Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
Y pasó otra vez. Desde que tengo uso de razón he visto este loop en repetidas ocasiones, donde la policía del mundo o el sheriff del condado emerge con sus rangers para atrapar al "Speedy González" de turno o para ponerle freno al malvado eslavo ?cualquiera, Nikita, Nicolai, Wladimir- con ideas perversas que viene a convulsionar el orden establecido de occidente, con sus propuestas revolucionarias.
Al margen de las graves acusaciones que pesan sobre el ex dictador venezolano, Nicolás Maduro, que fueron expuestas por el informe Bachelet de las Naciones Unidas, como detenciones arbitrarias, torturas y ejecuciones extrajudiciales, hechos deleznables bajo cualquier punto de vista, la soberanía de los estados nación debería estar por encima de cualquier irrupción militar sobre un territorio. Lo cual también está inscrito en el principio de No Intervención y Soberanía de la ONU.
Por otra parte, Mr. Trump no tuvo ningún disimulo ni pudor en decir que él manda sobre Venezuela y que aprovechará las enormes reservas del petróleo de ese país, y que las tomará como reembolso de lo que el país del norte ha gastado en mantener a los inmigrantes venezolanos todos estos años, y que lo restante será para la ciudadanía venezolana.
Si Maduro está vinculado o no con el narcotráfico no se sabe con certeza, lo que sí sabemos es que Venezuela tiene enormes reservas de crudo, gas y las tierras raras del Esequibo, en Guyana. Esta última reclamada por Venezuela, pero que no ha logrado hacerse de ella, lo cual no creo que sea una maniobra difícil de acceder para el tío Donald. Tierras raras muy parecidas a las que hay en Ucrania y que muchos señalan como uno de los factores de fondo de una guerra que ya lleva años y miles de muertos. Recursos estratégicos, ubicados siempre en lugares "problemáticos", donde el discurso moral suele aparecer después, nunca antes. Primero están los intereses, luego las justificaciones.
Sobre América Latina la Doctrina Monroe avanza velozmente, y Trump lo dejó muy claro, en México, "habrá que hacer algo"; Colombia "que se cuide el…"; y Groenlandia, "la necesito". Aquí por lo visto no se trata de "salvar" a los países de gobernantes corruptos, si no ¿qué sucede con Nicaragua?, ¿acaso el gobierno de Nicaragua es un modelo de democracia? O ¿qué pasa con Haití? ¿Qué tienen de diferente estos países que quedan fuera de la mirada escrutadora del gobierno estadounidense?
Porque si el argumento es la defensa de la democracia, los derechos humanos o la lucha contra regímenes autoritarios, el caso nicaragüense debiera estar en primera línea. Daniel Ortega y Rosario Murillo han construido un sistema cada vez más cerrado, persiguiendo opositores, encarcelando candidatos presidenciales, expulsando organismos internacionales, silenciando a la prensa y reduciendo al mínimo cualquier atisbo de disidencia. Todo esto está documentado, denunciado y condenado en múltiples foros. Sin embargo, no hay portaaviones en el horizonte ni discursos encendidos sobre la urgencia de "liberar" al pueblo nicaragüense.
¿Por qué? La respuesta es incómoda, pero bastante simple. Nicaragua no tiene petróleo, no tiene gas, no tiene tierras raras que despierten apetitos geopolíticos mayores. No representa una amenaza estratégica ni una oportunidad económica de gran escala. En otras palabras, no está en el radar porque no vale lo suficiente dentro de la lógica del poder global y su tragedia no cotiza alto.
Esto no es una defensa de Maduro, ni de Ortega, ni de ningún líder que use el poder para perpetuarse y aplastar al que piensa distinto. Las violaciones a los derechos humanos son inaceptables en cualquier latitud y bajo cualquier bandera. Pero justamente por eso resulta tan evidente la doble vara, cuando la indignación es selectiva, deja de ser un principio y se transforma en una herramienta.
Estados Unidos no interviene donde no hay retorno. No lo hizo en Ruanda, no lo hizo en Nicaragua, no lo hace en tantos otros países donde la democracia es apenas un recuerdo borroso. En cambio, aparece con rapidez donde hay recursos estratégicos, rutas comerciales o influencia regional en juego. El discurso cambia según el mapa.
Y Europa, que suele acompañar estas posturas con un tono más pulido y menos estridente, tampoco escapa a esta lógica. Condenas formales, comunicados diplomáticos, alguna sanción simbólica y poco más. La defensa de los valores occidentales tiene límites muy claros cuando choca con intereses económicos o energéticos.
El problema de fondo no es nuevo. Lo preocupante es que seguimos fingiendo sorpresa. Se habla de orden internacional, de reglas, de soberanía, pero esas reglas parecen flexibles cuando conviene. La soberanía es sagrada para algunos y prescindible para otros. Los derechos humanos son universales, salvo cuando estorban.
Mientras sigamos aceptando este doble estándar como algo normal, el mundo será cada vez más inestable y más cínico. No se puede construir un orden internacional basado en principios si esos principios se activan sólo cuando hay algo que ganar. La historia muestra que las intervenciones selectivas rara vez traen estabilidad, y que el desprecio por los casos "irrelevantes" termina pasando la cuenta.
Hoy es Venezuela, ayer fue Ucrania, mañana será otro país con recursos valiosos y un gobierno incómodo. Nicaragua seguirá esperando, como tantos otros, que algún día la defensa de la democracia no dependa del subsuelo. Y nosotros haríamos bien en mirar con atención, porque cuando el poder actúa sin coherencia y con ávidos intereses, nadie está realmente a salvo.




















