Columnista, Colaborador
Quienes habitamos el sur austral sabemos que el viento no solo arrastra nubes y escarcha; también transporta historias, experiencias y formas de entender el territorio. Hace unas semanas, mientras conversaba con una profesora que me hablaba del esfuerzo permanente por enseñar con materiales pensados para otras realidades, entendí algo que hasta entonces no había formulado con tanta claridad. Sus estudiantes crecen rodeados de fiordos, turberas, bosques y canales que conocen de memoria, pero que pocas veces encuentran reflejados en lo que aprenden en la sala de clases. La movilización del conocimiento ocurre cuando la ciencia, la innovación y los saberes del territorio dejan de avanzar por caminos separados y comienzan a encontrarse allí donde pueden transformar decisiones y oportunidades.
En las regiones de Aysén y Magallanes, esa tarea adquiere una relevancia especial. Las enormes distancias, la dispersión de las comunidades y una larga historia de centralización hacen que el conocimiento no siempre llegue donde más se necesita. Las consecuencias son concretas: una escuela puede seguir enseñando con ejemplos ajenos a su realidad, un municipio puede planificar sin evidencia local o una comunidad quedar fuera de las decisiones que la afectan. Por eso, movilizar el conocimiento es parte esencial de la investigación.
Pero movilizar el conocimiento no consiste solo en acercar la ciencia a la ciudadanía. También implica reconocer que quienes habitan el sur austral generan conocimientos indispensables para comprender este territorio. La memoria de las comunidades, su relación cotidiana con el mar, el campo y los ecosistemas australes, junto con el patrimonio cultural y natural, enriquecen la investigación y permiten formular preguntas más pertinentes para enfrentar desafíos como el cambio climático, la conservación o el desarrollo sostenible.
Cuando una investigación llega a una sede vecinal o a una escuela y la comunidad reconoce en ella problemas que lleva años observando, la conversación cambia. Ya no se trata de validar quién tiene razón, sino de construir una comprensión compartida para decidir mejor.
Generar esos encuentros requiere instituciones capaces de sostener vínculos en el tiempo. En ese contexto, el Nodo Ciencia Austral, financiado por ANID, liderado por la Universidad de Magallanes y conformado por trece instituciones asociadas de Aysén y Magallanes, articula espacios donde investigadores, docentes, autoridades, empresas y comunidades convierten inquietudes del territorio en proyectos colaborativos, evidencia útil y mejores decisiones. Su aporte está en facilitar que las preguntas locales se traduzcan en respuestas compartidas y acciones concretas.
Así, una investigación sobre los ecosistemas australes puede transformarse en material pedagógico para esa escuela que buscaba enseñar con ejemplos propios o aportar evidencia para una estrategia comunal de adaptación al cambio climático. Cuando eso ocurre, deja de ser un informe y se convierte en una herramienta para actuar.
Pensar el futuro de la Macrozona Austral exige reconocer que las preguntas más relevantes suelen surgir de quienes la habitan. Si somos capaces de convertir esas preguntas en investigación y esa investigación en decisiones, el conocimiento dejará de ser un fin en sí mismo para convertirse en una herramienta de desarrollo. Porque, al final, el futuro del sur austral no dependerá solo de cuánto conocimiento seamos capaces de generar, sino de cuánto logremos convertirlo en una conversación capaz de cambiar el territorio que compartimos.





















