Editorial, Redacción Definitivamente, la contaminación atmosférica de Coyhaique se ha transformado en un problema cada vez más complejo. Durante las últimas dos semanas hemos vuelto a experimentar jornadas con una pésima calidad del aire, una realidad estrechamente relacionada con las bajas temperaturas, la escasa ventilación y las condiciones meteorológicas propias de esta época del año.
El problema no es nuevo. La capital regional lleva más de diez años bajo un Plan de Descontaminación Atmosférica y, pese a los esfuerzos realizados durante este tiempo, los episodios críticos continúan repitiéndose. La comunidad tiene razones para preguntarse si las medidas implementadas hasta ahora están siendo realmente suficientes o si ha llegado el momento de revisar la estrategia y pensar en nuevas herramientas para enfrentar esta realidad.
Porque la ciudadanía también está cansada. Cansada de vivir periódicamente bajo una nube de contaminación, pero también de escuchar que el problema se resolverá con las mismas medidas que se vienen aplicando desde hace años. Muchos habitantes han hecho esfuerzos para cambiar sus sistemas de calefacción y reducir sus emisiones, pero la contaminación continúa apareciendo con demasiada frecuencia.
Por eso, no basta con insistir en los llamados a la responsabilidad individual. También se requiere una política pública capaz de responder con mayor eficacia a las características particulares de Coyhaique. La fiscalización debe ser efectiva, el programa de recambio de calefactores necesita avanzar con mayor celeridad y los recursos destinados a combatir la contaminación deben estar a la altura de un problema que afecta directamente la calidad de vida y la salud de miles de personas.
Quizás también sea necesario mirar experiencias de otras ciudades que han enfrentado problemas similares y analizar qué medidas podrían adaptarse a nuestra realidad. Innovar no significa necesariamente desechar todo lo que se ha hecho, sino reconocer cuando una estrategia necesita ser corregida, reforzada o complementada.
La comunidad ya ha demostrado disposición para contribuir. Lo que espera ahora son señales concretas de que las autoridades también están dispuestas a hacer un esfuerzo adicional. No parece razonable que cada invierno volvamos a discutir exactamente lo mismo y que, año tras año, los episodios críticos continúen formando parte de la vida cotidiana.
Coyhaique necesita una respuesta distinta. Una que combine fiscalización, educación, incentivos, tecnología y recursos, pero que también tenga la voluntad política suficiente para abordar las causas profundas del problema.
No podemos acostumbrarnos a que respirar aire contaminado sea parte del invierno en la capital regional. Tampoco podemos resignarnos a que nuestros hijos y adultos mayores deban enfrentar periódicamente condiciones que afectan su bienestar.
Más de una década de aplicación del PDA debiera ser tiempo suficiente para evaluar resultados, reconocer aquello que no ha funcionado y atreverse a cambiar. La contaminación de Coyhaique no desaparecerá por sí sola. Si queremos que algún día deje de ser un problema cíclico, será necesario hacer algo diferente.



















