Columnista, Colaborador
En 2016 dije algo que incomodó: que en Coyhaique usaban la calefacción tan alta que las personas andaban en short y polera en la casa, mientras el aire afuera estaba irrespirable. Fue una frase provocadora, que me valió citación al Congreso y disculpas públicas. Diez años después, sigo preocupado por lo mismo: evitamos discutir en serio la relación entre cómo calefaccionamos, cuánta energía derrochamos, y un aire sucio.
Desde que en 2016 la OMS declaró a Coyhaique la ciudad más contaminada del país, hay avances: pasó de un promedio anual de MP2,5 de 67 µg/m3 a 39 µg/m3 (40% menos). El consumo de leña por hogar cayó 50% respecto de 2017, y los episodios críticos bajaron más de 40%. Miles de familias se sumaron al recambio de calefactores y aislaron mejor sus viviendas. Pocas ciudades en Chile movieron tanto la aguja en tan poco tiempo.
Pero el aire en Coyhaique aún enferma. El promedio anual de MP2,5 duplica la norma chilena, y el promedio mensual roza los 100 µg/m3 en invierno, 20 veces lo que la OMS considera seguro. Al revisar 13 inviernos de mediciones, el humo generado cada °C de frío -la eficiencia de la calefacción- mejoró casi un tercio hasta 2019, y ahí se detuvo. Los gobiernos dejaron de priorizar la descontaminación cuando salió de titulares.
Hay que exigir más al Estado, pero los ciudadanos también deben hacerse cargo. Y vuelvo al short y la polera; sin provocación, con evidencia: la OMS fija en18°C la temperatura interior saludable. Calentar la casa a 23°C no suma ni un beneficio de salud, solo más humo y gasto. Ese sobrecalentamiento demanda 30% más energía, y además frena la transición a combustibles limpios.
¿Por qué? La electricidad, las bombas de calor, el pellet, son más caros por unidad de calor que la leña. Si gastamos 30% más energía para calentar de más, y en casas mal aisladas, el costo de cambiar a un combustible limpio se infla en la misma proporción. Es la diferencia entre electrificar la calefacción, y no poder hacerlo. El derroche térmico es regresivo: encarece el aire limpio y niega la transición a quien menos tiene. Esa ineficiencia mantiene a la región atrapada en la leña.
Discutir sobre confort térmico no es impertinente, es la condición que hace económicamente viable la descontaminación. Una casa bien aislada y a 18°C es una casa cálida que quema, contamina y gasta menos, y puede dar el salto a una calefacción limpia. El Estado debe financiar la aislación y garantizar alternativas asequibles: esa es su parte, y es enorme. Pero cada hogar debe dejar de sobrecalentar. Las dos cosas a la vez, o ninguna alcanza.
El humo de Coyhaique viene de cada casa y edificio de la ciudad; y no es una condición inevitable, se puede prevenir. Y eso parte por tener la conversación incómoda de la frase de la polera. El avance no puede quedar a medias por comodidad: ni la del termostato, ni de la indignación que se apaga cuando muere la noticia.






















