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Palabras escritas en una muralla
Manuel Álvarez Lucero, Antropólogo - 12-09-2017

Las ramadas, fondas y chinganas tienen una larga historia en nuestro país, surgieron del pueblo mismo y siempre fueron populares, eran lugares donde se juntaba la familia a comer, beber y bailar, fueron denostadas por la elite y los burgueses de la época. Hoy en día a pesar del paso del tiempo, la tradición se mantiene, con sus matices y diferencias territoriales, las ramadas lo que menos tienen son ramas y se reducen a lugares cerrados. Lo importante es que exista una orquesta en vivo, que toque hasta el amanecer, donde bailen todos, sin importar quienes son, transpirando, gota a gota, bebiendo y ahí también aparecen más borrachos, los cuchillos y los celos pendencieros, que son parte también de esta historia.  

Ahora es el tiempo del  jolgorio, estamos de fiesta, se vienen los choripanes, el asado a la parrilla, como corresponde, el mote con huesillo, los alfajores con manjar casero, las empanadas de horno, el tinto y el blanco, la cerveza, el terremoto, el fuerte para la noche, y también los borrachos tirados en las calles.  

Algunos dicen que es todo eso que contiene la ilusión de que el esclavo es libre, es la tregua de la rutina de todos los días, el paréntesis en que todo vale, en que Dionisio anda suelto, mas encima por cuatro días, en que las fuerzas del orden hacen un poco la vista gorda cuando escuchan  - si no he tomado tanto mi cabo – es la fuerza simbólica de la fiesta popular, donde no importa endeudarse ni lo que pasará después, solo importa celebrar, junto a la familia y los amigos, que suenen las cumbias, la cueca y el chámame.

Es que septiembre, quiéralo o no, es la primavera que anuncia su llegada, son los rayos de sol que golpean las puertas y las ventanas y comienzan a calentar un poquito más. Es tiempo de volantines y banderas tricolores, porque a pesar de que vivimos otros tiempos, se siente en el ambiente algo diferente, algo que levamos impregnado desde pequeños, destellos de fiesta, destellos de entender que la vida es esta y no otra, que el presente es este, así como lo vemos, donde estamos y con quienes compartimos nuestros días y nuestros sueños.

Nuestros niños recordaran los días de este septiembre así como nosotros recordamos los septiembres pasados, los almuerzos familiares, las guitarras y empanadas, el humo y todos aquellos rostros que han pasado por nuestras vidas, recuerdos que se hacen eco y nostalgia al recordar ciertas fechas, ciertos lugares, ciertas músicas y lejanos parajes. Muchas conversaciones, planes y proyectos futuros que el paso del tiempo se ha encargado de transformar. Pero queda la esencia, la palabra, el recuerdo, la fotografía, el volantín enredado en un cable de alta tensión. 

Remolinos de papel, carbón, palabras escritas en una muralla, dibujos en la arena, abrazos profundos, esperanzas de tiempos mejores, rostros incompletos y recuerdos difusos, calles y agonías, esperando en vano horas y horas que llegaras. Es septiembre nuevamente, está aquí con nosotros, es momento de ser feliz una vez más.

La vida es así, sencilla y simple, fugaz y cambiante, te lleva por diferentes caminos, lugares y pueblos, junto a los que quieres estar, lo más importante es lo que llevamos en el corazón, los juegos, canciones y sueños que hemos compartido juntos alguna vez, en algún momento, en una playa cualquiera, cerca del mar. Noches, fogatas y amaneceres, cigarrillos inconclusos.

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