El camino Aysén-Coyhaique, antes y durante
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 28-03-2017

Cuando la recóndita primera etapa de la construcción del tramo caminero que une Coyhaique con Puerto Aysén fue entregada definitivamente a los usuarios, ya habían pasado cerca de 75 años. Fue una etapa penosa y lenta, como casi todo lo que ocurre en nuestros lares. El tramo no parece que hubiera costado tanto hacerlo, pero en verdad, costó ese tiempo. Y no era la carpeta de hormigón que se conoce en la actualidad sino un trecho de compactación ripiosa llena de ojos de agua constantemente ahí, de tal manera que ir avanzando por esos miles de hoyos era lo que había, con esperadas consecuencias, un avance tedioso y soporífero, sobre todo en invierno, cuando la lluvia duraba esas largas 3 horas con diez minutos de 65 kilómetros de recorrido entre un punto a otro en condiciones normales.

El año 1901 fue para nuestros pocos primeros habitantes de entonces, en su mayoría funcionarios contratados o a trato, una ocasión de máximo esplendor, ya que la Comisión de Límites vino a instalarse por todas partes en las cercanías de lo que iba a ser el puerto, al igual que por acá, donde los bosques y los cañales era todo lo que se veía. Y vinieron con todo, avocados oficialmente a lograr comenzar la construcción de la primera apertura de una especie de senda. Algo era algo para los tiempos que corrían.

Las fotos que me acompañan en formato digital son de Raúl Rabah y me inspiran para escribir esto porque trazan con una grandiosa fuerza todos los detalles de aquellas primeras aperturas, sobre todo en faenas de despeje y destrucción del entorno para ir colocando envaralados encima de las tembladeras y mallines naturales, las paradillas de los fieros trabajadores en actitudes relajadas con inmensos cuchillos en sus manos atacando los asados parados en plena selva, o los desolados refugios de las cuadrillas de camino mientras un grupo de unos cuarenta hombres se encuentra esperando la paga de su jornal en medio de la potente furia de una naturaleza desatada.

Uno se pregunta entonces con qué amor se tomarían esas fotos el año de 1901 en esta parte del mundo. Y hay amenaza de locura y estupefacción por la imposibilidad de responderse la interrogante, una especie de doblez de autoprotección del paisaje y de la historia, que se niega a revelar un secreto contenido.

Se estaban delineando los límites territoriales y para que el delegado de su Majestad Británica pudiese transitar por estos parajes, había que por lo menos hacerlo avanzar unos 50 kilómetros por entre la selva, buscando situaciones definidas por las cartas presentadas por la comisión en un asunto que nunca dejó de presentar profundos trazos de formalidad. La gente de la Comisión de Límites vendría en una fecha próxima a descubrir los transectos delimitadores que se albergaban en medio de las pocas mesetas despejadas del lugar. Tres meses pasarían para lograrlo, por lo que en marzo de 1901, aquella fácil y diminuta senda de penetración para jinetes estaba medianamente despejada hasta las inmediaciones de la pampa del río Coyhaique, vale decir la friolera de unos sesenta kilómetros, algo relativamente fácil y rápido considerando que era una senda para transitarla a caballo. Por algo se debía empezar y aquella apertura se transformaría en la primera vez que una huella unió dos futuros poblados. Cabe señalar que en las inmediaciones de lo que serían estos pueblos se esmeraron los diseñadores en ensanchar un poco más este insólito camino, y hasta pudieron construir puentecitos y refugios para las cuadrillas de camineros. Menuda obra.

En verdad se trataba de trabajos planificados de acuerdo a propósitos formales de inversiones estatales a plenitud relacionadas con los caminos, algo que a la larga sería el más importante primer beneficio tendiente a crear núcleos poblacionales y de producción. Pero fue sólo por ese motivo: para permitir el paso del delegado de Su Majestad en misión oficial. Una vez cumplido el cometido y cuando se retiró de aquella ínclita comisión, se acabó todo y el camino se quedó como 28 años completamente dormido.

Durante esos largos años, la senda prestó servicios casi invisiblemente a aquellos que se atrevían a desembarcar en medio del lluvioso molo principal del puerto y si encontraban alojo podían descansar en lo que fuera, para recuperar fuerzas y organizar un raid por esa senda de jinetes recién abierta, rumbo a la Argentina, despachándose aquellos más de 60 kilómetros en unos cuatro días, esperar cruzar las selvas y cañales de la Pampa del Corral, continuar por el Valle Simpson, El Blanco, llegar a lo que era entonces Balmaceda y respirar tranquilos cuando desensillaban en la Estancia Huemules de Lago Blanco, donde se consideraban a salvo y comunicados con la civilización y, desde luego, por la posibilidad de integrar cuadrillas de esquiladores en estancias argentinas.

Lo que viene después parece historia conocida, ya que se trata de la instalación en estos territorios de la Compañía Ganadera en lugares bien definidos y cuyo único rol para entonces consistió en organizar lo mejor posible un negocio que les había salido a pedir de boca, al lograr el arrendamiento por una cantidad de varios años de gigantescos territorios aptos para la ganadería a gran escala, debiendo cumplir con el Estado chileno especiales condiciones.

En fin, la senda estaba construida, al menos abierta y funcionando, y lo que iba a ocurrir después es que la misma Compañía Ganadera conocida oficialmente como Sociedad Industrial del Áysen, así con tilde en a, se encargaría, como parte de las condiciones contractuales, de ensanchar, arreglar y acondicionar una senda para jinetes, convirtiéndola en un camino más grandecito para el paso de dos vehículos, pero no solamente en el tramo ése de 65 kilómetros que correspondía a la unión entre Coyhaique y Aysén, sino también a Coyhaique Alto y Ñirehuao, a Valle Simpson y Huemules, a Balmaceda. Permítanme decirlo de una vez, a los lugares estratégicos donde ellos mismos tendrían que trabajar el acarreo y la comercialización de animales y bolsones laneros, tanto en carretas como en camiones después, ya que el trato de arrendamiento hizo que se grabaran entre ambas partes reconocidas conveniencias mutuas. Un negocio redondo para ambos.

Desde que tengo memoria, cuando empezaron mis trabajos de recopilación y de entrevistas, casi todos los testimonios referidos a caminos y huellas hablaron de la contratación de 500 hombres para trabajar la huella. Tengo entendido que en el caso de este pre-camino, la historia volverá a repetirse y parece que 500 representa un número que prevalecerá como cantidad de hombres necesaria para la organización de estos dificultosos trabajos colectivos. Y es porque en dos años de trabajos ininterrumpidos, la angosta senda se transformó en un camino ensanchado en una primera etapa, un airoso camino un poco más parejo de lo que estaba, mucho más ancho para permitir el encuentro y el paso fácil entre dos vehículos, dos carretas o dos carros. Y a eso se le agregó un minucioso trabajo de zanjamiento, con alcántaras laterales, para lograr escurrir con eficiencia las aguas lluvias y hasta algunos desagües muy difíciles. Por ahí comenzaron a usarse en la trama de la carpeta algunas piezas de ciprés superpuestas sobre zonas mallinosas y blandas que todos llamaron envaralados, copia feliz de la usanza chilota con terrenos plagados de ciénagas y marismas. No faltaron nunca en aquellos momentos de tensas y ruidosas tronaduras de rocas que hacían volar bandadas de aves por doquier.

Además de eso, pronto en lugares estratégicos del camino comenzaron a aparecer construcciones de madera de dos o más aguas destinadas a covachas para alojar a la multitud de obreros o simplemente lugares de refugio y de calefacción para relajar los cuerpos cansados o ateridos y lograr una especie de integración social en medio del tráfago de la actividad incesante. Hubo de esas construcciones en los altos de Baguales, Correntoso y El Balseo y, desde luego en el primer puerto del territorio denominado Dun en honor a don John Dun, especie de primer administrador de puertos que se constituyó en la bahía y que se encargó de conducir estratégicamente faenas de carguíos y cabotajes del lugar, en una historia que merece un lugar especial en estas nuevas crónicas.

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