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¿Van hacia abajo en la tierra o son raíces que suben?
Carmen Gloria Parés Fuentes, Columnista - 11-08-2017

Más allá de las amistades y lealtades que una tiene con personas y con el terruño, y aunque no sea siempre recíproca la estimación y la valoración, el gesto “evaluador” y “crítico” no se me pasa con los años, y no pretendo que así sea. Al contrario, se agudizan los sentidos, dejan de tironear las pasiones y bajan o suben las expectativas de acuerdo al contexto y al ojo con que se mire lo que se mira. Hace años vivo en EL MIRADOR de Patricio Bañados, tengo la Ventana al Sur de Valdés en mi cabeza que es Alma, Corazón y Pan, porque como Mambrú, partí a la misma guerra, y no sé si vuelvo más.

Como todo el mundo, tengo mis propios gustos y límites literarios a pesar de ser bien ecléctica. Tengo autores “locales”, si se puede decir, que me parecen una gema auténtica y mientras menos trabajada y emperifollada, más bella es. Suelen ser los más callados y sencillas. Pienso en Sandra Bórquez Barroso o Bórquez Salas, no sé cómo va esa construcción hoy, que lanzó el 28 de Julio pasado por fin un libro que ella, doy fe, soñó e ideó muchos años. Y según lo que he visto y leído, la presentación estuvo a la altura de lo que ella es. Y me alegro, me alegro mucho, pues claramente Sandra Bórquez es un alma literaria especial. Es un vientre, es un corazón, es una artista que los años acompañan a favor, como el vino.

Siempre llevó conmigo el espíritu del bosque y de la soledad del bosque del Poeta Oxqueteaux, mi admiración y respeto por él y su letra solo crece. Me gustaría repetir esas cortas juntas que hacíamos en Chile Chico, la vibrante cúpula de los vientos, cuando bajaba yo de la barcaza auspiciada por PRODEMU e Idania Yáñez, otra poeta bajo perfil, a hacer esos breves talleres de poesía o de lo que fuere, SEÑORAS. Ahí nos juntábamos con León, ahí iba yo escribiendo Diario de un Piano de la Colección Pionera, libros y momentos de los que nadie habla mucho o nada porque pertenecen a un pasado pobre e idealista, lleno de voluntad y con poca astucia para los negocios, un pasado literario que nos unió y que fue como una partida de carrera. Algunos y algunas se lo tomaron más a pecho que otros y otras. Algunos escriben y editan y son identificados por el pueblo aisenino como escritores, como poetas, como escritoras. Algunos hicieron de esto una forma total de vivir. Se levantó la industria y se dejó de lado el complejo aisenino de vivir en Aisén para tratar de transitar de igual a igual con los iguales desiguales de las grandes urbes. Solo crecieron entonces las formas de los fantasmas, las astas de los molinos, la competencia cabal, la cincelada de los nombres en la piedra y el pantano, para algunos.

Fluyo en el ritmo de este vagón de hoy que hace chucu chucu al interior de la tierra. Vas Naranjo, llorado por toros poetas locales porque no lo editaba nadie en los 90’, en el 2000, ¡todavía no lo editan! Eso es algo que no entiendo de los antiguos poetas conspiradores, de los insignes escritores de la Trapananda, y de los no tan antiguos, de los que están en plena vigencia haciendo el SUMO. Quizá se ha convertido, o más bien, ha seguido siendo la causa que edita a los amigos y amigas de una forma condescendiente y una forma a la que le falta crítica y autocrítica. Quizá los árboles no dejan ver el bosque.

Quizá el populismo cultural y político se tomó la vida en serio allá, y todo el mundo es profundamente patagón y aisenina, y sabe de los problemas “especiales” que tiene la región, etc. etc. etc. Cosas que un poco sonrojan el espíritu de los antepasados.

Gente que era o quería ser experimental para pensar y escribir o más abierta al mundo, se quilantalizó con el correr de los años y al revés de lo esperado, ya no solo no ve con ojos críticos y patricidas la moda de Macondo como lo hizo Fuguet en los 90’, sino que terminó viviendo ahí mismo, como un castor que construye sus propia zona de seguridad a contrapelo para que nadie quite lo ganado, solo por estar ahí.

Veo árboles cuya sombra es el triple de su tamaño real y no dejan ver el bosque nuevo, ni siquiera el viejo. Veo que hay que buscar las raíces para teñirnos de ellas el alma. Las verdaderas raíces, ¡hasta donde llegan! ¿Van hacia abajo en la tierra o son raíces que suben?

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