La historia de Lidio González Márquez
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 17-10-2013


Lidio González Márquez fue tan conocido en la provincia y su labor periodística tan destacada, que nadie encontró probable olvidarlo, salvo por peripecias administrativas, ya que las autoridades omitieron su nombre después de fallecido para honrar calles o plazoletas. Grandísimo error que suponemos deberá ser superado. Las máquinas de impresión que trajo eran de la empresa El Llanquihue de Puerto Montt y venían en malas condiciones, pero servían para el propósito de echar a andar la empresa taller, que estaba ubicada en una inmensa casona amarilla de dimensiones colosales, que albergaba el domicilio de la familia, junto a las veredas barrosas de Puerto Aysén en cuyos interiores se ubicaban los flamantes talleres gráficos con el característico olor a tintas y metales de las linotipias.

González ya tenía a su haber la creación y administración del Diario La Voz de Loncoche, ciudad de la que provenía, importantísima tribuna desde donde se luchó intensamente por la construcción del ferrocarril, que si bien es cierto su funcionamiento nunca se concretó en esa época, sirvió para entender profundamente los intrincados poderes de la prensa en todo Chile, especialmente en aquellas apartadas localidades donde todo estaba comenzando.

Su labor periodística nunca bajó de nivel y, todo lo contrario, siempre destacó en alimentar nuevos frentes de opinión. Se dice de él que, desde su tribuna popular fustigó a las autoridades de la época por conseguir el mejoramiento de todos los servicios públicos. Influyó decisivamente en la concreción de las escuelas. Eran tiempos políticos fuertes, cuando Pedro Montt era el presidente de Chile y aparte de sus intensas actividades periodísticas se veía la figura de Lidio González de pronto engarzada en los cargos públicos, adheridas a las conquistas que demandaba a la política. Como periodista el señor González tal vez sea el único en Chile que haya editado más publicaciones, contando a su haber con ediciones de fuste como La Voz de Loncoche (1907-1918); El Progreso de Talcahuano (1919); La Voz de Puerto Varas (1920-1921); El Progreso de Puerto Octay; El Regional de Río Negro; La Reforma de Puerto Montt (1923); La Voz del Sur de Puerto Montt (1924-1929); El Comercio de Freire; La Democracia de Temuco y El Aysén de Puerto Aysén.

Respecto a El Aysén de Puerto Aysén, contamos con el aprecio de uno de sus hijos ––todos ya fallecidos––que nos legó todo el material de los años 1930 y 1931 publicados en Puerto Aysén y también en Coyhaique en la década de los 50, al saber que nos dedicábamos a rescatar y desenterrar detalles olvidados de la emotiva vida de los tiempos antiguos. Cabe señalar que fue esta motivación la que nos indujo a complementar nuestro trabajo de recopilación con material fotocopiado de los primeros años, cuyos números fueron imposibles de conseguir aquí, pero que existen en la Biblioteca Nacional, siendo imposible reproducirlos salvo con el mérito comprobado de saberse investigadores y recopiladores consagrados en vida al oficio, cosa que así demostramos para poder obtener dichas fotocopias. Poseemos, además, unas fotografías de real valor histórico relacionadas con la vida de don Lidio y su grupo familiar, especialmente aquella donde alguien colocó el daguerrotipo enfocando la primera máquina de linotipias de los talleres de don Lidio, una visión impresionante, más aún considerando que mi padre laboró fervorosamente con su primer trabajo remunerado en calidad de linotipista de aquellas máquinas ya olvidadas en los albores de Puerto Aysén.

Y fue justamente aquel acicate que le dieran las innumerables experiencias vividas en las ciudades del Sur, a cada una de las cuales les insufló la vida periodística con la instalación de talleres propios que darían vida a un periódico comunitario, lo que le llevó a venirse en un vapor con todos sus bártulos, maquinarias y colecciones de tipos junto con el exigente personal (sus hijos), por orden del Intendente Luis Marchant, quien vivamente interesado en comenzar desde el periodismo a dar a conocer los planes y objetivos de su administración, vio en El Aysén una generosa tribuna de aguerrida trama para hacerles frentes a los desafíos que la nueva provincia iba a comenzar a imponerles a todos.

Junto a una generosa y aguerrida estirpe de hijos buenos para el trabajo, la labor de González fue subiendo de nivel a medida que transcurría el tiempo, hasta fijarse como un esplendoroso norte en el corazón de todos los aiseninos. El Aysén viajó por el tiempo a ritmo del progreso de la provincia, siendo testigo principalísimo de los cambios que se iban produciendo y llevando las buenas nuevas a los pueblos del interior.

Un reconocimiento a don Lidio y su obra, a sus hijos que continuarían su obra por muchas décadas todavía, dedicados a lo que un día su viejo padre les enseñaría. Y un recuerdo a la imagen del amigo Noé, entusiasta defensor de los plomos y linotipias en su taller de Aysén, donde la niñez le fue enseñando el oficio que fuera el motor de una empresa familiar que dejó profundas huellas.

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