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Se nos fue don Lucho

Lunes 18 de Febrero del 2013


Hoy, la radio señera está de luto, esa radio alegre y divertida, llena de mensajes para los campos, completamente activa y soñadora, la radio de la Olinda, de Gustavo, de Baldo, de Germán, de los Reales, de Verdugo Luengo, de Straussman, de Toto, de Valentín, de la señora Elena y de la tía Carmen que nos hacía cantar en los concursos infantiles.

Lucho nos dejó con el llanto instalado en lo más profundo, sin siquiera estar prevenidos ni formarnos una idea de lo que iríamos a sentir cuando se fuera. Su gente está ahora muy cerca, sus campesinos, sus paisanos, sus pueblos acariciados por rancheras mexicanas y mensajes desde muy  lejos. Ya no lo escucharemos a Lucho Ojeda, pero sí lo podremos evocar, sonriendo en la calle, abrazarnos de nuevo con él en medio de las veredas, siempre hablando de la arrinconada Antena de Aysén, las cortinas, los cables, transmisores, micrófonos, plus, extensiones, antenas, los Mensajes confundidos y colmados de muchedumbres, derecho por las selvas voraginosas, plenos de poderes y distancias.

Lucho se nos acabó de golpe, no le vi más subiendo los peldaños de sus oficinas ni formando frases lentas en medio de una mente ya cansada. ¿Por qué partiste tan rápido Lucho?

Por allá por fines de los 50 ya estaba preparado Luis Ojeda para irse atreviendo con sus amigos, grandes genios de los avatares electrónicos. Se había venido con esa parsimoniosa esperanza de formar una radio en Coyhaique, de arrancar por fin de su sitio los verdes brotes de las comunicaciones. Conoció campos, aldeanos lejanos, gente sola y aislada, se hizo amigo de los huasos, que de alguna forma eran parte de sus raíces sureñas. Cuando escribo esto, me acompañan el gatiao viejo y los criollos del taragüi, también mis papeles viejos de los diarios de antes, las voces cansadas de los abuelos y las imágenes de los programas que hasta hace poco aún sonaban en medio de una radio que ya no era.

Lucho se acabó de golpe, pero nos dejó tantos presentes, nos hizo conocer el aroma de los asados gauchos, de las maromas y los bastos, qué sé yo, tanta palabra sabia y tanta multitud de ideas siempre tarde a tarde agolpándose en sus labios, nos transformó con Necesito Ofrezco Solicito, nos hizo saltar como pajarillos de rama en rama por los follajes del tiempo, aún latiendo los dulces compases de Mantovani o Percy Faith y los conciertos de la hora de la siesta auspiciados por la Casa Sandra.

La radio emergió por las Oganas con cables extendidos en un tremendo trabajo hasta la plaza, donde la señal de Patagonia sonó por primera vez cuando despuntaban los sesentas. Los detalles fabulosos del deporte huaso en medio de las tranquillas y los capataces se escuchaban nítidos y agudísimos en el centro principal de la ciudad. Un primer paso para una radio que hoy ya no existe. En medio, Lucho con su pachorra y buen humor, el Lucho de los domingos en Carrera Corrida con López y Mundaca, los alma Mater de la idea, así como Juan Calzado lo fue del programa Necesito Ofrezco, o los mismos programas míos de gauchos enclavados en medio de los domingos en que todo el campesinado se esmeraba en buscarnos para identificarse con sus pioneros muertos.

Ya no será lo mismo sin Lucho, el hombre que se emocionaba cuando volvíamos atrás, el que nos mostraba victrolas y discos 78 y comentaba en mi programa la personalidad de tal o cual personaje, ese que nos llevaba a los pioneros y nos sacaba del centro para viajar hacia la senda maldita del invierno, a la palabra sabia encorvada y erecta sobre los matungos.

Como no pos Lucho, podría decirnos desde Alemania el Víctor del Coyhaique que se pierde. Como no pus Lucho, el arquitecto de las comunicaciones que hoy tiene a todo Aysén compungido. Pero a no lamentarlo, ya todos tendremos tiempo de encontrarnos.

Fue aquella tarde que me invitó a su casa a buscar fotos viejas, cuando me había ofrecido sus discos para tocarlos al aire, quién soy yo para aceptar eso, no pude aceptar su propuesta, me gané su corazón, nos ganamos ambos qué otra cosa me podría ganar si estando con él era como ganarlo todo.

Hasta la vista Lucho, que tu música vibre en las eternidades celestiales, donde se dan la mano el Norte y el Sur, las amargas vicisitudes y las excesivas felicidades. Adiós en la hora de tu muerte, mi querido amigo Luis Mohr, noticia que también me hiciste saber al presentarte en la puerta de mi librería aquella tarde en que corría viento frío. Entonces me dijiste que te habías cambiado el apellido. Aún así, siempre te miraremos como el Luis Ojeda de siempre, el entusiasta, el defensor de la tierra y de las distancias, el que nos regaló sonidos de radio cuando el silencio se nos metía profundo en la sangre patagona.

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