Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales La última vez que escribí lo hice con la convicción de que hay temas y situaciones que no siempre encuentran espacio en la agenda pública, pero que merecen ser discutidos. Desde mi profesión de comunicadora, asumo que visibilizar asuntos incómodos no es un acto de provocación, sino una responsabilidad. Los medios ya no son simples surtidores de información, son plataformas de conversación y, querámoslo o no, formadores de opinión.
En el debate sobre el glaciar y la decisión de restringir su acceso por razones de seguridad, lo que está en juego no es un capricho administrativo ni una animadversión hacia el turismo. Lo que está en juego es la vida de las personas y la obligación de actuar con prudencia frente a señales claras de inestabilidad. Insistir en operar como si nada ocurriera no convierte el riesgo en inexistente.
Cuando era pequeña, recuerdo que la región de Aysén comenzaba a consolidarse como destino turístico, se hablaba de oportunidades, de desarrollo, y de crecimiento. En ese momento, muchas personas de nuestra comunidad hicieron apuestas genuinas, invirtieron tiempo, recursos y capacitación para integrarse a ese nicho; fue una decisión legítima y, en muchos casos, valiente. Pero también es cierto que no todos los proyectos pueden sostenerse indefinidamente. Algunos cambian, otros se transforman y algunos, simplemente, dejan de ser viables en las condiciones originales.
El planeta está cambiando, y nuestros territorios no son ajenos a esos procesos. Los glaciares retroceden, los suelos se modifican, la geografía muestra movimientos que antes parecían lejanos o improbables. Frente a esa realidad, pretender que todo permanezca igual sólo porque así lo conocimos no es una estrategia sostenible. Si el entorno cambia, nosotros también debemos hacerlo.
Entiendo que para quienes han vivido durante años de una actividad específica, la posibilidad de detenerla o modificarla resulta angustiante. Sin embargo, aferrarse a un modelo que ya no ofrece garantías de seguridad no lo convierte en justo ni en responsable. La adaptación no es una derrota, es una forma de madurez colectiva.
Hablar de límites puede resultar políticamente incorrecto, sobre todo cuando esos límites afectan ingresos o expectativas. Pero el bienestar económico no puede estar por encima de la integridad física de las personas ni del respeto por ecosistemas frágiles. La región no es un decorado inmutable al servicio de nuestras necesidades, es un sistema vivo que impone condiciones.
Incluso en lo personal he debido reinventarme. La vida me mostró, en más de una ocasión, que aquello que parecía estable podía transformarse de un momento a otro, y que sostenerse no siempre significa resistir en el mismo lugar, sino atreverse a buscar otras formas de construir y de ganarse el pan. No es cómodo, no es inmediato, y muchas veces obliga a empezar casi desde cero, pero también abre caminos que antes no imaginábamos.
Aysén nunca ha sido un territorio fácil, es una región exigente, de climas duros, de largas distancias y condiciones que ponen a prueba la voluntad, quienes crecimos aquí lo sabemos bien. Tal vez por eso mismo, cada vez que el escenario cambia, no nos queda otra que poner a trabajar la sesera, pensar con creatividad y adaptarnos sin perder dignidad.
Plantear límites no es atacar a nadie ni desconocer el esfuerzo de quienes apostaron por un proyecto. Es reconocer que la realidad se mueve, que los territorios cambian y que insistir en lo mismo no siempre es la respuesta más sensata. Si algo ha demostrado esta región a lo largo de su historia es que la resiliencia no está en negar los cambios, sino en aprender a enfrentarlos.




















