Puerto Aysén, el alba de los ríos
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 23-10-2013



Al hablar de los primeros instantes de vida del pequeño villorrio de Aysén, puerto y a la sazón capital del territorio, nos parece válido comentar con cuanto esmero y sacrificio los administradores de la Compañía contrataban a los primerísimos gestores de las obras de avance: casas, edificios, construcciones, muelles, puertos, bretes, galpones y bodegas. Era una tarea titánica que fue encarada brillantemente por todos quienes estuvieron en aquel añorado escenario, tanto los jefes como los obreros. Estaban, por ejemplo, los llamados corrales de embarque, pasadizos para que los piños de animales avancen por los embarcaderos a situarse al interior de las bodegas de los vapores. Pero, además, existían los corrales de aguante, donde el ganado permanecía esperando pasar a los embarcaderos.

¿Y sabe quién fue el cerebro de todas estas obras? Nada menos uno de los cronistas más descollantes de Aysén, don José Pomar. El fue que, con espíritu crítico y sagaz y con una parsimonia de sabio, escogió los tramos más secos comprendidos entre La Península hasta la mismísima Plaza 18 de Septiembre. En ese espacio fueron levantados sistemáticamente los basamentos de la primera grasería, el galpón de lana, varias quintas de chacarería, potreros para animaladas mayores y casas particulares.

Dentro del mismo villorrio, Puerto Aysén destacaba por la estampa de una sola calle ancha y larga, que ocupaba el espacio entre el Cerro Mirador y el Cuartel de los Carabineros, frente al Hotel Vera de don Chindo, calle que conserva variadísimos recuerdos entre la gente antigua no sólo por su estructura de gigantesca avenida, sino porque a través de ella existía el mayor centro comercial de la aldea y porque por su fango avanzaban rumbo a los molos día y noche y sin parar, miles y miles de cabezas de ganado, lo que la convirtió con el tiempo en el lodazal más reconocido del territorio. Era común observar tablones entre una casa y otra o que servían para unir locales comerciales entre sí a fin de que por las veredas, que también presentaban problemas de anegamiento, caminara gente con relativa facilidad. Aquella avenida jamás fue pavimentada con el advenimiento de los nuevos tiempos.

Se movía mucho la gente inglesa, esos futres traían pura gallá del norte, bien calificados. Cuando llegaban esos, se iban a alojar a las casas de los mismos funcionarios, no usaban los hoteles ni las pensiones.

Existe la creencia de que todas las casas y edificios de Puerto Aysén de las primeras décadas de vida fueron construidos por chilotes y a la usanza chilota. Craso error. Ya sabemos la paupérrima calidad y la improvisación de estas construcciones, salvo honrosas excepciones. Lo que sucedió en buenas cuentas es que los ingleses eran tan organizados y tenían ideas tan descollantes, que para las obras de jerarquía, como por ejemplo los edificios públicos y las obras arquitectónicas de alcurnia, utilizaron arquitectos titulados en Santiago para el levantamiento de los planos, constructores civiles de reconocido talento y los materiales utilizados para la ejecución de estas cobras contemplaron sólo materiales nobles, como cemento, piedra laja, concreto y maderas de ilustre renombre y valor con tratamientos de durabilidad comprobada. Es decir mucha diferencia con las casas de dos aguas que aún proliferan en nuestros días.

He ahí la explicación de que en Puerto Aysén se mantengan incólumes por el paso del tiempo, la Prefectura de Carabineros, la Oficina de Tierras y la Radioestación Naval. La Intendencia, que era la construcción más impresionante y la Catedral, fueron devoradas por las llamas.El nombre del primer cerebro arquitectónico que estuvo junto a su Intendente Marchant supervisando sus creaciones era Luis Alberto Núñez. 

Resulta siempre reconfortante hincarle el diente a los tiempos primeros del liceo, cuando estaba todo por hacer. Cuentan los testimonios que se llevaban hasta el establecimiento cajones azucareros para que sirvan de escritorios; y que los mismos estudiantes llevaban palos de leña diariamente para calentar las salas durante los fríos inviernos. Se dice que el liceo funcionó en lo que había sido antes el primer teatro de Aysén y luego en otro local que antes había sido utilizado como cárcel.

Entre 1940 y 1946, hemos logrado detener el tiempo para pasear por las actividades liceanas celebradas en aquellos tiempos. Después la comunidad vería llegar el Diario Mural Caleuche, el Centro de Historia con su primer presidente el alumno Baldo Araya Uribe, la inauguración del impresionante Salón de Actos que tuvimos la oportunidad de disfrutar en calidad de alumno el año 1961. Un salón de actos que vio desfilar a los primeros actores, Nicanor y Teodosio Saavedra, Marta Gibbs, Francisco Ruby, Ricardo Osorio Araneda, Emilia Laibe, Ivonne Pérez, María Torres y Lastenia Andrade. 

El año 1945 se organiza una velada inolvidable pro fondos de adquisición del piano, donde el profesor Eusebio Ibar presentaba sus obras originales Cirio y Canción, El Ciego y Por el río de los Palos, con actuaciones de Natacha Sánchez, Ricardo Osorio, Karam Laibe, Eliana Lepén, Eliana Martínez, Edith Oyarzún, Margarita Osorio, Luisa Pafetti, Osvaldo Andrade, Irma Viveros, Mireya Díaz, Alvaro León, Osvaldo Roa, Mario Mejías, Eliana Witto, Elena Ruiz, Juan Asenjo, Marta Gamboa y Lelia Méndez. 

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