Columnista, Colaborador
Aysén no necesita inventar su camino. Tiene uno evidente: su naturaleza, su identidad y su escala.
El desarrollo de la región no pasa por copiar modelos de otras partes, sino por construir uno propio, donde el turismo sea el gran articulador. No como una industria aislada, sino como un paraguas que integra conservación, producción e infraestructura.
La Carretera Austral no es solo un camino. Es la columna vertebral de Aysén. Es el relato que conecta territorios, comunidades y experiencias.
Si logramos esto, todo empieza a ordenarse:
?? ?Los parques nacionales dejan de ser puntos aislados y pasan a ser destinos conectados
?? ?La infraestructura deja de ser gasto y pasa a ser inversión estratégica
?? ?Las actividades productivas pueden transformarse en experiencias visibles y visitables
?? ?La conservación deja de ser un costo y pasa a ser una oportunidad económica real
Aysén tiene una ventaja que pocas regiones del mundo tienen: todavía está a tiempo de hacer las cosas bien.
Pero eso requiere foco. No se trata de hacer todo, sino de empujar con decisión pocos proyectos que cambien el estándar de la región. Proyectos que generen impacto real, que atraigan inversión y que eleven la calidad de la experiencia.
También requiere algo igual de importante: capacidad de articulación. El desarrollo de Aysén no lo va a hacer solo el Estado, ni solo los privados, ni solo las comunidades. Va a ocurrir cuando nos logremos alinear todos en una misma dirección.
Ese es probablemente el mayor desafío que tenemos hoy y también la mayor oportunidad.
Porque cuando una región logra ordenarse en torno a una visión clara, pasan cosas:
llega inversión, mejora la infraestructura, se fortalecen las comunidades y se genera belleza y orgullo.
Aysén puede ser mucho más que un destino aislado. Puede ser un modelo de desarrollo para el sur del mundo.















