Murta y Guadal en polvareda de tropas
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 04-10-2013

Están anudados, engarfiados como dedos Murta y Guadal. Viven respiran, crecen, se enlazan, galopan, explotan juntos al paso de la polvareda que dejan sus tropas. Me tiento con ellos, me sumo a sus orígenes que tiemblan bajo el boscaje furibundo de más allá del Bertrand, o más acá, sea como se mire, como uno se acerque desde cuándo, dónde, cómo. Me estremecen ambos, como si fueran golpes orgiásticos de munificencia, como si el olvido se sumiera un poco sobre el hondo estertor de aguas quietas. Murta fue principio con colonos instalados sobre la confluencia de tres ríos, en una lengua de tierra que se detuvo a descansar, a dejar de avanzar para que fluyan las aguas por los cañadones. El hombre echó raíces para socavar las tierras, abrir los bosques, cercar sus posesiones, levantar sus casas y enterrar a sus muertos. Como la mayoría de nuestros pueblos en este rarísimo territorio de siglo XX, el descubridor entró a la tierra y se posesionó de ella sin pedir permiso, abrió el bosque y se instaló hasta que llegó un gobierno y le entregó el plano de su propiedad para que la acepte y firme la escritura de posesión. En un principio Murta se especifica como punto vital de intercomunicación de cauces profundos entre lomas altas o sierras, lo que hace posible que el habitante primitivo orille el lago y busque salidas hacia otros puntos cercanos. En el intertanto logran aparecer, como rebasando, las gentes de otros puntos, hacia su propia finalidad estancial de quedarse ahí para recuperarse en el trance del viaje y la odisea, abastecerse y comercializar sus productos. Un punto ciudadano lleno de albures y razones más allá de la mera permanencia. Desde 1958, ya con su capilla, centro principal de convergencia grupal, Murta sube al podio de las comunidades con alma, pues es en la capilla donde se reciben las primeras romerías intervillas, aquellas de las procesiones y los cánticos fervorosos. A ella se unen los clubes deportivos con una veintena de jóvenes en práctica permanente y una límpida cancha de fútbol frente a la iglesia, situación que puede provocar la confluencia de ambas confraternales actividades: la divinidad del espíritu y la cultura física, merodeada ésta última por las constantes visitas de gentes de Sánchez, Guadal, El Tranquilo. Habrá escuela pronto, llegará una posta del servicio nacional, se instalará un embarcadero de madera, un  restaurante, una pensión y también una pulpería. ¡Qué organización! ¡Con qué pasión acuden las juventudes laborantes a la más concurrida fuente de trabajo, el aserradero! Pero no es la única, porque concurre gente por las orillas de lago hasta la faena minera de Sánchez y la ganadería ovina de los cañadones. Además, muchas mujeres ya están laborando en la confección de tejidos a telar que venden a los vivientes aledaños. Todo en el más completo aislamiento, sin pertenecer a nada más que a ellos, sin siquiera pensar en ir a algún lado, en viajar a alguna parte, en salir hacia otros confines. El abandono es directamente proporcional a la vastedad, la soledad y el vacío lo es a la inconfundible lejanía incontrolada. Hay ahí en Murta y Guadal toda una sinfonía chilota de mingas, trillas, esquiladuras y medanes. Parten luego las nuevas formas de la virtud pueblerina: la argentinidad de la cuadrera, la doma, el truco y el mus a campo abierto sobre la hierba bajo el sol de Noviembre. Pero en el 61 el caudal del Murta cambia de curso y causa una inundación feroz e inesperada. Por ese motivo se intenta cambiar el pueblo de lugar ya que además, el aserradero no podía seguir funcionando por falta de caminos, acumulándose los productos en el lugar y provocando decepción y estancamiento. Son los que llegaron después de los primeros los que ejecutarán el cambio hacia la otra ribera. Unos se van ahí, otros optan por nuevos rumbos. Se desintegra el pueblo inicial y la Nueva Murta se protege y se reorganiza con su comercio de subsistencia su lana, alimentos y artesanía en cueros de coipos y zorros, liebres y cerdos. Se suma su constante producción ovina y bovina y sus frazadas y mantas artesanales, además de alimentos producidos ahí mismo, papas, trigo, avena, frutos y quesos. ¿Y Guadal, el pueblo puerto? Es una ensenada de lago que finalmente queda rodeada de cerros protectores. Hay almacenes y bodegas en las calles. En los cincuenta, se dividió en manzanas de 100 por 100 y en sitios de 50 por 25. Hay embarcadero, muelle y plaza artificial. Ya en 1918 respiró una parte de Guadal con dos casas visibles y unas siete personas que aumentaron al doble en 1930, con cuatro familias en el área: los Soto, los Mansilla, los Avilés y los Verdugo. En 1970 ya había en Guadal unas 120 familias y cerca de 600 personas, funcionaban ya un Registro Civil y un Retén de Carabineros en El Desagüe. Bastaba con aquello para iniciarse. Se erige la escuela número 2 con un director y dos profesores, seis cursos de primero a sexto, con 190 estudiantes, la mayoría de los cuales son parientes, constatando 94 primos hermanos y poco interés de los padres por enviarlos ahí especialmente en los meses de esquilas y ganado cuando desertan muchos e inasiste la mayoría. En los años setenta Guadal contaba con Posta y practicante, el mismo Registro Civil del 63, una oficina de Correos en casa de un vecino, con correspondencia y carga que demoraban 40 días en llegar. Había ahí unos 150 habitantes, con un promedio de cinco hijos por familia, dos barcos activos de carga, el Carrera y el Aysén, sin horario ni comodidades, con tres viajes al mes y vuelta entonces al interminable aislamiento y desdén, al abandono consuetudinario, Murta y Guadal, gota a gota, viento a viento, distancia y dejadez.
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