Llanquín siempre regresa
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 28-10-2013



La primera Llanquín que se instaló en las tierras del Ñadis fue una madre soltera llamada Faustina que partió desde Conales hasta llegar al valle del Colonia embarcada en una lanchita de los ingleses junto a sus cuatro retoños.

El segundo fue su hermano, que llegaría mucho después, cuando todos en la aldea supieron que Clodomiro Llanquín,  el padre de los hijos de Faustina, era su propio hermano. Faustina venía viajando a Los Ñadis porque pensaban establecer una familia con él, pero un accidente durante el zarpe en Puerto Montt provocó que se perdieran y del padre de sus hijos nada se supiera nunca.

Al llegar con sus hijos al lugar luego de viajar catorce días a caballo, la mujer ideó por sí misma la estructura de su vivienda y edificaciones y en algo más de dos meses ya había levantado una choza de astillones parados y embarrados con techo pajizo, pilotes de varas de coigüe y hasta dejado madera lista para hacer una cocina a fuegón con piso de tierra. A veinte metros de la casa había dos corrales de encierre de palo rollizo con cercos de varones de tepú y un corralito para caballos con cerco de cajón, dejando para el otoño el levantamiento de un galpón de techo tabla ruberoid para sus ovejas.

Recién dos meses después se dio cuenta que había enflaquecido de tanto trabajo.  Por eso, cuando logró terminar pensó dedicarse a la labranza, a ver si los porotos, el tabaco, las coles y el fruteral daban por el suelo con su demacramiento.

En eso se hallaba cuando una mañana de lluvia inusitada conoció a Bartolo Pilquimán, a quien hizo desmontar y desensillarse para tomar unos amargos y de quien se enamoró perdidamente, tanto, que comenzó a crecer maleza a la entrada de la casa y a andar con la cara sucia los niños por ahí. Pilquimán era argentino y viudo, tenía un hijo ausente y era experto en ganado, justo lo que la Faustina necesitaba para empezar a levantar los corrales y meter ahí dentro sus setenticuatro ovejas antes de que llegara el invierno. Pero cuando Bartolo le fue explicando que había mil quinientas reses de su propiedad y que el galpón tenía que medir el doble de lo pensado, a la Faustina se le entró el habla y sintió que le aumentaba su amor por él, más aún cuando escuchó de su boca que traería ciento treinta caballos, setenta chivas y veintiséis vacunos.

Al día siguiente la mujer se levantó más temprano que de costumbre y ensilló su caballo para pedirle prestadas dos yuntas con carros a su vecino Chodil, y esa misma  noche todos sentados a la luz de los chonchones, planificaron un viaje a la Argentina.

Lo que no sabía Faustina Llanquín era que su hermano Clodomiro Llanquín Coñiflí la estaba buscando en Puerto Aysén y había recorrido durante una semana el pueblo y preguntado en cuanta taberna, lenocinio, hotel o vecindario a ver si alguien la conocía o la había visto por ahí. A todos les decía que se habían perdido en Puerto Montt en el verano de 1918 al abandonar el barco para comprar papel de arroz. Cuando quiso regresar, el embarcadero ya estaba vacío y no había nadie. Después supo que esa noche nadie escuchó el pitazo de zarpe porque había caído un pájaro por el cañón vertical del silbato y el mecanismo se había trabado. Por eso Llanquín se quedó abajo y perdió todo contacto con su gente.

Los años pasaron y lentamente a la Faustina se le fue borrando la imagen del padre de sus hijos, hasta que cayó en la cuenta que era mejor olvidarlo, alzar la frente y pensar que lo único que podía hacer para que nadie se muriera de hambre era trabajar.

Pilquimán iba tizando a los bueyes por la ruta plana que endilgaba hacia el paso del Coyte y a su lado gritaban alborozados Arturo e Ismael que ya habían cumplido dieciséis y dieciocho años. Veinte metros más atrás la Faustina iba sentada al pértigo con la caña larga sobre el yugo escuchando las risas de la Julia y la Sofía. El rancho había quedado prácticamente tapiado y los animales a cargo de Antidoro, un muchacho solo, pariente de sus vecinos. Esa parte estaba controlada y Faustina confiaba en que todo saldría tal como lo había planificado.  De vez en cuando levantaba el brazo para saludar a su nuevo hombre y también a sus chicos que no dejaban de gritar y reir, alborozados por el viaje.

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