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¿Qué vamos a hacer con nuestro bosque nativo?

Jueves 25 de Febrero del 2010

La primera manifestación de gran incendio de bosques ocurrió en 1897, tres años antes de que se iniciara el siglo XX, cuando un equipo de exploración de Hans Steffen dejó por accidente una fogata sin apagar en las inmediaciones del cruce del río Mañihuales a la altura de Coyhaique Alto. Dicho foco descuidado causaría el primer incendio provocado con caracteres de dantesco, ya que se inició en las cercanías de  Punta El Monte, sector de Ñirehuao, y vino a recrudecer aquí en Alto Baguales, donde debe haber habido una selva tupida de quilantos, lengas y ñires que sucumbieron ante aquel arrollador avance del fuego. Pero no fue Steffen y su gente quienes provocaron esta primera tragedia sino los que estaban a cargo de la sección Fischer y Bronsard, facultados para prospectar dichos sectores.

Desde ese momento, la noticia del incendio (que duró dos meses) hizo que se estableciera un precedente favorable a las intenciones de los ganaderos espontáneos, aquellos que llegaban con miles de animales a ocuparse de territorios silvícolas y a los cuales el bosque les molestaba para sus pretensiones de pastoreo. Entonces se comenzaron a encender fuegos indiscriminados que provocaron la destrucción de grandes áreas en forma sistemática, confusa y descontrolada, especialmente al promediar la década del treinta y hasta fines de los años cincuenta, época en que se provocan la mayor cantidad de incendios sucesivos en una gigantesca área que comprende  el límite norte con Chiloé hasta la desembocadura del Baker por el sur. Se ha tildado de vándalos, irresponsables, ignorantes  y agresores del ecosistema a estos primeros habitantes de nuestra región, manteniendo por sobre sus intereses pecuniarios, la defensa del paisaje y lo apariencial. Eso confunde y atenta contra la uniformidad de la información. Insisto, otro cuento sería si los nobles propósitos de preservación de los bosques tuvieran un verdadero asidero promocional y seamos conocidos por ello en todo el mundo. Hasta ahora, los pioneros siguen teniendo la razón, porque su libertad era obra del azaroso determinismo, y su soledad y autodeterminación provenía de la nula presencia del Estado en una provincia que era como el water del patio posterior de Chile. Hoy tenemos nuestros bosques impolutos. ¿Y qué estamos haciendo con ellos? Los miramos, los mostramos, y nos enorgullecemos de ellos. Pero cuando divisamos cientos de vehículos vendiendo leña por nuestra calles, ¿no ha pensado usted que eso es algo parecido a un incendio legalizado de grandes proporciones? Entre 1920 y 1940 el territorio de Aysén ha sufrido el peor embate de su historia al quedar a merced de los incendios de bosques intencionales. Esta tenebrosa impronta de muerte y destrucción ha determinado que durante varias décadas se identificara la región por los pavorosos resultados de la quema indiscriminada  y de las débiles políticas de conservación de especies nativas de las administraciones centrales. Hasta mediados del siglo XX se habían quemado en Aysén un total de 2 millones 800 mil hectáreas, que corresponden a más del 50% de los bosques de lenga, que originalmente cubrían unas 5 millones de hectáreas. Como resultado de esta depredación cuencas completas como las del río Baker por ejemplo, Cisnes, Simpson, Erasmo y Emperador Guillermo, se convirtieron de la noche a la mañana en zonas de desertificación, arrastrando la erosión miles de toneladas de suelos, embancando ríos y lagos y generando una actividad agropecuaria pobre y marginal, denominada de subsistencia.

A principios del siglo XX Aysén podía ostentar el orgullo de sus bosques vírgenes intocados y casi sin destrucción palmaria, salvo los que circundaban el valle de Coyhaique que por motivos productivos habían sido ostensiblemente quemados para mantener la criancería de ovejas. Considerando la extrema necesidad de poblar cuanto antes el territorio de Aysén, el año 1028 se dictó una Ley de Colonización que pretendía reafirmar la soberanía en las zonas en conflicto con el país vecino de Argentina después del laudo arbitral de 1902. Entonces, numerosos compatriotas que vivían en Argentina fueron repatriados con sus familias y su hacienda

En el difícil y errado proceso de colonización concebido por las autoridades de la época, influyeron diversos factores como la pobreza y migración en busca de nuevas oportunidades (como el caso de los chilotes que se asentaron en Magallanes) o la reubicación de los damnificados por el terremoto de Chillán de 1939, como también la presión por nuevas tierras por parte de descendientes de alemanes de Llanquihue que se dirigieron a Aysén. También existieron presiones de inmigración extranjera, como las que pretendieron instalar colonias judías en Chiloé continental en los años 30, para lo cual la Caja de Colonización Agraria compró 17 grandes fundos con un total de 120 hectáreas, proyecto que fue abandonado por los propios inmigrantes.

Por lo anterior, se comprende lo erradas que estaban las políticas de colonización y lo insuficientes que resultaban toda clase de soluciones para ir adelante en el proceso ya comenzado.

El Estado nunca debió  entregar a colonos pobres tierras alejadas de los centros de consumo o sin infraestructura mínima para trasladar sus productos. Al contrario, éstos debieron haber recibido terrenos descampados, con poco bosque, o situados cerca de las vías de comunicación, carreteras o ferrocarriles y entregarles en concesión grandes extensiones de bosques a los capitalistas, los cuales podían contar con los implementos para enfrentar difíciles trabajos, efectuar instalaciones, edificar o trasladar enseres y productos, todo lo cual hubiera permitido una racionalización del manejo de los bosques para ser manejados con mentalidad mercantilista. 

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