Las fatídicas alturas del Farellón
Oscar Aleuy Rojas, Colaborador - 08-05-2017

Las maravillosas escenas de las fotografías en sepia de don Raúl Rabah nos acercan sorpresivamente a varios sitios por donde suben Los Caracoles, casi todos ellos provistos de mágicos ingredientes para conocer el miedo sin estar ahí. Estamos en 1928 y en verdad eso es así, se trata de una cuesta infernal llena de vericuetos que provoca instantes de terror con sólo ponerse a pensar en ella con sus cortes a pique, sus bardas cubiertas de cañaverales, cientos de rocas que han caído en las laderas y se han ido depositando en el lecho del río, y ese insignificante accidente caminero, el angosto camino que más bien parece un hilillo conductor hacia el terror y el desconcierto. De la historia y de las anécdotas de El Farellón, me lo he pasado escribiendo mucho en esta página. Pero lo de hoy nunca lo he dicho y quiero que me acompañen. Pero bien atados y en silencio, porque cualquier cosa puede suceder si nos descuidamos.

La huella abierta por la Comisión de Límites en 1901 debería haber sido sólo una senda transitoria pensada para que un árbitro de su Majestad Británica se abriera paso por ahí hasta llegar a internarse hacia unas partes específicas demarcadas para conocer territorios limítrofes. Esa misma huella, con el paso del tiempo, ha crecido y las cosas han cambiado, ya no se observan sólo jinetes y caminantes por ahí, ahora hay caravanas de carretas de bueyes con importantes carguíos de lana y también piños de miles de ovejas avanzando con torido de perros ovejeros. Esta coyuntura caminera está ubicada exactamente entre los kilómetros 52 y 53 del tramo Aysén Coyhaique, aunque en ese tiempo Coyhaique sólo existía como río y las obras de horadación y construcción recién estaba empezando, se había contratado un centenar de hombres a toda prueba, valientes y expertos y todo parecía bien encaminado, sobre todo tratándose de tronaduras y despeje de arboledas.

En forma preliminar se había creado el territorio de Aysén por decreto Ley del 28 de Enero de 1928, lo que también parece ser la fecha de fundación del puerto principal. Entonces, dadas así las cosas, todo está bien para empezar los trabajos del camino, que esta vez será una obra de Estado, con aportes fiscales, lo cual queda demostrado al asumir Marchant la Intendencia en Julio del mismo año, manifestando que la obra prioritaria de su período será la construcción del camino, para lo cual nombra a Juan Fernández Reyes como Ingeniero Provincial. Todo parecía estar normal, pero una enorme inundación con crecimiento de niveles de agua y riadas formidables debería dejar sin efecto las buenas intenciones de la primera autoridad. El camino vuelve a quedar intransitable y deben esperar a que pase el invierno. Fernández sugiere tener paciencia hasta Noviembre, cuando se ponga nuevamente el camino activo. Por ahora se podrán imaginar lo que sucedió entonces con los carguíos de lana de la Compañía, y me da la impresión de que alguna ruta fronteriza debería haberse abierto entonces y pienso en El Coyte.

Nuevamente vienen hombres contratados del norte, y esta vez serán setecientos. Una vez más vuelvo atrás, cuando empezaban mis programas radiales y mis viejos entrevistados se destaparon cuando les dieron tema, algo que nunca en años nadie les preguntó jamás y es por eso que el programa prendió tanto por la radio. Y hay una voz que me dijo: Nosotros cuando llegamos aquí, vinimos setecientos hombres. Se llamaba Isaías Gómez Cheún, uno de esos barreteros a combo que me lo contó todo, con pelos y señales.

Rápidamente se crean campamentos cerca de las obras y comienzan lentamente a efectuarse los primeros trabajos de horadación y despeje mientras los poderes centrales en Puerto Aysén hacen lo imposible para conseguir materiales y elementos de perforación industrial, una dotación vehicular potente, máquinas excavadoras, palas, combos, barretas, ropa de trabajo. Y a Marchant no se le olvidaría el importante detalle: la construcción de un puente colgante sobre el río Mañihuales en el Balseo del kilómetro 20, lo que haría abandonar por completo el peligroso cruce en balsa de camiones y toda clase de vehículos tanto motorizados como de tracción animal.

Recién en 1936 se inauguraría esta obra con la presencia de mucha gente de los alrededores y vecinos y jinetes de todas partes del territorio. En plena época estival los agradecidos ciudadanos agradecieron el inmenso esfuerzo de los valientes barreteros del norte y desde luego no olvidaron a sus propias autoridades de gobierno. Sería el profesor de la Escuela de Valle Simpson Arturo González que ese día de Febrero pronunciaría un sensible discurso.

Fueron seis largos años para llegar a eso, según me cuenta Gómez Cheún, gritando de entusiasmo, porque debían subir a la roca, y estar colgados ahí todo el día, haciendo horadaciones para colocar los explosivos y arrancar lejos. Primero horadaban y luego otro grupo se encargaba de las detonaciones y cuando éstas ocurrían, en medio del alto vuelo de la roca pulverizada, la faena se daba por terminada en una nueva fase, yéndose todos los hombres rápidamente a celebrar a la posada de Ramón Montero, un hombrecito con olfato comercial que cuando se vinieron estos grupos no lo pensó dos veces, hizo de su rancha una posada, colocó mesones y abrió cancha para que eso sea una cantina, fue al pueblo, compró licores espirituosos y garrafas de pipeño y abrió el mejor negocio de su vida.

Algunos cronistas del pasado publicaron secretos desconocidos de esta obra, cuyo propósito se vio claramente interrumpido por malos manejos de los fondos fiscales por parte de algunos administrativos relacionados con el Ministerio encargado de las obras. Simplemente fueron algunos contratistas que se hicieron humo, llevándose gran parte de los dineros destinados al pago de los trabajadores, un escándalo a ojos vista que fue motivo de una escandalera territorial de alto nivel. Por tal motivo, no fue tan extraño que las obras nuevamente se paralizaran por un tiempo más o menos largo, mientras duraban las investigaciones y los trámites legales en la Corte de Apelaciones de Llanquihue, de quien dependía la jurisdicción de Aysén. Una vez superado esto y aclarados los motivos y los culpables, se supo finalmente que uno de los trabajadores estafados fue a cobrarle lo que le correspondía a uno de los contratistas que se había ido a vivir a Ecuador. Y parece que le fue bien porque regresó pronto y contó todo.

Y lo último. Aparte de la rancha de Montero convertida en posada y lugar libidinoso, pasaba por esos lados un hombre joven y dicharachero llamado Nicasio Gallardo, el que se dedicó por mucho tiempo a venderle licor y toda clase de licores a prácticamente la gran mayoría de aquellos 700 hombres. Y tenía un sistema exclusivo mediante la anotación en una libreta de los fiados. De ese modo los hombres no pagaban lo que consumían hasta la próxima paga de fin de mes. El método era demasiado bueno y todos estaban conformes, por lo que los burros y pilcheros del muchacho eran motivo de grandes y variados comentarios por verse constantemente cargados de botellas y garrafas. Algo que en ese tiempo estaba permitido, sobre todo en el campo.

Así se llevó a cabo una obra de largos seis años, con gente trabajadora y de piel dura que exponía su vida día a día colgada de las rocas del Farellón, tanto dinamiteros, como barreteros y carretilleros sentían la misma sensación de que con el tiempo esta obra sería muy útil para las comunidades. El mismo viejo Isaías tenía una convicción ciega cuando se vino a trabajar, de que esta sería la obra más importante de su vida.

Qué lástima que no tuvimos acceso a los contratos de esta gente, para efectuar una pesquisa acerca de quiénes eran, cómo se llamaban, de dónde venían y cuál era su función. Hubiera sido lindo tomar esos 700 nombres y de alguna forma lograr reunir fondos para una placa de bronce al lado del Puente El Moro, como un testimonio de su valentía y un reconocimiento a lo mucho que hicieron para las generaciones venideras. Al menos presto la idea para que en algún momento de esta larga concatenación de años acumulados por nuestra historia a alguien del año 2200 se le pueda ocurrir llevar a efecto la idea. ¿Por qué no?

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