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La ciudad en la cual habitamos es nuestra casa grande, nuestro hábitat, nuestro entorno social y colectivo. Es también el espacio de todos, el lugar común donde desarrollamos nuestra vida, nuestras actividades laborales, donde nos encontramos con otros integrantes de la comunidad, donde forjamos ideales, donde aprendemos y en el que tenemos momentos de esparcimiento.
Es nuestra casa grande, compartida, donde la consideración a sus espacios, calles, plazas, edificios públicos o privados constituye, en el fondo, consideración a las personas. Asumir estos conceptos, como muchos otros, pasa por la educación, pero no por una educación formal, de materias, sino que corresponde a una efectiva educación cívica en la cual cada uno de nosotros debe asumir que tiene derechos, pero que también tiene obligaciones. Somos reiterativos en recordar, recalcar y exigir derechos.
Es sin duda importante tener conciencia de ellos, pues forman parte de nuestro patrimonio intangible, pero también es importante conocer y asumir nuestras obligaciones, obligaciones en nuestra condición de ciudadanos y en nuestra calidad de vecinos, de residentes de una comunidad concreta. El tema de los derechos y obligaciones generalmente se mantiene en un plano teórico, doctrinario, pero se olvida que también se trata de una cuestión de la vida diaria y es allí donde llegamos al respeto que debemos a la casa común que es la ciudad. Por ello, no entendemos los habituales actos vandálicos que sufre, por ejemplo, el mobiliario urbano, los muros de un inmueble público o privado, y muchas otras demostraciones de mediocridad que alarma.
Sin embargo, subyace una cuestión de fondo, una falla en nuestro sistema educacional que no insiste, como un contenido transversal, en el respeto en materias concretas como son los espacios públicos, como son los bienes privados. El discurso fácil proclama la falta de espacios de expresión para la juventud. Sin embargo, ese discurso no se detiene en destacar el respeto que la juventud debe tener al patrimonio social, a esa propiedad de todos que es la ciudad y su entorno, a los bienes públicos y privados que forman parte de ella.
Esta falla educacional no sólo se expresa en la repudiable destrucción de mobiliario urbano, también aparece en los rayados en propiedades; o en el destrozo de la señalización de tránsito, entre otras lamentables expresiones de vandalismo. Y cuando hablamos de omisiones en el proceso de formación de la juventud no podemos limitarnos sólo a programas, a profesores, también debemos señalar a los padres, quienes son los primeros educadores; en definitiva, al entorno más íntimo y próximo, la familia. Cuando todos esos actores del proceso formativo asuman realmente la tarea de inculcar el valor del respeto a niños y jóvenes, respeto por las personas y por sus bienes, habremos dado un paso importante en el desarrollo real de nuestra sociedad.