El libro de los trabajos de verano de 1970
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 06-11-2013


Lo que croniqué el mes pasado sobre los trabajos de verano de 1970 por setenta estudiantes de todas las carreras de la Universidad Católica de Valparaíso, me dejó pensando en varias cosas. Hoy, en días tristes en torno a juventudes que no leen porque no saben y que derraman palabrotas al aire en la vía pública porque saben, me parece inconcebible. Digno de la miseria intelectual que nos envuelve. Es muy malo que no se sumerjan los creativos de todas estas universidades pagadas que existen, a fin de lograr un consenso unánime para el fomento de la cultura. Para no ponerme tan docto ni petulante y para no herir susceptibilidades, quiero motivar a un centenar de estudiantes de las Ues para que en verano vayan a exponer el arte que dominan a las pequeñas ciudades chilenas y, de paso, aprovechen de investigar esos pueblos y sus culturas y gentes para engrosar publicaciones y monografías a las propias bibliotecas de donde provienen. Y dictar ellos mismos charlas en las plazas de otros pueblos y otros y otros… He enviado 11 cartas a rectores.

Me sorprendía ayer cuando cerraba el último párrafo de mi columna, por la gran capacidad que tuvieron los timoneles de estos trabajos de la UCV en 1970, ese gigante Leonidas Emilfork con su poder inconfundible y una clara tendencia política. Y el soberbio autor de Aysén del Mar, Ignacio Balcells, poeta y arquitecto, el que treinta años más tarde vendría a maravillarnos con su libro “Aysén, carta del Mar Nuevo”, sobre la fundación de una ciudad eterna en el litoral y que incluso le alcanzó el tiempo para asombrarnos sobre el viaje poético del padre García Alsué a través de los mares australes.

Todos ellos sólo ganadores, tremendos e invencibles en medio del mar cultural lleno de designios. Es difícil ganar en medio de un enjambre de incomprensibles. Es jodido ganar así, como si en el balance del destello no ocurriera nada, y la verdad absoluta o la belleza virginal que cae desde la obra, rebotara en el vacío, sin respuesta, sin pena. Sin gloria. Sin interlocutores. Aquí en Aysén sucede eso hace tiempo. Pero casi nadie se da cuenta porque el conversar y el dialogar depende de los fundamentos de un papel aprendido de memoria.

Aquí casi todos piensan que la cultura es un montón de periodistas que remecen a la opinión pública cubriendo una noticia que aparece por obra y gracia de una invitación fría y lejana sobre una tarjeta que se cae a pedazos. Una noticia que no es, pero que todos aclaman. Autores que no son pero que pasan de contrabando como eximios músicos o creadores, escritores que no guardan las distancias, pintores que desentonan, artesanos que no emocionan. Creo que aún no pasamos en Aysén de esta etapa del arte del silabario. Pero los medios se empecinan en seguir diciéndonos que estamos tan bien y que aquí existen tremendos creadores. No es cierto.

Eso es el correcto resultado de recibir un chubasco de lo que me dejaron estos monstruos de Ritoque y de Ciudad del Mar Nuevo, que llegaron en 1970 y emprendieron un viaje con setenta universitarios asignándoles responsabilidades técnicas, cada cual en lo suyo, frente a una organización de campanillas. Al final queda un libro escrito con letra de arquitecto, como si fueran moldes de rapidograph o mecanorma, divino como un juego de acertijos, con poderosos placeres poéticos encima de los elementos técnicos y con el contrapunto de una historia contextual que permanece de principio a fin. Sin embargo, hay serios errores de redacción y ortografía que nadie en su momento criticó, tal vez porque la misión obnubiló a la inmediatez y se fueron diluyendo las formas porque venció la inmensidad del acto poético. Les invito a verlo. Lo tengo aquí en mi librería del centro de la ciudad, en el Paseo Peatonal. Vengan a hojearlo y a comentarlo. Un docto, lego y entendido en esto, me confesó sin yo conocerlo a él, que yo era poseedor de un tesoro que se ha valorizado con el tiempo. Ese libro que usted tiene ahí, está costando cerca del millón de pesos, sobrado de cariño, me dijo, ante mis atónitos ojos.

Hay un abatimiento demasiado absurdo cuando comienzan esos estudiantes de los trabajos de verano a entrar con gruesas dificultades hasta los principales puntos poblados de la provincia, enfrascados en su terapia cultural santiaguinesca y obnubilados por el ferviente presencial de un extranjero que llega de improviso a hacerse cargo de todos los problemas y a ser considerado como rey en medio de la gleba. Ese paso cansino de los jóvenes quijotes que entraron aquí en grupos de cuatro por entre el litoral, las selvas, los páramos y llanuras, terminó por convertir esta aventura de un trabajo de verano en una verdadera epopeya sin ruido que hizo que algo cambiara en lo cotidiano y fundamental de la pobre provincia de Aysén de aquellos años. Parecía en verdad una delegación de gente de todas partes, de todas las carreras a los cuales se les asignó diversas funciones y se les agrupó según áreas de conocimiento e interés, según pericias naturales y espontáneas. Lo mejor es que yo estaba ahí y en todo momento creí que ellos venían de vacaciones instituidas, igual que los trabajos de verano, pensaba, adonde cierta vez, hace un par de años antes, me habían invitado a mí también. Debo haber estado muy enfrascado en mis asuntos académicos que en ningún momento me dí cuenta de la enorme trascendencia que esto tenía entonces. Hoy sigo hojeando el libro, que es el resultado y el informe de aquel tan poético-científico acto de integración de un estudiantado que parece que ya se ha reunido con el tiempo para analizar lo que sucedió por única vez en la historia de sus vidas. Recuerdo a cinco de ellos, grandes compañeros de aulas, y otras amigas de las que recuerdo haber estado enamorado. Balcells aparece un mi obra Memorial de la Patagonia que editó Ril Editores, con su figura cada vez más enaltecida. En cada hoja del libro amarillento donde quedó registrada esa experiencia lejana, se desgaja una comuna de nuestra tierra. Maravilloso cometido.

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