Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
Esta semana el Diario informó sobre el atropello de un huemul en la Carretera Austral Sur, en el sector Paso Las Horquetas. No es la primera vez, tampoco es un lugar improvisado o desconocido. Desde hace años existen letreros, advertencias, campañas y llamados a la precaución en esa zona, justamente porque se trata de uno de los hábitats donde esta especie, emblema patrio y símbolo vivo de nuestra identidad nacional y austral, aún intenta sobrevivir. Sin embargo, una vez más, tristemente, un ejemplar perdió la vida frente al impacto de un vehículo.
Cada vez que ocurre algo así, la reacción es la misma, tristeza, indignación momentánea y una sensación de impotencia. El huemul no es sólo una figura en el escudo nacional ni una postal turística, es una especie en peligro, frágil, cuya población ya ha sido reducida por la pérdida de hábitat, enfermedades y presión humana. Que muera atropellado en un tramo señalizado no es un accidente inevitable, es el resultado de una convivencia mal resuelta entre desarrollo vial y conservación.
Las señales están, los datos están, la información circula, lo que parece faltar es una comprensión real de que transitar por esos territorios implica una responsabilidad mayor que simplemente respetar un límite de velocidad. No se trata sólo de cumplir la norma, sino de asumir que estamos atravesando un espacio que no nos pertenece por completo.
En paralelo, otra discusión ambiental ha marcado la agenda regional, la falla geológica detectada en el glaciar Exploradores y la insistencia de algunas empresas turísticas en continuar llevando visitantes al lugar, pese a los riesgos advertidos. Durante semanas se publicaron informes técnicos, opiniones de especialistas y llamados a la cautela. Sin embargo, la presión por mantener la actividad económica parecía imponerse hasta que finalmente el gobierno decidió cerrar el acceso al público.
Ambos hechos, aunque distintos en su naturaleza, comparten una misma tensión. Por un lado, la necesidad de desarrollo, turismo, conectividad y actividad económica, y por otro, la fragilidad de ecosistemas únicos y la evidencia científica que advierte límites. El problema no es el turismo en sí, ni la infraestructura en abstracto, el problema es la tendencia a forzar esos límites hasta que la realidad nos obliga a detenernos.
En el caso del huemul, las advertencias llevan años instaladas, en el caso del glaciar, los informes técnicos no surgieron de la nada. En ambos escenarios, la pregunta es incómoda pero necesaria, ¿por qué esperamos siempre a que ocurra el daño, o a que el riesgo sea inminente, para actuar con decisión?
Aysén no es un territorio cualquiera, su valor ambiental no es un recurso infinito ni un decorado para la fotografía, es un sistema vivo, delicado, que requiere planificación, regulación y, sobre todo, una cultura distinta de relación con la naturaleza. No basta con declararlo patrimonio, ni con utilizar su imagen para promover la región, hay que estar dispuestos a poner límites cuando esos ecosistemas lo exigen.
La muerte de un huemul y el cierre de un glaciar pueden parecer hechos aislados dentro de la dinámica noticiosa de la semana. Sin embargo, ambos nos recuerdan algo más profundo, que el desarrollo sin responsabilidad termina siendo una forma lenta de degradación. Y que las advertencias, cuando se repiten durante años sin ser escuchadas, dejan de ser señales y se convierten en simples adornos pintarrajeados al borde del camino.
Tal vez el verdadero desafío no sea multiplicar los letreros ni emitir más informes técnicos, sino aprender a leerlos a tiempo, porque en una región como la nuestra, cada decisión cuenta, y cada omisión también.





















