Columnista, Colaborador Regresaba de Argentina a Chile y se me hizo imposible no recordarme de las Coplas del Payador Perseguido de Jorge Cafrune, que comienza con el conocido "Con permiso voy a dentrar aunque no soy convidado".
Después de unos días en Chile Chico y de recorrer parte del parque Patagonia, al regresar a casa y como era de esperar en plena temporada alta, no pude tomar la barcaza para cruzar el Lago debido a que los pasajes estaban agotados. ¡Excelente noticia para el turismo! Una señal de que la economía se mueve. Pero claro, cuando todo parece marchar bien, siempre hay algo que nos devuelve a la dura realidad de nuestra gestión pública.
Al no poder cruzar en la barcaza, opté por regresar vía terrestre a través del paso Pallavicini, hermoso paisaje y un camino en mejor estado que otras ocasiones, para ingresar por Puerto Ibáñez. Aquí viene la sorpresa: el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) no estaba realizando controles fronterizos. Sí, así como lo leen. ¿Para qué molestarse en revisar lo que entra al país si total, hasta ahora, hemos tenido suerte?
Este hecho es sumamente preocupante. El SAG tiene la misión de resguardar nuestro patrimonio fito y zoosanitario, protegiendo al país del ingreso de plagas y enfermedades que pueden afectar gravemente a nuestra agricultura y ganadería. Aquello es motivo de reconocimiento internacional y en muchos mercados nos ha permitido acceder de forma expedita en comparación a otros países de la región. Pero claro, parece que alguien decidió que el azar es un buen sistema de protección. La ausencia de estos controles en un paso fronterizo no es solo un descuido, es una negligencia de proporciones épicas, que además degrada la seriedad y prestigio de una gran institución.
Lo más inquietante es que, además del evidente riesgo sanitario, la falta de fiscalización convierte nuestras fronteras en un coladero perfecto para el crimen organizado. Porque, veamos, si nadie revisa una manzana, carnes o plantas ¿qué nos hace pensar que están revisando el ingreso de drogas, armas o incluso tráfico de personas? El crimen organizado en Chile avanza sin freno, y con controles como estos, se lo estamos poniendo en bandeja.
La falta de fiscalización en una zona de tránsito internacional deja abierta la puerta a la introducción de enfermedades o agentes de interés sanitario, como por ejemplo la fiebre aftosa, el Maedi Visna, la mosca de la fruta, el Sirex noctilio, enfermedades de la papa, la Loque Americana, entre otras amenazas que podrían generar un daño económico y productivo irreparable. No es solo un descuido burocrático; es un acto de abandono de las responsabilidades del Estado en la protección de nuestras fronteras. Y peor aún, es una invitación abierta para quienes ven en nuestras débiles barreras una oportunidad de negocio ilegal.
En un país que se jacta de sus estrictas normas sanitarias y su estatus como nación libre de muchas enfermedades agrícolas y pecuarias, ¿cómo es posible que se flexibilicen controles esenciales? ¿Es por falta de recursos, por mala gestión o simplemente una muestra más de la desidia con que se están manejando las instituciones encargadas de nuestra seguridad agropecuaria? Más bien parece un chiste de mal gusto.
El llamado es claro: las autoridades deben tomar cartas en el asunto de inmediato. No podemos permitir que la negligencia ponga en peligro a todo un sector productivo que es clave para la economía de nuestra región y del país. La protección de nuestras fronteras no es un capricho, sino una necesidad imperante que debe ser atendida con la seriedad y urgencia que merece. Porque si el Estado no cumple su rol, los únicos que se benefician son los contrabandistas y delincuentes que siguen haciendo de las suyas con total tranquilidad, afectando la economía nacional, la seguridad de nuestros compatriotas y la credibilidad de nuestro país.





















