Columnista, Colaborador
Hace pocos días atrás, celebrando mis aún positivos índices de glicemia —aunque he confabulado para que sea todo lo contrario—, me acerqué a una panadería de barrio que prometía dulces más sofisticados que la común y rica pastelería chilena de raigambre conventual. Mientras un joven ágil y calvo, dueño del local, empaquetaba el pedido, a mi mente neurodivergente le pareció idéntico al célebre actor Yul Brynner.
Sin embargo, un comentario sobre la contingencia política hecho por este vendedor rompió de golpe mi burbuja imaginativa, que ya lo veía caracterizado y danzando como el monarca de Siam, reemplazando a su coestrella Deborah Kerr por tortas de panqueques, galletas red velvet y pie de limón:
—Con la Concertación estábamos mucho mejor. Es cosa de ver las autopistas y las carreteras— dijo mientras sacaba cuentas para cobrarme.
Mi alegoría cinematográfica se desplomó tanto como mis expectativas sobre sus empanadas napolitanas. ¿Acaso nuestra solidez democrática debe medirse por la condición de los túneles, peajes, caminos y rutas concesionadas que ni siquiera pueden circularse sin pagar?
Quizás la respuesta sea también la hebra que nos permita comprender la "tormenta de verano" que sufre hoy la coalición cuyos partidos estuvieron en los prolegómenos de nuestra llamada "transición a la democracia". Aquella que aspiraba a la robustez de una socialdemocracia como la alemana, pero que se armó "a la chilena", con todo lo que ello conlleva. La misma de la que por décadas se ha escrito tanto y que, a mi juicio —no en todos sus aspectos, siendo justo—, avanzó bastante menos de lo esperado.
Reveses y desplomes electorales cada vez más continuos, y el reciente ninguneo de colectividades tan incipientes como efectivas —llámese Frente Amplio— o de otras que hasta hace no tantos años convivían con la proscripción, como el Partido Comunista, condenan al denominado Socialismo Democrático (PS, PPD, PR —incluyo a la DC, alguna vez eje de gobierno—) a ser deshonrado con el guante del desaire. Todo ello pese a que enderezaron no pocas veces el timón de un gobierno que, más allá de las tempestades, llegará en poco más de un mes a puerto.
¿Dónde está entonces la génesis de esta "tormenta estival", que tiene a un sector antes poderoso arrastrado por las lluvias del rechazo y los vientos del descontento popular? A mi juicio, en la pérdida constante de su esencia.
Para explicarlo hay que remontarse al 11 de marzo de 1990, cuando, creyéndose triunfantes, permitieron que el ocaso de la dictadura se transformara en un sol de medianoche permanente. Olvidaron sus raíces rebeldes e inspiradoras para, elegantemente, integrar gabinetes, reparticiones públicas y ambas ramas del Parlamento; apareciendo sonrientes en revistas de papel couché o páginas sociales, compartiendo cócteles y brindis con Pinochet, cruzando un Rubicón del que ya no se vuelve. Así, por ejemplo, los homenajes a Salvador Allende se transformaron en fechas de simbolismos y ofrendas florales, distantes de la inspiración peronista aún vigente en Argentina o de su símil aprista en Perú, donde persiste la influencia gravitante de Víctor Raúl Haya de la Torre.
Un caso especial es el de la Democracia Cristiana. Conglomerado dueño de una solidez histórica, cuna de tres expresidentes de Chile, y cuya presidencia hoy, más que un honor o privilegio, se asemeja a esos toros mecánicos de feria donde cualquiera que "se tenga fe" puede montarse con la esperanza de no ser derribado a la primera de cambio.
El Partido Radical, sin duda, evoca historia y páginas brillantes del país, más allá de Encina, Castedo o Frías Valenzuela. Sin embargo, me viene a la memoria un episodio que presencié en mi época de reportero: un timonel del PR bajando las escaleras de su vieja sede partidaria en el barrio capitalino de París-Londres, festinó diciendo: "Ya bajarán por estas escaleras don Dámaso Encina y Martín Rivas", aludiendo a la novela de Blest Gana y al señorío añejo de la casona. Más allá de lo bueno o malo del chiste, lo cierto es que presenciamos un colectivo que se ha vuelto tan antiguo como su morada, esperando la prosperidad de algún recurso administrativo que impida su extinción electoral.
Algunas palabras para el PPD, que transita por su propio diluvio, conducido por liderazgos que, aun cuando no siempre están presentes, difuminan a una colectividad que sigue bregando por demostrar que, más allá de su instrumentalidad, posee existencia propia y la voluntad de enfrentar nuevos paradigmas, siempre que la renovación sea su consigna.
Pero aún es tiempo. Tienen —me imagino— un desafío de marca mayor: constituirse como oposición al eventual gobierno de José Antonio Kast, ubicación que, aunque ingrata, suele ser más fácil que conducir los destinos del país desde "la casa donde tanto se sufre", como calificaba el exmandatario Carlos Ibáñez del Campo al Palacio de La Moneda.
Desde esta opinión humilde, creo que deben depurar sus padrones, instar a sus dirigentes tradicionales a "ser oráculos y no obstáculos" para las nuevas generaciones, fortalecer los liderazgos territoriales y, sobre todo, volver a sus raíces, donde la justicia social —y aquella que los familiares de las y los mártires aún esperan— sea su norte. Así, y solo así, podrán enfrentar firmes esta tormenta de verano y superar este momento dificultoso y ácido.
Tan ácido como el pie de limón que fui incapaz de seguir comiendo, pese a la recomendación insistente del panadero —símil de Yul Brynner— el mismo al que aludí al inicio de esta columna.




















