La oscuridad tiene Malacara
Carmen Gloria Parés Fuentes, Columnista - 06-04-2018

Sí, también en Aisén, donde –y me dispensan- compañeros y compañeras Poetas, tomando en cuenta los últimos sucesos…se alzan arengas amorosas, de tan buena onda, con motudas flores de fondo y mareadoras consignas para atraer al turista y al forastero a una tierra que se describe llena de encanto y pristinidad, de soles y caritas felices que pasan enZima del orgánico padecimiento endógeno que aúlla centenario. Tanta amorosidad antes del palo garrafal con que tumban al visitante con precios que no guardan muchas veces relación con los servicios y productos ofrecidos. No lo digo yo. Se lee por aquí y por allá, incluso en un relato de este verano publicado en la página de la SECH.  

Cuidado con las modas y las tendencias -compañeros de historia- que cuando llega la crisis y las vacas flacas, quienes lideran estos cambios que luego se hacen masivos, ya están “salvados” en algo nuevo y cuando llegue la masa y lo arruine del todo, porque es condición humana, cuando se haya chacreado de un lado y del otro, o se pida explicaciones de lo que no fue, ya estarán a salvaguarda en la otra orilla. Esa tierra se presta para caudillos, gigantes egoístas y mandos feudales e impunes. Hay algo de vasallaje en ese regionalismo entrópico de bajas temperaturas, que tiende a ser “autónomo” como Magallanes pero no lo es, único como Chiloé, pero no lo es. Quizá sigue siendo la hermana menor mirada en menos, la bautizada de Víctor Domingo Silva, pero no por falta de entusiasmo de sus “naturales” sino por el cuoteo, la experimentación política y el desmadre.

Aisén, tierra joven y bella, sí. La Aisén de Eusebio Ibar, que no escondía bajo el mantel de la belleza natural: la dureza, la soledad, la vida austral, la vida lejos, el enorme sacrificio y tampoco lloraba a todo evento. Esa puerta, no ventana, que abría Ibar en uno de sus más hermosos poemas: al herido, a la agobiada, a la que tiene cicatrices en el alma, al que ya no puede ni quiere más en la ciudad, al que está solo, a la que está enferma. 

¿Qué pensaría hoy del otrora Puerto y del camino, de Coyhaique y del destino don Eusebio Ibar Schepeler? No hay cómo saberlo a ciencia cierta; qué pensaría él y tantos otros, que sentiría Victoria Trabotich o Teresa Mancilla o Julia Bon. ¿Qué piensa la hija de Candelario, doña Justa o la Sra. Nerta Orellana, Chichí, de cómo va y cómo viene la mano?

Hay oscuridades que brillan y traslucen su pensamiento. Leer los cuentos de Oscuro Malacara es emocionarse apenas empieza una nueva historia. Sus cuentos son fidedignos como la más ardua realidad de Aisén y sus tierras límites del norte, la Patagonia nortina, la cordillera y el mar,  tiernos como un tierno amigo o un tierno padre fiero entre las fieras, frío, rudo, escueto,  tullido, mojado, adolorido, profundo, reacio, escabullido, insistente, porfiado y tremendo como la Cordillera, sus ponchos, sus caballos, sus pasos en la noche, sus pozos en la memoria, sus muertos en la naturaleza, sus catástrofes, sus impotencias, su amor mudo y perseverante, eterno. 

En la era de lo transgénero, puedes leer poesía de una (o varias mujeres) entretejida con viril arrojo y capacidad, vigor y astucia, con solariega inteligencia y nada de princesas y deseos de zapatos; y en la escritura del más nativo de los hombres, leer y encantarte con escenas de la más sutil descripción, como si fuese el narrador una dueña de casa que está sentada atrás de la estufa observando y escribiendo la escena, cuadro que hace que veas el vapor de la tetera y huelas el aroma que sale de la olla, que te ahogues en la costa entrenzado de pánico y fervor, que llores con el que está solo abrumando a la muerte, que lleves a esos niños a la escuela, o te despidas del avión como si fuese directo al abismo, como se despidió hace años del tren aquel protagonista al que nunca le construyeron la estación.

Me parece que este señor Malacara es un muy buen escritor que decidió radicarse en esa Aisén extendida que amamos muchas y muchos, de distintas maneras, y que mantiene y levanta el mejor nivel de la literatura escrita sobre Aisén y en Patagonia. Y más encima, es Profesor. Debe ser de los buenos, de los que aman los campesinos.

Relatos de Cordillera, de Oscuro Malacara, Ediciones Ñire Negro, 2016 Primera Edición.

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