Don Balta, el zapatero de los 50
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 10-10-2013


En Rupanco, provincia de Osorno vio llegar sus primeros días don Baltazar Soto, quien se integraría a la provincia entrados los años 50. Su nacimiento se produce en una casa de campo, en plena zona osornina de animaladas y verdes pastoreos. Los chicos se criaban amontonados debajo de la cocina a fuegón y mis padres tuvieron 18 hijos, comenta con indisimulado orgullo. Arturo Soto Gómez e Isolina Icarte trabajaban para los jutres osorninos en leches y quesos, a cargo de las vaquitas, era uno de los mantequilleros y queseros más calificados de la región de Llanquihue, habiendo sido educado en las escuelitas rurales del sector más solitario y silencioso de Rupanco

Cuando se vino, fue por un hermano que estaba en estos lados, quien lo mandó a llamar para que entrara a probar suerte. Don Baltazar se había casado ya en la ciudad de Frutillar. De pronto enviudó y quedó solo con sus dos hijos pequeños. Fue entonces  cuando recibió la invitación de su hermano para conocer la provincia de Aysén.

“Mi hermano me llamó. Me dijo que me viniera porque aquí era tranquilo y estaba todo por empezar, y me contó que parece que el Fisco estaba regalando tierras pa’trabajarlas. Pero yo no era campesino, igual me vine”.

Ya había incursionado en sus primeros trabajos de talabartero, comenzando junto con su suegro y siguiendo sus consejos para diseñar monturas, aperos y estribos en un taller muy bien implementado donde se trabaja especialmente con tientos. Era la era de los tientos, costuras a mano que hacían que la vida pase dedicada a ese oficio que don Baltazar siempre añora, echando de menos esas tiempos cuando aún no llegaban las máquinas que hoy existen. Habían muchas maneras de hacer costuras con lonjas, tratándose de un oficio bastante difícil de aprender y de sobrellevar en forma sistemática para cumplir decenas de pedidos de muchos campesinos que encargaban monturas. Especialmente monturas ––insiste Soto––, ya que no había mucho más que trabajar, y era necesario continuar haciendo patancha con mi suegro para cumplir los trabajos y seguir aprendiendo. Lo curioso es que ese taller de talabartería de su suegro quedaba en pleno campo entre Fresia y Puerto Varas. No se veía huasería en esos campos ––comenta Soto––, sólo esos jutres ricos que encargaban puras monturas buenas, según la jerga, puro montureo de patrón, como andan tanto a caballo tiene que ser una montura amplia, lo más grande posible para que no maltrate el cuerpo de esos jinetes que se pegaban una gambetas largas como ir de Coyhaique a Villa O’Higgins, entonces no había salud que aguantara.

Llegó a Coyhaique en 1952, cuando su hermano le sugirió que se viniera a ayudarle. Eran las épocas románticas de Juan Antonio Mera, Isaac Mansilla y Gerardo Soto, los tres únicos del rubro que cubrían una ya inmensa población de huasos de Valle Simpson, Puerto Aysén, Ibáñez, El Blanco, Balmaceda y Coyhaique. Inmediatamente, dada la cantidad de encargos, don Baltazar optó por quedarse contento en el trabajo, aplicando todos los conocimientos que había aprendido con su suegro en los campos de Fresia, mientras su hermano se iba a Comodoro Rivadavia a aprender el oficio de tapicero, regresando a Chile poco tiempo después, hasta que lo mandaron a buscar a Maullín, quedando definitivamente a cargo del negocio don Baltazar, el que estaba ubicado junto a la carnicería de los Ahuad, en pleno centro de Coyhaique, calle Condell. En la esquina estaba la panadería construida con material de ladrillos del español Arteaga. Don Baltazar se visitaba siempre con su colega Mera, para estudiar los pedidos nuevos y las pegas que les llegaban, a veces para compartirlas, a veces para solicitar ayuda sobre uno y otro detalle difícil.

“La calle Moraleda era cosa seria para las reuniones sociales del pueblo, no vé que estaban dos hoteles importantes ahí. Yo me instalé cerca del carnicero Auad y recuerdo mucho ma amistad que me unía a él. Era realmente el centro ese”

Lo que más hacía la gente de campo en la época que llegó era tropear a caballo, andaban dos o tres meses tropeando, dejando animales en la veranada y la invernada y en las tropas de tres mil animales promedio que venían a pasar por Coyhaique antes de irse al norte o al sur según sean los movimientos de tropas, en una situación en que mandaban las cabalgaduras y en que vehículos casi no se veían. En esa época había un solo hombre que manejaba un taxi y también el teatro: el recordado Donosor Aguilar. Luego vendría el camión de Julio Chible que transitaba hacia todos lados en medio de los incendios, porque ya estaban ardiendo las cordilleras por los cuatro puntos.

Cuando faltaban los elementos, don Baltazar se resignaba a cerrar el negocio o encargárselo a alguien para movilizarse en barco a Puerto Montt y luego viajar a Osorno o a Temuco para comprar los materiales que requería para todo el año. Era muy difícil aquella pega porque no estaban dadas las condiciones como ahora, que uno pide y le llegan las cosas. Antes no era así, había que moverse uno para buscar lo que faltaba. Ya en aquellas épocas no tan sólo Coyhaique sino Cochrane y Puerto Aysén habían empezado con sus movimientos de medialunas propias, y entonces había que cumplir con los pedidos de esas ciudades, lo que complicaba mucho más el negocio.

Baltazar Soto continúa trabajando actualmente en su conocida Talabartería La Chilenita de la calle Freire, donde todos los días se siente contento, rodeado de sus mandiles, sus cueros de Osorno y su amor al trabajo que permanece con el tiempo, sin que mucho haya cambiado en él.

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