Columnista, Colaborador
Hoy, mientras transitaba por la intersección de las calles Prat y Freire, en pleno centro de Coyhaique, observé una escena tan cotidiana que probablemente habría pasado inadvertida para muchos: un peatón decidió atravesar la calle cuando el semáforo mantenía la luz roja para su desplazamiento.
No ocurrió un accidente. No hubo frenazos ni consecuencias que lamentar. En pocos segundos todo continuó con normalidad. Sin embargo, aquella pequeña acción me llevó a pensar en algo bastante más profundo: ¿qué ocurre con los valores que sostienen nuestra convivencia?
Una luz roja parece algo insignificante frente a los grandes problemas que diariamente discutimos como sociedad. Pero detrás de este sencillo dispositivo existe un acuerdo colectivo. Alguien debe detenerse para que otro pueda avanzar. Hay un momento para los vehículos y otro para los peatones. Respetarlo no depende solamente de la presencia de un carabinero, de una cámara o de la posibilidad de recibir una sanción. Depende, fundamentalmente, de nuestra propia conducta.
Eso también es ética.
La convivencia social se construye mediante pequeñas renuncias individuales. Esperamos algunos segundos frente a un semáforo porque comprendemos que nuestra libertad termina allí donde comienza la seguridad y el derecho de los demás. Hacemos una fila, respetamos un paso peatonal, cuidamos los espacios públicos, evitamos arrojar basura y tratamos con respeto a quien piensa diferente. Son actos sencillos, pero repetidos por miles de personas terminan definiendo la cultura de una comunidad.
El problema comienza cuando instalamos la idea de que las normas solamente deben cumplirse cuando existe alguien fiscalizando. "No viene ningún vehículo", "nadie está mirando", "son sólo unos segundos" o "todos lo hacen" parecen justificaciones inocentes. Pero esa misma lógica, trasladada progresivamente a otros ámbitos de nuestra vida, puede terminar debilitando algo esencial: el sentido de responsabilidad personal.
Resulta fácil exigir ética a las autoridades, transparencia a las instituciones, responsabilidad a las empresas y comportamiento ejemplar a quienes ejercen funciones públicas. Y debemos hacerlo. Pero una sociedad éticamente sólida no puede construirse solamente exigiendo virtudes a los demás. También necesita ciudadanos capaces de preguntarse qué aportan ellos mismos a la convivencia cotidiana.
Quizás uno de nuestros desafíos sea recuperar precisamente esa cultura cívica: comprender que respetar una norma no constituye una muestra de sometimiento, sino muchas veces una expresión de respeto hacia los otros.
En una ciudad como Coyhaique, donde todavía podemos reconocernos, saludarnos y conservar una escala humana de convivencia, tenemos una oportunidad extraordinaria para fortalecer esos valores.
Aquel peatón probablemente nunca imaginó que su decisión de atravesar con luz roja provocaría esta reflexión. Tampoco se trata de juzgarlo. Todos hemos cometido alguna vez pequeñas infracciones o imprudencias.
La pregunta más importante es otra.
¿Qué sociedad queremos construir cuando creemos que nadie nos está mirando?
Tal vez la ética ciudadana comience precisamente allí: cuando frente a una simple luz roja decidimos detenernos, no por temor a una multa, sino por respeto a los demás.





















