La Estancia en tiempos de jolgorios a través de un suelto
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 24-10-2013


Distintas eran las otras fiestas, las la estancia allá arriba en la Agrícola, 25 años antes, asombrosas e inolvidables fiestas celebradas en plena estancia de Coyhaique Bajo, allá arriba, camino a Coyhaique Alto. Corría el año 1929 y recién los aires del primer Baquedano salían al encuentro de la historia. Resulta imposible evaluar la cantidad exacta de entusiasmo y asunción por parte de aquellos primeros vecinos, pletóricos de amistad y camaradería. Quién iba a pensar que esa amistad y camaradería, ejemplo y símbolo de la unidad de un poblado, se iría diluyendo con el tiempo en vez de sostenerse y acrecentarse.

Esa era la Estancia de los ingleses, en medio de un ambiente distinguido y sagrado, donde los peones trabajaban a sus órdenes, donde crecía la enjundia de los bolsones y las ovejas, los camiones y los primeros carros con fardos gigantescos. En ese singular ambiente también campeaba la diversión y el relajo, el momento de la integración y la reflexión a todo trance.

Fuera de las habituales celebraciones de Navidad y Año Nuevo también había esas recordadas veladas crepusculares, donde no faltaba nada para hacer de la existencia un placer y una grata convivencia. Los asados al palo y las empanadas eran cosa de todas las semanas, las celebraciones de onomásticos y cumpleaños de la peonada, las fiestas patrias y el día de la raza, así como también la celebración patria de la república Argentina, eran motivos para reunir a cientos de comensales para unas fiestas de altísima categoría. Fiestas que duraban más de tres días, a la usanza antigua.

Un añejo volante casi destruido por el paso del tiempo, con una portada de papel casi transparente y deslucido ha llegado a mis manos casi por milagro, entregado por un gentil vecino de esos que parecen imágenes de postales viejas. Es la representación del tiempo trémulo y pulverizado, de aquel que no tiembla a pesar de la fragilidad del tiempo. Es una simple hoja de oficio que tiene la virtud de informar e invitar a un pueblo completo sobre los acontecimientos de una fiesta de conmemoración de las fiestas patrias de 1944, tan sólo dieciséis años después de que se fundara el poblado de Baquedano.

La portada conserva los antiguos retoques artísticos de una época elemental en lo referente a diseño impreso. Se lee: estancia Aysén, Coyhaique, República de Chile, Programa Oficial de Fiestas Patrias, estancia Aysén, 18 de septiembre de 1944. En la parte superior izquierda, una franja tricolor, y un poco más abajo del título, el emblemático escudo de Chile.

Pero aquella proclama que habita y respira en el interior del programa, revela la fuerza misma de la existencia del pueblo. A los habitantes de la Estancia Coyhaique de la Sociedad Industrial del Aysén, comienza la proclama. Y luego el programa en cuestión:

He aquí el programa que la Sociedad presenta a los habitantes de la Estancia, en celebración del 134º aniversario de la Independencia Nacional.Cumple a todos cooperar al éxito y feliz realización de este programa, que el comité entrega confiado al fervor patriótico de los habitantes de esta estancia, y en esta fecha tan trascendental que en estos días encierra la más gloriosa tradición. Firma la proclama, el Comité de Fiesta Patrias.

Es sabido que la estancia albergaba gran cantidad de peones, casados y solteros, con y sin hijos. Y que en el recinto, convertido en una verdadera ciudad, bastaba con un acicate como éste para que todo el grupo participara entusiastamente sin que nadie pasara inadvertido. Aquel año hubo juegos populares para adultos y niños y los infaltables concursos de cuecas. Se constituyó un jurado de lujo, conformado por Miguel Ancaguay, Jorge Solís, Eleodoro Novoa, Jorge Burns y su esposa Modesta, Beatriz de Finlez, Rosa de Cárcamo, Germán Igor, Godofredo Hodgers, Manuel Serrano, Nelly de Verdugo, Aída de Gutiérrez, Oscar Verdugo y el doctor Alejandro Gutiérrez. Una verdadera pléyade de gentes de fina procedencia y valor social, que se constituían en el alma y motor de los primeros arrebatos de progreso. Eran las ánimas de los días claros, las sugerentes presencias de los espíritus visionarios, que luego de unas tres décadas serían capaces de trasladarnos en el espacio a las buenas obras realizadas. Algo se movía ya en esos lejanos tiempos, una turbulencia extraña que convocaba a la acción, esa que se iba desprendiendo de alguna forma misteriosa desde el mismo corazón de las primeras agrupaciones de habitantes. Para eso existía la estancia, y los que estaban ahí, en medio del extraordinario tráfago de la vida y la producción, creo que ni cuenta se dieron del enorme caudal de trascendencia que descendía de cada uno de sus actos y actitudes.

Finalmente, la contratapa del atractivo flyer ofrecía una visión rotunda del programa completo de celebración, acompañado por el símbolo máximo de la estancia: tres círculos concéntricos que encerraban la letra A mayúscula, los recordados marcarruedas, comentados seres invencibles en los lances futboleros dirigidos por el inglés Puppo Landusch.

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