Solo creer
Rodrigo de los Reyes Recabarren, Abogado - 08-09-2018

Un día cualquiera, como puede serlo cualquier día, alguien me preguntó si era creyente. Además me pidió que compartiera mi experiencia. La Fe siempre ha existido en mi vida y en mi entorno. Como cualquier joven inquieto –me refiero a los de mi generación- hubo un momento en que abracé las ideas existencialistas, influido por las lecturas de Sören Kierkegaard, Jean Paul Sartre, Albert Camus. Sin embargo fue Sartre y su inolvidable  “La Náusea” un sello en mis pensamientos.

El contexto histórico de mi adolescencia potenció un “ateísmo militante”, pero más de forma que de fondo, pues siempre estuvo presente la gran pregunta sobre la existencia de Dios y mi relación con él. En la Universidad descubrí el marxismo científico como un método de interpretación de la realidad y fue un gran descubrimiento. ¡Se los puedo asegurar! Ingresé a militar en un movimiento de izquierda, bastante radicalizado, y mis inquietudes sobre la fe se fueron resolviendo en forma muy ideologizada y racional. En esa época, a los jóvenes de mi generación nos movilizaba una postura ética frente a la injusticia y desigualdad social. En ese Movimiento la mayoría tenía una formación intelectual ortodoxa y habían resuelto su relación con Dios y con la religión. Al menos eso decían. Dios y la religión, dos conceptos distintos pero que tienden a confundirse.

A pesar de lo riguroso de la formación intelectual y política que recibíamos, del imperativo ético, existía en mí algo que no era político ni ideológico, que me convocaba a entregar todo, a sentir en carne propia el dolor ajeno. No tardé en darme cuenta que eran los valores cristianos que había recibido en mi infancia, de mi primer colegio, mis primeros maestros. Mis padres nos dieron siempre una libertad de credos, siendo ellos católicos. Es en esa etapa libre de dogmas, estructuras religiosas e “intermediarios” que los valores cristianos se expresaron con mucha fuerza. De ahí en adelante no cuestioné más sentir esa expresión “creyente” y resolví convivir con ella, la fui integrando en plenitud a mi vida diaria. 

Fue en un encuentro  sobre  el pensamiento Latinoamericano, en Montevideo, cuando conversé largo con un cura venezolano y le conté que tenía estas dos vertientes: la cristiana y la científica izquierdista. Vives, que era su apellido, me aconsejó que viviera mi fe en forma libre. Al regresar a Chile y constatar el fracaso y derrota de un modelo de sociedad que prometía el cielo en la Tierra, escribí un poema “Elegía Para el Hombre que Regresa”.

El poema cuenta de una persona que vuelve a su Patria después de haber vivido muchos años fuera de ella. Ese personaje reúne las cosas que traía en su equipaje con las que había dejado cuando tuvo que partir. Junta todo y enciende un fuego. Debajo de un gran árbol y sentado cerca de un arroyo miró las llamas que se elevaban. Creencias, convicciones, sueños, fracasos y victorias, dogmas y muchos episodios. Todo ardía iluminando la noche y opacando las estrellas. Al final, el personaje se acerca y comienza, con cuidado, a remover las cenizas. Lo único que encuentra son los valores cristianos, aquellos valores habían permanecido intactos. 

Me han dicho muchas veces, representantes de distintas religiones, que no basta con creer, que hay que educar la fe. Puede que sea así. Pero mi fe es personal y directa. Solo creo, con el corazón. Será una fe rudimentaria, sin pulir, pero es fe. Es mi fe.

El Divisadero TV
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