Editorial, Redacción Aysén no parte de cero. Tiene recursos naturales, capacidad productiva, capital humano y una identidad territorial fuerte. Sin embargo, sigue atrapada en un punto intermedio: ni rezagada del todo ni despegando con claridad. Esa tensión —entre lo que podría ser y lo que efectivamente es— marca hoy el principal problema regional.
Se habla, con razón, de conectividad. No es solo un tema de caminos o transporte aéreo; es la base que define cuánto cuesta vivir, producir o emprender en Aysén. Cada brecha en conectividad se traduce en precios más altos, menor competitividad y oportunidades que simplemente no llegan. Pero insistir únicamente en esto, sin articular una mirada más amplia, es quedarse corto.
Porque Aysén también enfrenta un desafío estructural: su matriz energética. La dependencia de fuentes caras y poco diversificadas limita cualquier intento serio de crecimiento económico. Sin energía suficiente, estable y a precios razonables, hablar de nuevos proyectos productivos es más aspiración que realidad. Aquí hay una decisión pendiente que no puede seguir postergándose: o se avanza en diversificación energética con visión territorial, o la región seguirá operando con un freno de mano permanente.
A eso se suma otro nudo crítico: la falta de diversificación productiva. La economía regional sigue concentrada en pocos sectores, lo que la hace vulnerable y limita la generación de empleo de calidad. No basta con sostener lo que ya existe; es necesario abrir nuevos frentes productivos y exportadores que permitan mayor estabilidad y mejores ingresos. Turismo, acuicultura, agroindustria, energías renovables: el potencial está, pero falta coordinación, inversión estratégica y, sobre todo, decisiones.
El problema de fondo es claro: Aysén no tiene un problema de falta de ideas, sino de falta de consolidación económica. Y sin esa consolidación, cualquier avance es frágil, disperso y, muchas veces, desigual dentro del propio territorio.
Aquí es donde el rol del Estado —y particularmente del Gobierno Regional— se vuelve determinante. No basta con administrar proyectos o ejecutar presupuestos. Se requiere conducción. Definir prioridades, ordenar la inversión pública y alinear al sector privado en torno a un horizonte común. El nuevo gobierno, en conjunto con el trabajo que ya viene desarrollando el Gobierno Regional de Aysén, tiene una oportunidad concreta: pasar de la gestión fragmentada a una estrategia de desarrollo coherente.
Pero esa tarea no es técnica, es política. Implica tomar decisiones que pueden incomodar, priorizar unos caminos sobre otros y, sobre todo, asumir que no todo puede hacerse al mismo tiempo. La dispersión ha sido uno de los grandes obstáculos históricos de la región.
El punto es simple, aunque incómodo: sin definiciones claras, Aysén seguirá avanzando, pero sin dirección. Y avanzar sin dirección, en territorios como este, es una forma lenta de estancamiento.
La pregunta, entonces, no es si la región puede crecer. Puede. La pregunta es si está dispuesta —y si sus autoridades también— a ordenar ese crecimiento para que llegue efectivamente a quienes viven en el territorio.
Porque al final, de eso se trata todo esto: que el desarrollo no se quede en cifras o proyectos aislados, sino que se traduzca en mejores condiciones de vida reales. En empleo digno, en costos más bajos, en oportunidades que no obliguen a irse.
Aysén ya esperó suficiente. Ahora le toca decidir.






















