Don Ciro
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 07-11-2013


Febrero de 1931. Cada vez que me encuentro con esa fecha, recuerdo la hazaña de llegar a considerar aquel año como uno de los más prolíficos en logros y en impulsos para que esta provincia se siente sobre el concepto del progreso. Pero no a costa de las ordenanzas, reglamentos o decretos. Porque toda la vida que se estaba pensando dependía a ultranza del proceder de los integrantes de cada comunidad. De esos vecinos excelsos de antes. Sólo así se iba a echar a andar esta maravillosa aventura de creación de los destinos de Aysén. Por eso la fecha me suena a encadenamiento, atadura, compromiso y, desde luego, evocación y mensaje que llama a una bien pensada búsqueda de bienestar generalizado. Veamos por qué.

En primer lugar, aquellos que se la jugaron en aquellos años no buscaban como se busca ahora la vana ostentación. Sería ridículo pensar que en medio de una batalla a muerte contra las carencias quedara tiempo para semejante barbaridad. ¿Quién estuvo a la cabeza? El pomposo pero humildemente inteligente Ciro Arredondo Lillo. Nada de alarde ni egolatría, ninguna presunción y cero gallardía.

Eso es por una parte.

Un cronista de aquel tiempo tan oscuro y tan extremadamente fosco y montaraz, se dejaba caer a las anchas páginas amarillentas del periódico aysenino para declarar los primeros grandes avances relacionados con las obras públicas de algo que comenzaba a parecer una ciudad. Se solazaba por la entrega de cómodos escaños en la plaza 21 de Mayo del pueblito. Había una segunda plaza llamada Juan Vicuña, que estaba frente al muelle de la Sociedad Industrial y que permanecía dotada de amplios jardines y profusas plantaciones del más variopinto y profuso vegetal y sembradío, con jardines espléndidos a cuyo centro se piensa construir un sólido monolito al gran Almirante Enrique Simpson en honor al resultado feliz de sus exploraciones.

Venía llegando un informe de Vialidad y Caminos acerca de la creación y entrega de calles para el incipiente poblado. Y las noticias no eran del todo malas, ya que a pesar de subsistir el problema de los grandes troncos de coigües sobre las recientes calles ya entregadas, se había impartido a los jefes de obras que comiencen las labores de destronque a la brevedad posible. Porque después de sacarlos se avocarían casi de inmediato a las tareas de emparejado, nivelado y ripiadura.

La verdad es que, aunque el lector se muestre reticente a aceptarlo, no sólo se pretendían solucionar problemas inmediatos y visibles a corta distancia, sino, además, ir al encuentro de analizar en qué pie se encontraba la actividad turística. Es que el activo alcalde no había obviado aquel detalle, sabiendo de qué tipo de paisaje estaba dotado el pueblo y sus alrededores, una fecundidad de formas, colores, agrupaciones de accidentes naturales, playas, cascadas, lagunas, bosques, colores y formas de un prodigio sin igual. Era preocupación de don Ciro ya que había recibido muchos reclamos de visitantes nacionales y extranjeros, debiendo comunicar estos detalles directamente al Ministerio de Fomento. Bueno, lo único que se le ocurrió pedir fue una lancha para paseo de los turistas, muy ávidos de conocer y disfrutar de las bellezas naturales más naturales del planeta. Les hacía ver a los comerciantes hoteleros un importante acercamiento hacia ellos en señal de que pretenderían hacer mucho más llevadera la aventura de conocer Aysén. Esto suena a algo así como que los propietarios se encuentran levantando una casa y en pleno fragor del sueño de la construcción aparecen 4 de sus mejores amigos y se instalan en medio de la construcción a jugar truco y a tomar cerveza.

Don Ciro era así, inquebrantable y dueño de su amor propio, salvaje hacedor de obras en el naciente territorio de los imposibles. Leí en el libro blanquizaulino de Eusebio Ibar cuando me encontraba en la UC de Valparaíso, que este gentilhombre instaló una carpa en medio de la plaza y mandó diseñar un cartelito que decía Se necesita empleada. Se compran nacionales.

El era regordete, tanto, que la cabeza parecía hundírsele sobre los hombros y el cuello desaparecía. Era de los antiguos radicales y masones, gran conversador y carcajeador, habituado a las reuniones de todo tipo, le gustaban las gentes, los contactos, las muchedumbres y la parafernalia de la política. A ello se sumaba su callada afición por la guitarra y sus amigos hablaban muy bien de aquellas artes de sobremesa, cuando en medio de la consabida embriaguez y contentura post cenas nocturnas, entonaba aires de valses y tonadas con gran pasión. Como en su juventud había sido cadete militar, le gustaba el mar. Y pronto, tal como lo mostramos en una linda foto de una de nuestras revistas, escogió irse a vivir a una casona elegante en río Los Palos, cerca de la gran capital. Su carpa de la plaza era sagrada y se sentía orgulloso de ella. Colgaban sables y pistolas desde lo alto y nunca dejó de guardar ahí los caudales municipales, en un gesto que pinta el estado de paz y armonía que caracterizaba antes las primeras ciudades, expuestas a las manos ajenas que para entonces no estaban ni habían llegado.

Bueno, fue un alcalde ejemplar y casi vitalicio. Ocupó el sillón alcaldicio durante veinte años, planificando, construyendo, levantando, ideando el centro cívico que después admiraríamos con proliferación de servicios públicos en edificios muy bien construidos, casi todos arrasados por el fuego implacable.

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