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Llegaron los Bravo… (continuación.)

Viernes 8 de Enero del 2010

 

Corría el año 1928 cuando cumplía funciones el subdelegado Lanas, que era un mayor del ejército ya retirado y de quien muchos deben acordarse por su figura jovial y dinámica a pesar de sus años. Esta inolvidable autoridad pueblera necesitaba con urgencia saber quién podía asumir la labor de reparto de correspondencia entre un poblado a otro, considerando que la única forma posible era a través del caballo. Como don Moisés ya había tenido entreveros con su hijo en el sentido de que debía ganarse la vida fuera del grupo familiar, no lo pensó dos veces y le sugirió a Lanas tomarlo como valijero, un oficio demasiado común para la época que se vivía y cuyo mayor mérito era el reparto de la correspondencia entre correos ubicados en puntos estratégicos del área poblacional, cada uno encargado de un jefe postal o estafeta. Fue entonces que surgió el nombre del primer valijero oficial del territorio de Aysén, octubre del año 1928, contratado por el subdelegado Lanas y de nombre Daniel Bravo Sáez.

El contrato estipulaba un sueldo de $250 mensuales y un trabajo a caballo con repuesto o recambio de cabalgadura cada ciertos kilómetros. Los primeros viajes fueron el tramo Balmaceda a Coyhaique una vez a la semana y Balmaceda a Puerto Ibáñez uno cada 15 días. A veces se juntaban los dos correos un mismo día, entonces don Daniel recurría a dos amigos, el argentino Julio Torres y Remigio Segundo Aravena, chileno, que reemplazaban a Bravo en el viaje a Ibáñez. Cinco años permanecería el gaucho Bravo a cargo de estos trayectos, para lo cual contaba con dos caballos, el monturero y el destinado a llevar la correspondencia. En Baquedano se encontraba la jefa de los valijeros, doña Victoria Travotic Catalán, en la misma primera casa bruja de Juan Carrasco ubicada en la costa del río Simpson, casi al juntarse con el otro, el Coyhaique,  entregando a cada uno diferentes bolsones con cartas o reembolsos postales llegados desde diversos puntos para ser entregados en Aysén. El trayecto a Puerto Aysén lo cumplía Manuel Valenzuela y el de Balmaceda, Valle Simpson e Ibáñez, Daniel Bravo. Recordó el viejo Daniel que la firma que él usaba en el momento de la entrevista es la misma que le había enseñado a escribir doña Victoria siendo él aún analfabeto y durante esos difíciles tiempos de su oficio de valijero. En la casa de Delfín Jara, pleno Valle Simpson, funcionada el correo a cargo de la estafeta Celia García y también la profesora Emilia Jaña, que hacía funcionar otro tramo. En Balmaceda, la estafetera era la señora de Ramón Laibe, mientras que en Puerto Ibáñez cumplía esas funciones la señora Herminia, esposa de Jalil Amado.

Una de las mayores responsabilidades que le tocó cumplir a este valiente chasqui de los caminos imposibles fue entregar los sueldos para los carabineros que laboraban en los retenes de Ibáñez, Valle Simpson y Balmaceda, cumpliendo sin errores su importante cometido. Nos cuenta al oído que siempre como valijero debió estar preparado para afrontar los peligros de quienes asechaban eternamente en los caminos, ya sea animales salvajes o forajidos. Para eso, jamás se olvidaba de su arma de servicio, un impresionante revólver Colt Caballito 3220 caño largo, un arma argentina que le entregó personalmente el subdelegado Lanas en Balmaceda.

En agosto de 1933, durante una larga entrega, fue acosado por una intensa nevazón en la cual estuvo a punto de perder la vida., siendo ayudado por bondadosos gendarmes que andaban por ahí inspeccionando. Luego de superar aquel duro percance en el Portezuelo cercano a la frontera, decidió abandonar para siempre su trabajo de chasqui, renunciando formalmente al cargo que le había formalizado el subdelegado Lanas por intermedio de su padre Moisés.

Las imágenes desfilan por los ojos del anciano Bravo, y parecen sumirle en un profundo sueño respetuoso y consagrado, un puñado de vivencias que entran y salen por su espíritu, ahora que él está muerto y que no volverá a encontrarse con la casa de sus juegos infantiles, de la partera Dumecilda, de Juan Bautista Silva, la casa blanca de la orilla del río Oscuro, de los desfiles y las murgas, las carreras gauchas entre dos connotados parejeros, como la gran carrera aún insuperada, entre los fletes Nogalito de Juan Fernández y Tornasol de Federido Peede, la primera carrera larga de mil metros, que se corrió de donde está la población de los carabineros hacia arriba, con miles de asistentes entre argentinos y chilenos, capítulos que marcan huellas profundas de tradición balmacedina.

Por la sucia mesa de la cocina que aún recuerdan mis ojos, por ese desorden pleno de gauchos y hombres rudos, poco acostumbrados al orden, abrí y cerré la compuerta de esta cajita de las palabras que me sigue acompañando donde vaya, aunque hayan pasado 25 largos años. Fue la Balmaceda de los 80, cuando un sol tibio dejaba caer un viento frío y largo, como esa voz que ahora escucho y que me trae cantos del pasado envueltos en emociones amarradas a la estirpe pionera.

 

 

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