Patricio Ramos, Ciudadano
Hay hombres que viajan por necesidad, otros, por ambición. Y están aquellos que en el fondo de sí mismos sienten una vaga incomodidad, una especie de desajuste entre el lugar donde están y el lugar donde creen que podrían estar, y eso es netamente humano. Porque el viaje no comienza cuando el avión despega, ni cuando el barco zarpa; empieza antes, en una secreta fatiga del alma. El hombre mira su calle, el mismo balcón, su plaza, ese reloj sonando a la misma hora, y siente de pronto que todo ello, siendo amado, ya no basta.
Tenemos, al parecer, una inclinación antigua hacia el movimiento. Los animales migran obedeciendo estaciones; el hombre, en cambio, marcha obedeciendo fantasmas. También por hambre. Asimismo, por nostalgia de algo que todavía no conoce, una paradoja del espíritu humano, se puede sentir nostalgia de lo nunca vivido.
El viaje contiene una promesa, no siempre concreta, no se sabe bien qué se hallará. Hay emoción: en el instante en que arribamos a suelo extranjero, en el momento en que se escucha una lengua ajena, en el olor de una calle húmeda al amanecer en una ciudad nunca antes vista.
Y se despierta una sensibilidad dormida. Porque la costumbre anestesia; el viaje restituye el asombro. En la vida ordinaria dejamos de mirar. El pan sobre la mesa, el ruido de los vehículos, la sombra de la tarde en una pared. Todo se vuelve invisible por repetido. El viajero, en cambio, vuelve a mirar el mundo como lo mira un niño. Y acaso viajar sea eso, recuperar la capacidad de asombro.
Pero no sólo atrae lo nuevo. Seduce el simple hecho de irse. Hay una voluptuosidad melancólica en abandonar temporalmente lo propio. Cuando el viajero cierra la puerta de su casa y desciende por la escalera con una maleta en la mano, siente un leve desgarro. Deja atrás objetos inmóviles que continuarán existiendo sin él. En efecto, así la taza olvidada sobre la mesa, los libros alineados, la cama intacta. Y esa persistencia silenciosa de las cosas produce una extraña reflexión sobre la propia vida. El viaje introduce distancia, y la distancia vuelve pensable aquello que la cercanía confundía. ¿Y qué decir de las personas que se dejan?, mucho, pero hoy no.
Desde lejos comprendemos mejor lo que dejamos. Una ciudad natal se entiende verdaderamente cuando se la contempla desde otra ciudad. El expatriado descubre patrias invisibles que nunca había advertido mientras vivía en ellas, una manera de pronunciar ciertas palabras, una luz determinada al caer la tarde, el sabor del mate de siempre. Viajar no sólo revela el mundo; revela el hogar.
Por eso todo viaje contiene una meditación sobre la identidad. ¿Qué somos fuera de nuestro entorno? Creo que cuando nadie nos conoce, cuando desaparecen las obligaciones, las jerarquías, aparece un yo desnudo. El viajero experimenta cierta liberación, puede reinventarse. Y quizá por ello tantos han partido alguna vez, no para encontrar lugares, sino posibilidades de sí mismos.
Una filosofía del viaje. Sí. Y acaso no constituya una doctrina sistemática, sino una disposición espiritual. El viaje enseña la "impermanencia", que es un concepto que nos viene del budismo y de las ideas de Heráclito: ningún paisaje dura, toda posada es transitoria. El viajero aprende que vivir es pasar.
Y así, La Odisea no es solamente la historia de un hombre que retorna a Ítaca; es la historia del alma humana errante. Ulises viaja por mares y monstruos, pero también por las regiones contradictorias de su ser. Su viaje es geográfico y existencial. Quiere volver, y sin embargo el regreso lo transforma tanto que jamás podrá ser exactamente el mismo hombre que partió.
Don Quijote parte. Quedarse equivaldría a aceptar una realidad demasiado estrecha para sus sueños. El camino es una forma de resistencia contra la vulgaridad del mundo. En sus andanzas hay locura, y, empero, una necesidad de trascender la monotonía de lo real.
Mi amado Azorín miraba los pueblos detenidamente: una pared encalada, una campana antigua, un camino silencioso bajo el sol de Castilla. En esas pequeñas observaciones parecía decirnos que viajar no consiste en acumular distancias, sino en aprender a mirar. Finalmente, don Miguel de Unamuno sospechaba que todo viaje exterior encubre una peregrinación interior. El hombre camina hacia paisajes lejanos buscando responder preguntas que ni siquiera sabe formular.
Así nunca dejamos de viajar. El ser humano es un ser incompleto. Ningún lugar lo satisface enteramente. Hay siempre un horizonte más allá de la colina, un puerto después del puerto, una estación posterior a la estación presente. El viaje alimenta la esperanza de que en algún rincón del mundo exista una revelación aguardándonos.
Y, sin embargo -al cabo de muchos caminos- el viajero descubre que aquello que buscaba fuera habitaba ya dentro de él. Así, el viaje termina convirtiéndose en una metáfora de la vida. Nacemos partiendo. Vivimos atravesando paisajes cambiantes. Nos despedimos continuamente de personas, lugares y de nuestras edades. Y avanzamos hacia algo que nunca terminamos de conocer del todo.
Quizá el hombre gusta de viajar porque presiente que existir es ya estar en camino.



















