¿Quién era Felipe Westhoff Rodhius?
Redacción, Diario El Divisadero - 28-07-2012

Felipe Westhoff Rodhius no fue un alemán más de esos tantos que dieron que hablar en nuestra historia aisenina. Fue el primer teutón que se pobló como habitante oficial del territorio, en circunstancias en que se había logrado establecer la primera división administrativa de la provincia, incorporándose el sector de Melinka, pequeño asentamiento fundado por él mismo en 1860, cuando requería con urgencia de un centro de operaciones para establecer las bases de un sólido negocio: el del ciprés.

Al publicar esta semblanza uno de sus más asiduos seguidores de esta cadena de descubrimientos familiares, me escribió, con una amabilidad difícil de encontrar en estas cerriles y vastas patagonias, aduciendo que esta historia ya estaba hecha y deslizándome la idea de que no sigan escribiendo más cosas, y no corrigiéndome más que ciertos términos muy generales.  El se llama Peter Hans Westhoff  y es un alemán viviendo desde hace más de 40 años en España, tal vez el único que posee toda la documentación y las fuentes necesarias para confirmar que esta familia viene de la zona llamada Mark, más concretamente de la pequeña ciudad de Echthausen (hoy parte de Werl, en la Westfalia Alemana. El primero en el amplio árbol genealógico es Heinrich Christoph von Echthausen Westhoff en 1492 y la rama más importante es la de Bernhard der Juengere (1611) quien sostiene todas las ramas de los Westhoff actuales en Alemania, Holanda, Rumanía, España y Chile, aunque no hay que dejar de buscar también en otros países.

La verdadera razón para que este germano vigoroso entrara a este ejercicio fue obra del azar. En efecto, encontrándose en Perú en calidad de trabajador de la empresa de Ferrocarriles, fue encomendado para buscar y comprar madera especialmente destinada a la construcción de durmientes. Su viaje a Chile le hizo llegar al sector de Las Guaitecas, donde existía una dedicación exclusiva a la explotación de este producto llamado el ciprés, con esenciales características de ser una especie que produce una madera blanco-amarillenta resistente y durable, liviana, aromática, algo nudosa, apta para carpintería y mueblería que también puede utilizarse en fabricación de postes, rodrigones de viñas y para pilares de muelles, por su gran resistencia a la humedad. Este era el punto, pues el ciprés de Las Guaitecas era el mejor del mundo y todos quienes entendían verdaderamente el oficio lo tenían como la materia prima perfecta. Cuando el apasionado Westhoff llegó a descubrir este verdadero tesoro para el cumplimiento de sus propósitos, no lo pensó dos veces y se quedó mucho tiempo merodeando por las islas hasta definir qué haría en verdad. Y lo que hizo lo convirtió en hombre de fortuna, produciéndose entonces un perceptible viraje en sus planes al decidir regresar a Perú para presentar la renuncia y venirse definitivamente a Aysén a prepararse para ser rico. No sólo explotó la madera para efectuar inmensos cargamentos a Puerto Montt sino que, además, se dedicó a complementar el trabajo ofreciendo servicios de corte de estacas y a la extracción planificada de guano y aceite, a la confección de finas pieles y al ahumado de pescado, con una consignada flota de veleros y chalupones que cumplieron destacadas misiones comerciales entre dos provincias.

El hecho que haya renunciado al cargo en el país vecino no le impidió mantener conexiones de despachador de durmientes, lo que comenzó a cumplir en forma periódica, pero ahora en calidad de empresario nacional. En esos tiempos se estaba completando el histórico tramo de Callao a Lima y le solicitaron a Westhoff que desde su propio ya posicionado imperio comercial, les apoyara. Suponemos que las historias son poco duraderas. Don Felipe, ya consolidada su fortuna de muchos años, y llegado el momento de retirarse, se fue a enseñar como maestro a Valdivia, y en ese intertanto el negocio del ciprés quedó paralizado y diríase vacante. Sin embargo, no pasarían muchos meses cuando un chilote feroz, de esos valientes y descuidados descendientes de huilliches se quedó observando un día a bordo de una chalana la inmensa boscosidad de ciprés cordillera arriba de las islas. Aquel sería el segundo integrante de esta cadena industrial de los inicios. Se llamaba Ciriaco Alvarez, era chonchino y logró el imponente apelativo de El Rey del Ciprés, nombre con que se conocía hasta nuestros días. El río Alvarez, que era su centro de operaciones, lleva el nombre de este recio chilote.

Fue tal la intensidad que le imprimió a sus trabajos de explotación de las maderas del ciprés que su nombre quedó maquinalmente señalado como el de un elegido. Contrató muchísima mano de obra chilote durante los años que le correspondió trabajar, y su espíritu más extrovertido que su anterior colega teutón, le hizo gritar a los cuatro puntos cardinales que él era el rey.  Tal como su antecesor, don Ciriaco se dedicó a negocios prósperos que eran complementarios al de la madera, como la explotación de miles de manzanos en la costa del río y la profusión maravillosa de lanchones, balandras y bajeles que le daban sentido a su prolífica existencia. La anécdota más comentada es la que le protagonizó con el mismísimo Presidente Jorge Montt, cuando éste llegó en misión oficial a Puerto Aysén, logrando ambos encontrarse en un afectuoso tete a tete. Fue entonces cuando, al preguntarle el presidente quién era él, Alvarez con mucho orgullo sentenció: La Compañía será la Reina de las Ovejas, pero a mí siempre me conocerán como el Rey del Ciprés.

Lo anterior no significa de ningún modo que haya sido el rey. Ya sabemos que hubo grandes y originales dignidades para aquel teutón que dio el primer paso para la explotación del negocio. Es justo afirmar entonces que ambos gozan de méritos de sobra para ser considerados sin ambages como los reyes del ciprés de Las Guaitecas.

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