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La vida y la obra de Emilio Pualuán Pualuán
Redacción, Diario El Divisadero - 08-01-2013


En medio de las sublimes imágenes de los cedros, en pleno área de los montes Shouf, en el norte del Líbano, vino al mundo  un día 17 de Septiembre de 1900 el recordado hombre público y comerciante de Puerto Aysén don Emilio Pualuán Pualuán. Era hijo de Naphan y Latifa y sólo permaneció 8 años en sus montañas natales, hasta venirse a Chile y nacionalizarse. Su grupo familiar se instaló en Osorno y a sugerencia de su padre, en un clima de profundo respeto, se le fue inculcando el trabajo de los números y los cálculos aritméticos, hasta incluso querer congraciarse con sus padres y estudiar la carrera de Contador Comercial. Aunque era un acatamiento de su familia, a él siempre le llamó la atención el mundo de la creación literaria y esa inclinación natural le hizo abandonar el colegio cuando se encontraba cursando el 5º Año de Humanidades, desechando una formación académica sólo para dedicarse a estar bien consigo mismo y manteniendo una vida armónica con los suyos. 

Emilio vivió sus tiempos de estudiante profundamente alejado del materialismo y de la realidad, llenándose de metáforas y ficciones sus pensamientos y agradándole el universo inasible de sus convicciones literarias. Era sublime para él enfrentarse cotidianamente al mundo desde el cedazo espiritual del alma, esa vena inusual que sólo se trae del oriente, en medio de los cedros y las puestas de sol de las arenas libanesas. Por eso, en medio de los afanes liceanos, siempre estuvo al lado de las letras, construyendo armazones de reflexión profunda junto a sus maestros iniciales Eduardo Ide, director de La Prensa de Osorno, y esos grandes mentores de escuela y consejeros espirituales, Florín Yáñez y Arturo Mutizal, éste último, Director de la Escuela Normal de Chillán.

La vida transcurrió feliz en Osorno, constituida ya en su segunda ciudad. Cuando tenía 15 años, falleció su padre, fecha en que optó por trasladarse a Vilcún y luego a San Patricio.

Uno de sus parientes, Manuel Pualuán, le facilitó entonces un pequeño capital para iniciarse en el mundo de los negocios. Fue así que un 29 de Octubre de 1923, Emilio recibió la suma de mil cien pesos en efectivo con un interés del 1% mensual. Sin embargo, su padre había dejado deudas impagas, por lo que se cree que dicho dinero lo destinó a pagar dichas deudas, contraídas con la Liga Comercial de Valdivia.

Tenía conocidos y contactos, cultivaba profundas amistades, le tenían confianza sus amigos, creían en él, confiaban en sus virtudes espirituales pero además, lo consideraban un genio para los negocios. No pasó mucho tiempo cuando uno de esos amigos llamado Farman Güenín se acercó a él para proponerle una sociedad comercial. Era el 18 de Enero de 1927 y explotarían el ramo de tiendas, paquetería y abarrotes, un rubro muy común para los tiempos que corrían. La firma se llamó F.Güenín y Compañía y operó en el pueblo de San Patricio, que entre paréntesis, también albergaba a los libaneses Aleuy, la tierra donde nació mi padre Oscar. Se veían venir buenos tiempos para Pualuán, ya que su negocio marchó bien desde un principio, reportándoles grandes satisfacciones a ambos socios, y dejando tiempo para que su vena literaria se manifestara espontáneamente. Comenzó a escribir entonces. Primero en “La Mañana” de Temuco, periódico dirigido por Orlando Masson. Más tarde sería corresponsal en “El Diario Austral” entre 1924 y 1928. Le llamó la displicencia y la bohemia del Perú y viajó. Por un tiempo largo trabajó en “La Revista Semanal” de Lima, previo pago de una libra semanal. Luego de un año y medio regresaría a Chile, yéndose adonde unos parientes Pualuán que tenían grandes tiendas en Concepción. Aprovecho de escribir crónicas en el diario “El Sur” y también en otro llamado “La Patria”. Pero aquí sucedió lo que le marcaría para siempre, ya que la firma Pualuán Hermanos de Concepción vendía a Aysén y compraba en Aysén. Fue la oportunidad para el joven Emilio, que fue solicitado para representarlos en la península aisenina.

Llegó en los primeros meses de 1931, siendo su primer amigo aisenino el periodista Lidio González Márquez, director y propietario de “El Aysén”, donde inmediatamente el libanés se puso a escribir. Paralelamente levantó junto a otros de sus paisanos el Centro Arabe, al año siguiente. Firmaron cerca de 200 socios, de los cuales el 90% eran chilenos.

Pronto contrajo matrimonio con Lidia Holmberg en 1934, engendrando 3 hijos, Boris, Edgar y Liliana. Fue genial, prolífico, un diplomático del puerto, entre las limitaciones y la sinrazón de la vida casi primitiva. Por fotos sabemos de su condición de bienhechor y constante creativo para que el poblado saliera adelante.

No perdió para nada el tiempo, perteneciendo a una y mil instituciones y agrupaciones, la Liga de Estudiantes Pobres, el Cuerpo de Bomberos, el Deportivo Lord Cochrane, el Rotary Club, la Asociación de Comerciantes y Productores, la Junta de Beneficencia Escolar, el Centro Arabe, Colonias Escolares, Club de Tiro Baquedano, la Cruz Roja, el Club Aérero, el Club de Amigos del Liceo, el Centro de Cultura, el Círculo de Periodistas, comité Pro Liceo.

Publicó libros “Sollozos y Carcajadas”, “Recopilaciones”, “Los Flechazos de Cupido”. Algunas veces lo leo en los diarios viejos del puerto con su seudónimo Emiluán. Conducía un programa radial en Radio Aysén.

Murió en Puerto Aysén, hay fotos de un funeral inolvidable. Sus restos descansan en el cementerio local.

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