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Envejeciendo (II parte)
Patricio Ramos, Cuidadano - 13-01-2018

(Crónicas Fronterizas)

 

La semana anterior les comentaba -sin que me lo haya pedido alguien- acerca cierta salida nocturna, algo accidentada. Recordarás lector que estaba en aquel centro de baile donde se disfrutan ritmos tropicales, y recordarás, asimismo, que una impertinente conocida me ha arrojado a la cara un: “Pato Ramos que viejo estás”. 

Luego de la impresión inicial, pienso si le respondo “¿y Bosnia?” o algo equivalente. Al final, y ante mi evidente turbación, ella trata de arreglar todo con algún comentario que ahora no logro recordar, para finalmente mirar a algún otro conocido al cual corre a joderle la vida, como a mí.

Mi venganza contra la humanidad llegaría pronto, pues mientras mi compañera de juerga se deshacía en medio de la pista con aquel enorme hijo de África, se produce un hecho casi surrealista: el retoño de esta, un imberbe de unos 17 años, más alto que yo, aparece de la nada y con ese tino de algunos chicos se ubica detrás de su progenitora -sin importar los “Ronds de jambe à terre “ y “Battements frappés” que esta desarrollaba con especial gracia-  y le dice: -“Mamá a qué hora nos vamos”-. La vi asorochada, capaz que fueran las luces del salón, y vi a su compañero de baile que disimulaba muy bien, con una mirada discreta al horizonte, probablemente hacia la Meca o algún destino más allá del Mar de Galilea.  

Pero también empezaría a detectar cierta fauna que de día funge de funcionario público, para transformarse a partir de las 17:30 horas en sendos músicos y luego en inveterados bohemios. Uno de ellos, lesionado de la rodilla, y con notorio sobrepeso, me saluda cariñoso y pienso “este sí que está peor que yo”… me explica que, lesionado como estaba hace meses, y sin poder hacer ejercicio, pronto los kilos le empezaron a ganar. Sea. 

Luego aparece otro que oficia de psicólogo, y con algo de emoción (cuya causa no llego a comprender) me cuenta que en algún momento, hace dos o tres años, regaló su guitarra, entiendo que producto de alguna crisis. Noto su sobrepeso, él nota mis canas y nos decimos: “hace miles de años”, que debe haber sido equivalente a decir “te pasó un tren por encima”. Me comenta que compró otra guitarra y que quiere armar una banda que esté acorde con el sonido que tiene en su cabeza, lo que para mí es como decir que no tiene la más soberana idea de qué hacer con su tiempo libre. 

Pensaba lo curioso de las comentadas situaciones, ya que sintiendo mucha simpatía por los personajes que se me fueron presentando durante la noche  -cariño incluso- las conversaciones no duraron más de 10 o 15 minutos, luego de lo cual la comunicación se fue diluyendo, al igual que sus cuerpos, pues no sé en qué momento ya no estaban conmigo. Parece que ya no teníamos mucho en común.  

Así se pasaba la noche, entre mojitos sin alcohol, bachatas y conversa con parroquianos, funcionarios en retirada, y demás espectros, que si no fuera en ese lugar probablemente no hubiera visto ni tratado nunca más en la vida.  Y se pasaba la noche convenciéndome de que, aunque suene obvio, estamos todos siendo atacados por la misma enfermedad, que todos y a pesar de todo, seguimos adelante, que todos nos reflejamos en el otro -acaso erradamente- para evaluar cómo estamos, físicamente, incluso socialmente.

Mi compañera de juerga al fin se cansó. Mientras manejaba recordé que no vi a nadie de mi generación, me pregunté nuevamente en qué estará esa gente, a ver si me entero como para contarles. 

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