Editorial, Redacción Los problemas de calidad del aire en Coyhaique continúan siendo una realidad compleja que, año tras año, vuelve a instalarse con fuerza durante los meses de invierno. Las autoridades reiteran los llamados a respetar las restricciones establecidas en el Plan de Descontaminación Atmosférica, pero la comunidad también observa que, pese al paso del tiempo, los episodios críticos siguen formando parte de la vida cotidiana de la capital regional.
Es evidente que las condiciones meteorológicas de Coyhaique dificultan cualquier estrategia. Las bajas temperaturas, la escasa ventilación y las características geográficas de la ciudad favorecen la concentración de contaminantes. A ello se suma una realidad imposible de ignorar: las familias necesitan calefaccionarse y la leña, junto con el pellet, continúa teniendo una presencia fundamental en los hogares.
Por eso, no parece suficiente insistir únicamente en las restricciones o trasladar la responsabilidad hacia las familias. Después de más de una década de aplicación del plan, corresponde también evaluar con profundidad sus resultados y preguntarse si las herramientas utilizadas hasta ahora están respondiendo a la magnitud del problema.
El programa de recambio de calefactores avanza, pero la percepción es que lo hace a un ritmo inferior al que exige la realidad. Si la apuesta pública busca disminuir progresivamente el uso de la leña, entonces se necesitan alternativas accesibles, confiables y económicamente sostenibles para las familias. No basta con promover una transición energética si las personas no tienen condiciones reales para asumirla.
La producción regional de pellet constituye un avance y abre una oportunidad interesante. Sin embargo, tampoco puede desconocerse que existe un fuerte arraigo cultural en torno al uso de la leña. Cambiar hábitos construidos durante generaciones requiere tiempo, educación, incentivos y, sobre todo, alternativas que las familias consideren convenientes.
El problema es que, mientras esa transición avanza lentamente, Coyhaique sigue respirando un aire deteriorado durante numerosos días del invierno. Y esta no es solo una discusión ambiental. Estamos frente a un problema de salud pública que afecta especialmente a niños, personas mayores y quienes padecen enfermedades respiratorias.
La pregunta, entonces, es inevitable: ¿seguiremos enfrentando esta realidad con las mismas herramientas o existe disposición para buscar nuevas soluciones? La experiencia acumulada debiera servir para revisar estrategias, conocer experiencias de otras ciudades con condiciones similares e incorporar innovación y nuevas tecnologías.
Coyhaique no puede acostumbrarse a convivir indefinidamente con la contaminación. Tampoco parece razonable repetir cada invierno los mismos llamados, restricciones y explicaciones mientras la comunidad continúa esperando resultados más visibles.
Las políticas aplicadas han permitido avances, pero la persistencia del problema demuestra que no han sido suficientes. Reconocerlo no significa desconocer lo realizado, sino asumir que ha llegado el momento de evaluar, corregir e innovar. Después de tantos años, Coyhaique necesita nuevas respuestas y, fundamentalmente, soluciones que comiencen a sentirse en el aire que respira su comunidad.




















