Columnista, Colaborador
En los últimos años, la difusión de información falsa relacionada con las vacunas se ha consolidado como una de las amenazas más serias para la salud pública. Su rápida propagación, impulsada principalmente por las redes sociales, ha generado dudas, miedos y barreras que dificultan mantener una adecuada cobertura de inmunización. Como trabajadores de la salud, no solo estamos en el centro de esta problemática, sino que también somos parte esencial de la solución.
La desinformación se expande con facilidad porque suele presentarse de manera emocional, con explicaciones simples y atractivas que refuerzan creencias preexistentes. A esto se suma la presencia de un pequeño grupo de "super difusores" que, motivados por intereses económicos, comercializan terapias no validadas o promueven discursos contrarios a la vacunación. El resultado es un ciclo donde los rumores avanzan con rapidez, incluso en comunidades con alto nivel educativo.
En este contexto, los equipos de salud cumplimos un rol fundamental. A pesar de la saturación informativa actual, seguimos siendo la fuente de confianza más sólida para nuestros pacientes. Sin embargo, también estamos expuestos a estas narrativas engañosas a través de redes sociales y conversaciones cotidianas. Por ello, es clave reconocer sus mecanismos: titulares alarmistas, supuestos "expertos" sin respaldo, distorsión de hechos reales, apelación al miedo y uso de anécdotas aisladas como si fueran evidencia científica. Identificar estas tácticas nos permite interrumpir su difusión.
La lucha contra la desinformación requiere dos estrategias esenciales. La primera son las intervenciones preventivas, que actúan como una "vacuna" contra los rumores, anticipando mitos potenciales y entregando información clara y basada en evidencia. La segunda son los desmentidos, que consisten en corregir directamente un mito: primero se presentan los hechos reales, luego se explica por qué la afirmación es falsa y finalmente se refuerza la evidencia verdadera. Estas acciones deben realizarse siempre con empatía, evitando ridiculizar a quienes presentan dudas.
Fortalecer la confianza interna también es fundamental. Los equipos de salud crecen cuando existe un ambiente seguro para preguntar, aclarar y actualizar información. La formación continua y el apoyo entre colegas fortalecen nuestra capacidad de educar a los pacientes con seguridad y claridad.
La falta de información clara y oportuna ha llevado a que muchas personas posterguen su vacunación hasta que la situación ya es crítica. Lo vimos durante la pandemia de COVID-19, cuando la desinformación y la baja adherencia inicial a las vacunas contribuyeron a consecuencias graves, incluyendo pérdidas de seres queridos que pudieron haberse evitado. Hoy, los virus continúan circulando activamente, y resulta fundamental promover una vacunación temprana que proteja no solo al individuo, sino también a la comunidad mediante la inmunidad colectiva.
En definitiva, enfrentar la desinformación no es únicamente una labor comunicacional: es un compromiso ético que resguarda la salud de nuestros pacientes, nuestras familias y toda la comunidad hospitalaria. Solo así podremos mantener la confianza en la vacunación y asegurar que nuestras intervenciones continúen salvando vidas.



















