Columnista, Colaborador
Hay tradiciones institucionales que, lejos de quedar obsoletas ante el avance de la modernidad, adquieren un significado mucho más profundo y urgente a la luz de los complejos desafíos sociales que enfrentamos en la actualidad.
Una de estas valiosas instancias cobró vida esta semana en una emotiva ceremonia donde 50 estudiantes pertenecientes al Colegio Mater Dei y la Escuela Baquedano alzaron sus manos y sus voces para jurar como Brigadistas Escolares Integrales.
Ver a este grupo de niños, niñas y jóvenes, acompañados por sus monitores carabineros de la 1ra Comisaría de Coyhaique, nos obliga a detener la mirada y reflexionar sobre el verdadero impacto que tiene este voluntariado en la construcción de una mejor sociedad.
Las Brigadas Escolares de Tránsito surgieron a fines de la década de 1950 como una respuesta urgente del Estado y de nuestra Institución ante una cruda y dolorosa realidad que comenzaba a azotar a las urbes chilenas: el explosivo aumento del parque vehicular y la consecuente ola de accidentes viales.
Registros del Anuario Estadístico dan cuenta que el año 1953 se habían contabilizado 5.665 accidentes de tránsito en el país, dejando un saldo de 114 personas fallecidas y miles de lesionados.
Frente a esta crisis de seguridad pública, en el año 1958 y mediante un decreto supremo, se fundaron las Brigadas Escolares de Seguridad. El propósito original era tan directo como noble: proteger la integridad física de los menores en sus trayectos diarios hacia y desde el colegio.
Al transformarse en Brigadas Escolares "Integrales", estos grupos de estudiantes voluntarios, coordinados por un docente y asesorados por un carabinero monitor, ya no sólo centran sus esfuerzos en detener el tránsito para que sus compañeros crucen la calle de manera segura, sino que en pleno siglo XXI, se han transformado en agentes de cambio que promueven el cuidado del medio ambiente, hábitos de vida saludable, prevención de conductas de riesgo y la promoción de una convivencia escolar armónica y solidaria.
Cuando un niño asume la responsabilidad de guiar a sus pares, aprende el valor de respetar un paso peatonal, la importancia legal de una señal "Pare" y asimila que sus acciones tienen repercusiones directas en el bienestar de la comunidad.
Esta labor silenciosa, siembra una semilla cuyos frutos suelen acompañar a estos estudiantes durante toda su existencia.
Hoy, una gran cantidad de los jóvenes que hoy ingresan a las escuelas de formación de Carabineros confiesen haber dado sus primeros pasos cívicos vistiendo el uniforme de la patrulla escolar durante su infancia. Allí descubrieron el sentido del deber, el liderazgo y la satisfacción de proteger al desvalido.
Garantizar entornos escolares protegidos y pacíficos es una tarea que requiere la voluntad decidida de toda la comunidad local, en la cual trabajamos de manera coordinada en la región con nuestro Seremi de Educación, para fortalecer la seguridad y propiciar un clima sin violencia en el aula.
En un tejido social que a veces parece fragmentarse por la intolerancia, este juramento escolar nos devuelve una dosis de optimismo, nos demuestra que el camino para crecer como un país sano y cohesionado pasa por volver a lo fundamental, esto es, educar desde la infancia en la responsabilidad, los valores, la empatía y el amor por el bien común.


















