaba yo el trabajo de alimentación inicial, donde se ve muy orondo y agalludo el famoso colono Balboa, con un sombrero ordenadito y una sonrisa de colono de salón, aunque nunca lo fue. Se llamaba Juan Antonio y era del río Biobío. Sin embargo no fue el primero, porque antes que él ya habían ocupado tierras un tal Barros que entró por la Laguna del Engaño para asentarse en medio de los valles del Palena, y al año siguiente le imitarían Pablo Carrillo y Reinaldo Figueroa. Ese era el famoso valle llamado California, tal vez por el sentido de identidad con la búsqueda y el encuentro de algo que ellos mismos llamaron la tierra de promisión tal como los colonos norteamericanos lo pensaron, un sentimiento profundo de la pertenencia que hacía a todos por igual grandes filósofos y temerarios luchadores contra el infortunio. Muchos años más tarde, y cuando ya estos primeros ocupantes habían avanzado en adaptación natural y construcción de mejoras y ámbitos laborales, llegarían más. Hacia 1918 el valdiviano Juan Fortunato Sáez quien ya venía matrimoniado con Matilde Steinkamp, una retoña de la primera colonización de 1900 del ocupante alemán proveniente de Buenos Aires que se vino a instalar con animaladas en esos tempranos años. Cerca de ahí viajaron para quedarse Lucas López y Pablo Carrillo, en una carreta y varios caballos con pilcheros. Todos estos grupos de ocupantes de tierras orejanas andaban por ahí errantes y libres, escogiendo el mejor sitio para quedarse y aunque era difícil acostumbrarse a enfrentar lo desconocido en situación de soledad, la mayoría de estos andariegos preferían juntarse y acompañarse, en una verdadera asociación familiar que a la larga devendría en la organización de grupos comunes enfrentados a tareas idénticas. Otros hablarán de colonias establecidas con colonos activos y llenos de panoramas halagüeños frente a una tierra pródiga y al establecimiento de espacios aptos para el cultivo y la ganadería. En el valle del río Futaleufú se establecieron los primeros movimientos colonizadores en 1912 donde llegaron los chilenos Moraga a establecerse, pero utilizando la violencia extrema para defender algunos sectores que consideraban propios, no permitiendo la entrada ni la ocupación de tierras a ningún compatriota chileno. Un grupo de connacionales, sitos preferencialmente en las áreas de Trevelín, se unirían para exterminarlos y comenzar ellos a formalizar el funcionamiento colonizador de aquellas áreas. De ahí en adelante, gracias a este suceso luctuoso se dieron las condiciones para abrir las tierras de Futaleufú a la colonización espontánea. El día de la fundación estaba Isaías Sepúlveda y Antonio Cid, provenientes de Lautaro, Encarnación Chacano y Pablo Díaz, Cecilia Gallardo y el llamado gaucho Flores, entre otros. Las penurias son inenarrables, las dificultades sumas, y si no hubiese sido por la cercanía con Esquel y Trevelín, la gran aventura de la colonización se hubiera convertido en un verdadero infierno. Más al sur fue que se estableció el gran colono Antonio Solís Martínez, en el sector de Lago Verde, que fue posterior a Alto Palena y Futaleufú, Estaba con Sofía Henríquez Sobarzo, su mujer y ambos eran de Río Bueno. Tuvieron una descendencia grande, 11 hijos y una estirpe familiar gigantesca diseminada por todos los puntos de Aysén. Sólo tres hijos nacieron en suelo chileno, el resto en Argentina, especialmente en el sector aledaño de Río Pico. Entonces, la emblemática familia Solís Henríquez comenzó a organizar su mundo para lograr un establecimiento en tierras orejanas, que estaban entonces a su más absoluta disposición. El Aysén septentrional comenzaba de esa manera a configurarse, en forma tal vez imperceptible, pero llevando un volcán de energía por dentro, gracias a la labor incesante de hombres como los descritos. Solís se reunió de amigos, gente como él, conocidos en medio de lo ignorado, con agallas, lleno de bríos, con el corazón sangrante. Estaban con él Francisco Vásquez, Claudio Solís, Germán Jaramillo, Carlos Soldán y un extranjero llamado Germán Willer. Entre todos se pudieron a despejar con grandes fogatas que en la primavera hacían estremecer las selvas. La desolación y el devastamiento estaban pensados para los trabajos de pastoreo. En eso estaban y para eso habían venido hasta acá.
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