Seguimos luchando por verdad y justicia
Elías Muñoz Oyarzo, Colaborador/Columnista - 10-09-2018

El New York Times reveló que el gobierno de Donald Trump planeó junto a militares venezolanos derrocar a Nicolás Maduro. Finalmente, los funcionarios estadounidenses decidieron “no ayudar” porque uno de los golpistas estaba involucrado “en una amplia gama de graves crímenes”. Es la historia de las intervenciones del imperialismo en Latinoamérica. Algunas más secretas que otras. No lo sabremos nosotros.

Parece un deja vu de la historia, esa extraña sensación de haber vivido un acontecimiento antes. Hace unos 50 años ocurrió lo mismo en Chile, claro que allí Estados Unidos con Richard Nixon a la cabeza, intervino de todas las formas posibles e imaginables, para precipitar el golpe de estado, cívico-militar. Desde el control de los medios de comunicación, hasta “hacer chillar la economía”, pasando por ayudas económicas a ciertos grupos para que éstos colaboraran con el derrocamiento del gobierno constitucional de Salvador Allende. 

Al recordar los 45 años de ese hecho sangriento para el país, parece volver una asonada de impunidad sobre los crímenes, la relativización de los derechos humanos y la justificación del golpe. Si en los noventa la excusa era “yo no supe o no sabía”, hoy ha cambiado a “el contexto lo explica” o “hay que mirar la situación general del país”. De algún modo un sector de la sociedad, quiere buscar una explicación antojadiza y por añadidura la justificación, a los horrores cometidos. 

Y es que no hay contexto alguno que justifique tal nivel de violencia demencial y por lo tanto nunca será un argumento válido para los que creemos en la condición del hombre y sus derechos inalienables. 

Chile debe entender la diferencia entre un asesino común, un delincuente ocasional y los criminales de lesa humanidad, como son los que tenemos en las cárceles 5 estrellas, que por cierto nunca han demostrado arrepentimiento, ni menos han colaborado con la justicia, dos requisitos esenciales para obtener algún beneficio carcelario. Un violador de derechos humanos atenta contra la condición del hombre en su totalidad, por lo que sus delitos son imprescriptibles. No se trata de misericordia, piedad o compasión, para eso están las iglesias y religiones. Se trata de delitos que rebajan la condición humana y que, por lo tanto, a sus perpetradores, los convierte en criminales que afectan a toda la humanidad. Tienen un efecto social y ético sobre la sociedad en su conjunto. Si no convenimos en eso, estamos destinados a relativizar los crímenes, la injusticia y, por ende, justificar las violaciones de los DD.HH.

A 45 años del golpe, las víctimas de los derechos humanos siguen buscando a sus muertos y desaparecidos, muchos se han ido de este mundo sin conocer su paradero, ni menos la justicia. 

Hay que reiterar nunca se ha tratado de venganza, sino de justicia. Es bueno reconocer esto, porque es fácil y simplón pensar que son lo mismo.

Este 11 de septiembre es una fecha simbólica para todos aquellos que están por decirle no al negacionismo, que solidarizan con las víctimas del terrorismo de estado y que entienden que gran parte de nuestros problemas actuales dieron inicio en esa fecha sangrienta.

Sin duda seguimos luchando por verdad y justicia. A lo cual habría que agregar la memoria y la democracia.

Nadie podrá robar la memoria y la sangre de los miles que cayeron combatiendo en dictadura y que dieron su vida por la soberanía popular. Ese sueño sigue vigente en Chile, Latinoamérica y el mundo.

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