Jonathan Calixto
Francisco Mardones Pino, Periodista - 15-11-2017

“Todos los sacrificios que uno hace valen la pena”, dice hoy Verónica Lepio, mamá de Jonathan Calixto.

Hace diez años, Verónica, su esposo Francisco y sus hijos llegaron a Puerto Aysén, provenientes desde Melinka en busca de una oportunidad para Jonathan, quien presenta una hipoacusia aguda, es decir, es sordo. En ese entonces, Jonathan tenía 12 años y manejaba señas básicas para comunicarse con sus padres, pero iba muy atrasado en términos escolares. En las Guaitecas no había un sistema de integración escolar y nadie en la isla manejaba lengua de señas, ni siquiera algo básico.

Así llegaron, literalmente, a golpear las puertas de muchas escuelas y colegios de Puerto Aysén sin que ninguna de esas puertas se abriera con una oportunidad.

Verónica cuenta que cuando vivían en Melinka “logramos contactar a un caballero que ya falleció (Adolfo Guerrero) que iba una vez al mes allá a enseñarnos las señas en la casa. Lo conocimos porque el hijo de él trabajó en el Programa Puente de Chile Solidario y nos contactó y nos contó que su papá era sordo. Nos ayudaba por ir a enseñarnos no más. Me decía que le pusiera a todos los muebles el nombre y le enseñara las señas de cada cosa. Después, cuando no pudo ir nos enviaba tareas con su hijo”.

REPORTAJE JONATHAN-1
Francisco Calixto y Verónica Lepio, padres de Jonathan

 

“Después decidimos con mi esposo venirnos para acá, para que él (Jonathan) pudiera seguir estudiando. Era difícil, sobre todo para mí como mamá, porque uno se inventa las señas y se comunica, pero en el colegio es diferente, porque no le entienden”, agrega.

Verónica reconoce que ese cambio “no fue fácil, porque acá tampoco se conocía la lengua de señas. En esos años no, no había nada. En todos los colegios nos decían que no, porque no se conocía eso y nos decían que era una enfermedad, no lo conocían como una discapacidad”.

La familia conoció en carne propia por el desconocimiento, la desconfianza, el temor y las pocas ganas de querer ayudar de muchas personas. Los sentimientos de frustración se intensificaron en la familia, pues justo cuando llegaron a Puerto Aysén, en la ciudad se conocía el lamentable caso de un joven sordo que había violado a su mamá. “Mi esposo se agarró de ese caso y fue a hablar con el alcalde Oscar Catalán y le dijo: ‘Yo no quiero eso para mi hijo el día de mañana'”.

Francisco Calixto, padre de Jonathan relata parte de esa conversación con el alcalde: “Quizás esa mamá cuánto habrá intentado por que su niño fuera al colegio y le cerraron las puertas. Le dije que yo vine de Melinka para darle una educación a él, sea como sea tiene el derecho de estudiar como cualquier otro niño. Ahí el alcalde prometió ir a hablar al colegio para que permitieran que Jonathan estudie. Ahí se abrió la puerta”.

Verónica dice que “lo enviaron a la Escuela Litoral Austral y el director dijo que lo iban a recibir porque estaba la orden de hacerlo, pero no por querer enseñarle”. Pese a ese rechazo inicial, la familia ya había logrado el primer objetivo. “Ya estaba adentro. Yo no estaba tranquilo de tenerlo encerrado acá en la casa, como si estuviera preso -dice Francisco-. En el colegio iban a haber más niños y de a poco se iba a ir adaptando”.

Esos primeros años en la escuela Litoral Austral tampoco fueron fáciles. Verónica recuerda que “ahí nos apoyamos harto en la profesora diferencial, Daniela. Ella empezó a aprender señas y se metió un poco más en el tema. Postulamos a proyectos particulares para que viniera una persona a enseñarnos señas. Como el colegio no lo pidió y postulamos nosotros de manera particular. Venía una niña a enseñarnos señas pero a mi casa. Terminó el proyecto y la niña se fue, pero nos dejó el aprendizaje a nosotros y un poco a la profesora diferencial”.

La misma profesora diferencial lo acompañó en su cambio al Colegio San José de Puerto Aysén, donde cursó los últimos dos años de enseñanza básica. “Ahí fue más complicado. Ahí sufrió harto”, dice su mamá.

Hoy, a varios años de esos malos momentos, Verónica recuerda, reflexiona, siente rabia por todas las cosas que debió pasar, pero prefiere no quedarse con eso. “Mi hijo fue tan despreciado y humillado, porque los colegios lo humillaron, los compañeros del Liceo San José. Le hicieron bullying, lo encerraban en las duchas con agua fría. Todas esas cosas las sufrió por no poder comunicarse, no poder acusar a nadie en esos dos años”.

Su papá agrega que “sus compañeros hacían maldades y lo dejaban a él con las cosas en la mano y lo castigaban a él. Todas esas cosas hemos pasado y no nos rendimos”.

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Jonathan Calixto, comunicándose mediante señas

Un cambio radical

Cuando Jonathan salió de octavo básico debió enfrentarse a una decisión compleja. Su profesora diferencial debió renunciar al Colegio San José por problemas administrativos y, de esa manera, perdía el principal apoyo académico que había tenido desde su llegada a Puerto Aysén.

En ese establecimiento no había ninguna posibilidad de apoyarlo con lengua de señas y la opción que quedaba, el Liceo Politécnico, no satisfacía a la familia. “Yo no quería -dice Verónica-, porque uno veía que tenía mala fama ese liceo y uno lo mira desde afuera por los comentarios que hacen las personas. Entonces vinieron funcionarios de Junaeb que fiscalizaban su avance escolar. Ahí una de esas personas me dijo que en el San José no lo veía bien y que lo sacara de ahí y que lo lleváramos al Politécnico o a Coyhaique”.

“Quizás para el ciego hay muchas mas posibilidades, para el que anda con muletas o en silla de ruedas, pero para un sordo no”, Verónica Lepio

Sin embargo, y pese a la negativa inicial, en el Liceo Politécnico se abrieron muchas puertas para Jonathan. “Ahí empezó una nueva vida para Jonathan, porque conseguimos un intérprete que lo ayudó de primero a cuarto medio (Rodrigo Reyes). Ahí despegó todo y se fue para arriba Jonathan y él le fue enseñando a todos lo importante que eran las señas”, recuerda su mamá.

Durante los cuatro años tuvo un buen proceso de aprendizaje, apoyado por el intérprete en casi todos los procesos educativos, y buenas notas. Estudió la especialidad de mecánica automotriz, lo que le permite aprender un oficio que pudiera desempeñar sin tanta dificultad de comunicación.

“Nosotros con que sacara su cuarto medio técnico estábamos más que pagados-asegura Verónica-, pero él dijo que quería seguir estudiando y quería estudiar odontología y no quedó. Quedaba mecánica como única opción y decidió seguir. Ahí llegó la persona de Junaeb y vino a ofrecerme que Jonathan postule a proyectos Sence para que saque sus herramientas de trabajo y pueda trabajar en su casa. Jonathan dijo que en ese momento prefería seguir estudiando. La encargada de Junaeb me dijo que mi hijo iba a fracasar y se iba a frustrar, que era mejor que se quedara con lo que ya tenía (enseñanza media). ‘Si tu lo llevas a Inacap, allá es todo mucho más rápido y tu hijo es lento para aprender muchas cosas. Se va a frustrar, se va a enfermar y le puede dar depresión. En ese lugar va a ir a dar la hora’, me dijo. Yo le respondí que si no hubiera tenido fe no hubiera llegado donde estoy y sé que mi hijo va a llegar más allá, aunque no va a ser fácil. Yo me la voy a jugar, porque soy su mamá. Le dije que el día en que mi hijo salga con su título se lo voy a ir a mostrar y me respondió que me iba a estar esperando”.

Un esperanzador presente

Quienes mejor pueden dar fe del buen proceso de aprendizaje, integración e inclusión que ha protagonizado Jonathan Calixto, son quienes siguen ese proceso educativo.

Por un lado, desde Senadis siguen muy de cerca su progreso, pues Jonathan postuló al Plan de Apoyo para Estudiantes de Senadis, un programa que le permite costear el trabajo de una intérprete que le ayuda en las asignaturas que cursa en la carrera de Técnico en Mecánica Automotriz en Sistemas Electrónicos, en Inacap Coyhaique.

Soledad Salas es la monitora del Plan de Apoyo para Estudiantes de Senadis al que postuló Jonathan y, como tal, debe evaluar su progreso. La profesional no tiene dudas: “Cuando recibimos las primeras notas, para nosotros fue motivo de orgullo por ser el primer proyecto y con este joven tan empeñoso”.

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Soledad Salas, funcionaria de Senadis, monitora del Plan de Apoyo para Estudiantes

Según cuenta Soledad, cuando Jonathan a pedir ayuda a Senadis, “su mamá nos contó todo lo que había pasado Jonathan en el colegio, desde pequeño, nos contó que recibía el apoyo del programa de integración de la escuela y el Liceo Politécnico, pero para continuar estudios en la educación superior no existen apoyos que entreguen las mismas instituciones académicas”.

“Para nosotros era un desafío porque, en mi caso, soy la supervisora del proyecto desde Senadis y manejo lengua de señas muy básico. No es tan habitual que vengan personas sordas a la oficina, entonces me permitió comunicarme con él. Pero era un desafío porque no sabíamos qué íbamos a lograr de todo el proceso y teníamos hartas dudas, porque no maneja muy bien la lectura y la escritura, pero rápidamente se adaptó a todo el contexto académico, tuvo buena llegada con los profesores y ha aprendido todos los contenidos”, dice la funcionaria de Senadis.

Ella admite, viendo este y muchos otros casos de personas con discapacidad, que todos estos logros no se consiguen de la noche a la mañana. “La familia de Jonathan ha permitido que sea tan empeñoso. Es un chico muy agradable, se nota bastante motivado y comprometido y tiene sus ideas bien claras. Siempre se ha mostrado muy claro en que quiere terminar su carrera”, dice.

Soledad Salas insiste en ese punto cuando afirma que “nos llama mucho la atención, en el caso de Jonathan, su compromiso y permanencia en este proceso. Sabemos que desde muy niños (las personas con discapacidad) tienen que enfrentarse a muchas barreras, pero él ha seguido adelante. Eso nos facilita el trabajo, porque vemos que los recursos se están entregando a alguien que les va a sacar provecho y nosotros lo apoyamos con su proceso de inclusión”.

En Inacap ya está terminando su cuarto y último semestre. Solo le resta realizar su práctica para comenzar a trabajar. El director del Área Mecánica de Inacap, Mario Pérez, es también profesor de Jonathan. Él lo observa en el día a día y puede dar fe de sus avances.

“Cuando entró empezó con un poco de desconfianza, pero hoy está adaptado completamente, circula por la sede comunicándose con sus compañeros, con los profesores, aparentemente si ningún problema. En el ámbito académico ha sido una muy buena adaptación, es una persona que se esfuerza día a día. Para las personas que se esfuerzan día a día no hay límites, siempre puedes avanzar en la vida. Las asignaturas que le costaron más en un principio fueron las más teóricas, pero con el apoyo de los docentes y las reuniones que tuvimos para abordar el tema fue evolucionando perfectamente. No tiene ningún ramo reprobado en los dos años. Está en el cuarto semestre a punto de salir y seguramente va a aprobar todos los ramos, mejor incluso que alumnos que tienen todas las capacidades”, reconoce el docente.

En Inacap, recibir a Jonathan tampoco fue un trabajo fácil. Significó un esfuerzo extra por parte de los profesores del área para adaptarse a las necesidades de Jonathan. “Fue un desafío porque no habíamos tenido en el área mecánica ningún alumno con hipoacusia. En principio hicimos un plan de trabajo especial para Jonathan, lo abordamos con distintos puestos de trabajo de la sede, como la asesora pedagógica, el asistente de apoyo pedagógico, yo como director de carrera y todo el equipo de docentes, haciendo reuniones semanales, después mensuales, pero reuniones en las que llegáramos a concretar un plan de trabajo especial. Ha sido un reto en el que hemos salido adelante, muy motivados. El principal desafío es lograr que el profesor pueda transferir los conocimientos por medio de imágenes, señas, etc. Porque los profesores no estaban acostumbrados a usar este tipo de lenguaje. La disposición siempre estuvo desde el primer día, pero según se va avanzando, los profesores vamos viendo ese avance favorable y vas creciendo y logrando que él se pueda adaptar bien”.

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Mario Pérez, director del Área Mecánica de Inacap

 

Esa justamente es la principal fuente de satisfacción para los profesores. Ver que el esfuerzo tiene buenos frutos en las notas de Jonathan y en su proceso formativo.

Esto, le augura un futuro muy normal a este joven, según comenta el profesor Mario Pérez: “Jonathan se puede adaptar al mundo laboral como casi cualquier otra persona que esté preparada para egresar. Él es muy hábil en la parte práctica, donde se desempeña perfectamente y puede desempeñar cualquier trabajo. Puede desmontar un motor, resolver problemas como cualquier otro alumno, y mejor que otros. Como digo, se esfuerza mas que otros, por lo tanto es mejor que otros. De hecho, se refleja en sus notas”.

Durante la entrevista, el profesor le entrega un mensaje, con Jonathan presente y una intérprete al lado, que “no tiene que tener miedo. Simplemente afrontar la vida según va viviendo, ser uno más y triunfar”.

Lo mismo piensa Soledad Salas, de Senadis: “No va a ser complicado que él pueda encontrar un trabajo y desempeñarse una vez saliendo de sus estudios. Jonathan puede ser un buen ejemplo para otros jóvenes, tanto para otros sordos como para quienes no presentan ninguna discapacidad”.

Verónica recuerda cuando salieron de Melinka, hace diez años, y resume todo este proceso diciendo que “como papás nos pusimos desafíos, pero no ha sido fácil. Hasta aquí estamos bien, siempre hemos llevado a Dios por delante y nos ha abierto las puertas. Donde ha llegado Jonathan… cuándo íbamos a pensarlo nosotros. Dios ha puesto a mucha gente en nuestra vida que nos han ayudado y gracias a eso ha podido salir adelante. Años atrás yo no lo veía realizado, pero ahora sí. Espero con ansias ese día que él salga de Inacap con algo técnico”.

También espera que este aprendizaje no solo de Jonathan, sino de todas las instituciones y personas que lo han ayudado en este proceso, siga reforzándose en el tiempo: “Hay mucha gente sorda adulta que ni siquiera sabe su nombre. Han estado encerradas toda la vida en sus casas. Quizás para el ciego hay muchas mas posibilidades, para el que anda con muletas o en silla de ruedas, pero para un sordo no. Él ha ayudado a abrir las puertas a otras personas sordas y logró romper la barrera que había”.

Aquí, Jonathan nos cuenta una parte de esta historia:

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