Columnista, Colaborador
Hay frases que pueden sonar razonables frente a una planilla, pero muy distintas cuando se escuchan desde el sur. Esta semana el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, explicó el fuerte aumento de la parafina señalando que "hoy día nadie consume parafina" porque, a estas alturas del año, su uso sería mínimo. Después reconoció que la frase "no fue la mejor" y precisó que los datos nacionales muestran una utilización marcadamente estacional. El problema es que Chile no tiene un solo clima y los promedios nacionales tampoco calientan una casa.
El kerosene subió con fuerza desde el 1 de octubre, luego de que dejara de operar el mecanismo que había contenido su precio. El argumento de Hacienda es que el consumo disminuye al terminar el invierno y que, por tanto, mantener recursos fiscales destinados a estabilizarlo pierde justificación. Económicamente puede existir una explicación. Territorialmente, sin embargo, la discusión es menos simple.
Quienes vivimos en Aysén sabemos que octubre no garantiza temperaturas benignas. Tampoco septiembre significa necesariamente el fin de la calefacción. Una familia de Coyhaique, Puerto Aysén o de alguna localidad rural no decide encender una estufa revisando primero si el consumo nacional de parafina subió o bajó. La enciende porque hace frío. Ese detalle importa.
La política pública necesita trabajar con datos agregados, pero también debe reconocer que Santiago, Coyhaique, Puerto Natales o Punta Arenas no enfrentan las mismas condiciones. Chile es demasiado diverso para administrar ciertas decisiones como si el calendario y el clima funcionaran igual en todo el territorio. Por eso lo desafortunado de la declaración del ministro no está solo en la palabra "nadie", sino en la sensación de distancia que transmite respecto de quienes todavía dependen de este combustible.
Si los antecedentes fiscales justifican modificar el mecanismo de estabilización, Hacienda tiene el derecho y la obligación de explicarlo. Puede mostrar cuánto cuesta, cuánto ha disminuido el consumo y por qué considera necesario liberar recursos. Esa discusión es legítima. Lo que no debiera hacerse es volver invisibles a quienes siguen necesitando parafina para calefaccionarse.
También esperamos que nuestras autoridades regionales y representantes en el Congreso expliquen con claridad qué ocurrió, qué posibilidades existen de mantener algún mecanismo de apoyo y qué gestiones realizarán para que las particularidades de Aysén sean consideradas. No se trata de pedir privilegios, sino de exigir que una política nacional reconozca realidades territoriales distintas y que quienes representan a la región ayuden a traducir esas diferencias en decisiones concretas.
Detrás de una reducción estadística todavía existen hogares, muchos de ellos rurales, con adultos mayores o familias que enfrentan inviernos más largos y gastos permanentes en calefacción. El ministro reconoció después que su frase no había sido la mejor. Bienvenido sea el reconocimiento, pero ojalá sirva para algo más: recordar que una política pública puede tener una explicación técnica correcta y, aun así, estar mal comunicada si desconoce la realidad del territorio.
Desde Aysén no necesitamos que Santiago nos explique cuándo comienza o termina el frío. Necesitamos algo más básico: que cuando se tomen decisiones nacionales, alguien les recuerde que el mapa no termina en la capital sino que continúa mucho más al sur.






















