Editorial, Redacción Durante la campaña presidencial, uno de los conceptos que marcó el debate fue la idea de que "Chile se estaba cayendo a pedazos", frase instalada por el actual presidente José Antonio Kast y amplificada en distintos espacios políticos. Sin embargo, las cifras recientes del Banco Central cuentan otra historia: el país creció un 2,5% en 2025, en línea con las proyecciones del gobierno del ex-presidente Gabriel Boric.
El dato no es menor. En un contexto internacional complejo, con economías desacelerándose y altos niveles de incertidumbre, Chile no solo evitó el colapso anunciado, sino que logró sostener una senda de crecimiento moderado. Esto no significa triunfalismo, pero sí obliga a ajustar el diagnóstico: el país no se está cayendo a pedazos.
Pero el punto de fondo no es solo desmentir un relato, sino preguntarse qué significa realmente crecer. Porque mientras la macroeconomía muestra señales de estabilidad, en los territorios extremos como Aysén la sensación es otra. Aquí, el crecimiento no siempre se percibe, y muchas veces ni siquiera llega.
La región arrastra brechas históricas en conectividad, acceso a energía, diversificación productiva y oportunidades laborales. Es, en la práctica, un territorio donde el crecimiento nacional no logra traducirse automáticamente en desarrollo local. Por eso, más que discutir si Chile crece o no, la conversación urgente es cómo ese crecimiento se distribuye.
Las actuales autoridades han planteado con claridad la necesidad de que Aysén retome una senda de crecimiento con identidad territorial. Sin embargo, el desafío sigue siendo concreto: pasar del discurso a la implementación. ¿Cuáles son las inversiones estratégicas que permitirán cerrar brechas? ¿Cómo se habilitan condiciones reales para atraer inversión privada? ¿Qué sectores se priorizan y con qué instrumentos?
No existe una fórmula única, pero sí hay líneas claras de acción. La región necesita avanzar en infraestructura habilitante, resolver sus limitaciones energéticas con soluciones sostenibles y competitivas, y fortalecer sectores con potencial como el turismo, la economía circular y las industrias vinculadas al capital natural. A esto se suma un elemento clave: generar condiciones para retener y atraer talento, porque sin capital humano no hay desarrollo posible.
El crecimiento del 2,5% demuestra que el país tiene bases para avanzar. Pero en Aysén, ese dato solo será relevante si se transforma en oportunidades concretas. De lo contrario, seguirá siendo una cifra lejana, incapaz de modificar la vida cotidiana de sus habitantes.
Porque al final, más allá de los relatos de campaña, la verdadera medida del desarrollo no está en los porcentajes nacionales, sino en la capacidad de que territorios como Aysén dejen de crecer a destiempo y comiencen, por fin, a crecer con sentido.






















