Universidad de Aysén, -
Desde hace poco más de un año funciona en Coyhaique, en la Universidad de Aysén, uno de los tres analizadores de flujo extracelular Seahorse XF Pro que existen en Chile. Uno está en Santiago, obviamente, y el otro está en Valdivia. El instrumento mide, en células vivas y en tiempo real, la respiración mitocondrial y la glicólisis: dicho de otra forma, permite observar cómo las células obtienen y administran su energía, un proceso que se altera en el cáncer, el envejecimiento y muchas otras enfermedades.
El equipo llegó gracias al concurso FONDEQUIP de ANID, que transfirió casi 386 millones de pesos desde el nivel central directamente a nuestra región: recursos que, sin este proyecto, sencillamente no se habrían invertido en Aysén, y a los que se sumaron aportes de la propia universidad. La historia previa fue menos amable. En postulaciones anteriores, cuando el proyecto no resultaba seleccionado, el comentario recurrente de las evaluaciones era que en Aysén no habría "masa crítica" para justificar un instrumento de esta envergadura. El argumento encierra una circularidad conocida en regiones: sin equipamiento no se forman capacidades y, sin capacidades, no se asigna equipamiento.
El primer año de operación sugiere lo contrario. Quienes instalaron y operan la plataforma no llegaron a aprender: el mismo equipo humano generó datos con las primeras versiones de esta tecnología, en Chile y en Estados Unidos, y esos resultados se han publicado en revistas de impacto global, incluso siendo uno de esos trabajos portada de Nature Cell Biology, una de las revistas más importantes del mundo en el área. Lo que opera hoy en la Universidad de Aysén es esa experiencia, con un instrumento mejor.
La plataforma opera bajo un modelo de acceso abierto que superó el escepticismo inicial: la utilizan investigadores de universidades y centros de distintas regiones de Chile y del extranjero, se forman en ella tesistas de pregrado de distintas disciplinas de la universidad y hasta escolares de Coyhaique realizaron aquí sus primeras mediciones, que, con suerte, serán las primeras de promisorias carreras científicas. Los datos ya toman la forma de artículos destinados a revistas de alto impacto, en materias como el envejecimiento, la resistencia a fungicidas, el cáncer y las patologías musculares. Una línea nos pertenece de manera particular: la búsqueda de compuestos capaces de modular la bioenergética celular (candidatos a nuevos fármacos) en plantas, hongos y microorganismos de la Patagonia.
La moraleja va más allá de lo institucional: la masa crítica no antecede a la inversión, se construye con ella. Descentralizar la ciencia no consiste en esperar que las regiones demuestren, sin herramientas, lo que solo puede demostrarse con herramientas, consiste en instalar capacidades donde no las había y confiar en que el territorio responderá a la altura del desafío. Aysén respondió.
Quizás la discusión que viene ya no sea si en la Patagonia puede hacerse ciencia de frontera (los datos sugieren que sí), sino cuánto conocimiento seguimos dejando de producir cada vez que una buena idea regional se descarta por el lugar del mapa donde nació.



















